15 de marzo de 2008 | 20:48:00

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Capitalismo bueno, capitalismo malo

Por William Baumol, Robert E. Litan y Carl Schramm | Opinión



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Cuando cayó el muro de Berlín en 1989, mucha gente supuso que el “capitalismo” había ganado la guerra fría ideológica y el “comunismo” había perdido. Pero, si bien el “capitalismo” --definido como un sistema económico basado en la propiedad privada--claramente ha prevalecido, hay muchas diferencias entre los cerca de 200 países que actualmente lo practican de alguna forma.

Es útil dividir a las economías capitalistas en cuatro categorías amplias. Si bien muchas economías caen en varias de ellas, la mayoría se puede clasificar principalmente en una de las categorías. La siguiente tipología ayuda a explicar por qué algunas economías crecen más rápido que otras.

El capitalismo oligárquico existe cuando el poder y el dinero están muy concentrados en unas cuantas personas. Es la peor forma de capitalismo, no sólo por la desigualdad extrema de ingresos y riqueza que esas economías toleran, sino también porque las elites no promueven el crecimiento como objetivo central de la política económica. En cambio, los oligarcas fijan las reglas para maximizar sus ingresos y riqueza propios. Este es el sistema que prevalece en gran parte de América Latina, el Medio Oriente árabe y África.

El capitalismo dirigido por el Estado describe economías en las que el crecimiento es un objetivo económico central (como lo es en las otras dos formas de capitalismo), pero tratan de lograrlo favoreciendo a empresas o industrias específicas. Los gobiernos asignan créditos (mediante la propiedad directa de los bancos o guiando las decisiones de crédito de los bancos privados), otorgan subsidios directos y/o incentivos fiscales, dan protección comercial o utilizan otros recursos regulatorios para tratar de “escoger ganadores”.

Las economías del sureste asiático han tenido gran éxito con la dirección del Estado y, hasta fines de los años 1990, se oían llamados en Estados Unidos para emular sus prácticas. Pero, el talón de Aquiles de la dirección del Estado es que, una vez que esas economías se aproximan a su “frontera de las posibilidades de producción”, a los encargados del diseño de las políticas se les agotan las industrias y tecnologías que pueden copiar. Cuando los funcionarios, y no los mercados, tratan entonces de elegir a los siguientes ganadores, corren el riesgo de equivocarse de industrias o de canalizar demasiada inversión --y, por lo tanto, exceso de capacidad-- hacia sectores existentes. Esa tendencia contribuyó de manera significativa a la crisis financiera asiática de 1997-98.

El capitalismo de grandes empresas o gerencial es característico de las economías donde las grandes empresas --a menudo los llamados “campeones nacionales”-- dominan la producción y el empleo. Existen empresas más pequeñas, pero generalmente son establecimientos de venta al menudeo o de servicios con uno o unos cuantos empleados. Las empresas crecen porque explotan economías de escala, refinan y producen en masa las innovaciones radicales desarrolladas por los empresarios (que discutiremos a continuación). Las economías europeas y japonesa son los principales ejemplos del capitalismo gerencial que, al igual que el capitalismo dirigido por el Estado, también ha tenido un fuerte desempeño económico.

Pero el capitalismo gerencial también tiene su talón de Aquiles. Las empresas burocráticas generalmente son alérgicas a tomar grandes riesgos --es decir, a desarrollar y comercializar las innovaciones radicales que amplían la frontera de las posibilidades de producción y generan grandes saltos sostenidos en la productividad y por lo tanto en el crecimiento económico.

Las grandes empresas son relativamente reacias a tomar riesgos, no sólo porque son burocracias en las que las innovaciones se deben aprobar en varios niveles, sino también porque no desean respaldar innovaciones que amenacen con hacer obsoletos a los productos o servicios que actualmente les reportan ganancias. En nuestra opinión, los límites del capitalismo gerencial explican por qué, después de acercarse a los niveles estadounidenses de ingreso per cápita a finales de los años 1980, ni Europa occidental ni Japón pudieron igualar el resurgimiento de la productividad impulsada por la tecnología de la información de Estados Unidos que comenzó en los años 1990.

Esto nos lleva al cuarto tipo: el capitalismo empresarial. Las economías en las que el dinamismo proviene de las empresas nuevas, históricamente han comercializado las innovaciones radicales que amplían la frontera de las posibilidades de producción. Entre los ejemplos de los últimos dos siglos se cuentan productos e innovaciones tan transformadores como el ferrocarril, los automóviles y los aviones; el telégrafo, el teléfono, la radio, la televisión; el aire acondicionado; y, como se acaba de señalar, las distintas tecnologías responsables de la revolución de la tecnología de la información, incluyendo las computadoras tanto centrales como personales, los routers y otros dispositivos físicos y gran parte del software con el que funcionan.

Ciertamente, ninguna economía puede alcanzar todo su potencial únicamente con compañías empresariales. La mezcla óptima de compañías contiene una dosis sana de empresas grandes, que tengan los recursos financieros y humanos para refinar y producir las innovaciones radicales en masa, junto con compañías nuevas.

Por ejemplo, fueron necesarios la Boeing y otros grandes constructores de aeronaves para comercializar lo que inventaron los hermanos Wright, o la Ford o General Motors para producir automóviles en masa, y así sucesivamente. Pero sin empresarios, pocas de las innovaciones verdaderamente audaces que han configurado nuestra economía moderna y nuestras vidas existirían.

El reto, pues, para todas las economías que buscan maximizar su potencial de crecimiento es encontrar la mejor mezcla de capitalismo gerencial y empresarial. Las economías en las que ahora florecen los empresarios no deben ser complacientes. Las economías dirigidas por el Estado pueden continuar por su senda de crecimiento rápido, pero a la larga tendrán que hacer la transición a una mezcla adecuada de los otros dos tipos de “capitalismo bueno”, si desean seguir creciendo de manera acelerada.

La India y China, cada una a su manera, ya están yendo en esta dirección. El reto más difícil será que las economías empantanadas en el capitalismo oligárquico logren una transición similar. Tal vez se requiera una revolución, ni más ni menos –idealmente pacífica, por supuesto—para sustituir a las elites que ahora dominan esas economías y sociedades, y para las que el crecimiento no es el objetivo central.

William Baumol es profesor de economía y director del Berkeley Entrepreneurship Center en la Universidad de Nueva York. Robert E. Litan es Vicepresidente de Investigación y Política de la Fundación Kauffman y profesor asociado en los programas de estudios económicos y Economía Global de la Brookings Institution. Carl Schramm es Director Ejecutivo y Presidente de la Fundación Kauffman, y profesor de la cátedra Batten en la Escuela de Negocios Darden de la Universidad de Virginia.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

www.project-syndicate.org

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