9 de abril de 2008 | 19:47:00


Nicaraguanidad cercenada
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¿Descendemos de Nicoya, Nicarao o Diriangén?

Por Sergio Torrescruz | Opinión



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Hace unos días conversaba con uno de los personajes favoritos de mi infancia, el carismático Comandante Edén Pastora Gómez. Amable y accesible como siempre, Edén me recibió en el corredor de su casa, en La Pasadita del Alce, sin formalidades, y pregunté su opinión sobre el asesinato del Dr. Pedro Joaquín Chamorro, la gestión del Presidente Ortega, la situación política del país y otros temas de interés general.

La conversación con el Comandante Cero trascurrió entre breves órdenes y conversaciones por los múltiples teléfonos que atendía indistintamente, y me recordaron de momento los radios de campaña en la guerra del Frente Sur, y de esta manera terminé escuchando su interpretación sui géneris sobre la idiosincrasia del nicaragüense, su particular manera de narrar la historia de la conquista de Nicaragua por los españoles y el origen de la nicaraguanidad en sus territorios ocupados.

“--Mira- dijo de repente- levantándose de la silla mecedora de madera, para gesticular y dar mayor énfasis a lo que aún ahora me ocasiona un agradable recuerdo.

-Los conquistadores se aparecieron desde tres flancos, con Pedrarias, Cortés y Gil González. Este último llegó a la Villa Puerto de Bruselas en el Golfo de Nicoya, y el cacique Nicoya los recibió con miedo, “cagado”, sin oponerles resistencia, se sometió y bautizó a sus indios para deshacerse de los extranjeros y pasárselos al cacique Nicarao, o Nicaragua, que vivía más al Norte, donde ahora es Rivas, a orillas del Gran Lago.

Nicarao Calli, (según Edén), advertido por su vecino Nicoya, también recibió a los españoles con regalías de oro, se sometió y bautizó a su gente sin oponerles tampoco resistencia. Lo mismo hicieron los caciques Ochomogo, Mombacho, Nandaime y Gotega, de la Provincia de Nochari. Nicarao, pasándose de vivo, quiso aprovechar la presencia de los invasores que creía inmortales, para que se enfrentaran al poderoso Cacique Diriangén, con quien se mantenía peleando por los territorios de caza, y vivía más al Norte, en lo que ahora es Carazo y parte de Managua y León.

Según el relato de don Edén Atanasio, Diriangén, que no era ningún pendejo, mandó una comitiva de 200 indios con adornos de oro, indias vírgenes, frutas y abundante comida y bebida. Pero su seguridad del estado iba en esa comitiva y observaba a los inmortales con mucha atención.

Al día siguiente, después de la noche de bacanal y orgía, uno de los espía de Diriangén observó a un español que salía de la choza vomitando por la gran goma de chicha y la hartada de la noche anterior. El indio lo siguió de cerca y observó cuando el conquistador se quitaba el casco metálico, la coraza y la espada, se bajaba los pantalones y evacuaba, limpiándose con las hojas del matorral donde se había agazapado. El indígena no se quedó con la duda y fue a inspeccionar lo que el español había dejado, y metiendo el dedo en la torta amarilla y caliente, se llevó el dedo a la nariz con el natural rechazo -- que el comandante Cero parecía haber presenciado personalmente, por el gesto con el que matizó la escena y adornó la conversación.

Según el relato, la comitiva regresó a los territorios de Diriangén cargando con todas las mujeres desveladas, y cuando el cacique preguntó a sus emisarios cómo eran esos hombres inmortales, el que había observado toda la escena del español, “cuadrándose militarmente” ante el cacique, le expresó:
T Mire jefe, esos jodidos se hartan más que los sahinos, beben más que los pescados, cogen y cagan como nosotros, – SE MUEREN-- resumió el lampiño
T Y así, el cacique Diriangén informado de las debilidades humanas de los “inmortales conquistadores”, dirigió sus tribus en armas contra ellos el 17 de abril de 1523, y los sacó huyendo hasta Panamá, colindante con Nicaragua, pues ni La Nueva Cartago ni la Costa Rica existían entonces. Los españoles en su huida dejaron la mitad del oro regalado y robado, y al verlos pasar en estampida, hasta los otros indios antes tan sumisos les gritaban improperios a los barbudos españoles para que se fueran de sus tierras.

T Así somos los nicaragüenses – dijo Edén- siempre peleando, separados, y buscando quien nos ayude a joder a nuestros hermanos y adversarios- agregó
T Ya ves que la oposición en Nicaragua después de un año todavía no ha podido unirse, y Daniel, él solito, los dividió y se los fue llevando uno por uno a la tercia. PLC, ALN, MRS, AC y hasta a los curas.

T Que no jodan los que hablan de dictadura --agregó-- no saben lo que es eso, aquí no hay presos políticos, ni un noticiero cerrado, pero así somos los descendientes de Nicarao, guatuceros, ladinos e ingobernables por naturaleza, concluyó”.

Omitió las críticas y prefirió no hablar sobre las migraciones de nicaragüenses o exportación de la pobreza pagada con remesas, la acumulación y exportación de megacapitales formados a la sombra del poder político, la falta de empleo, la inflación galopante, la inseguridad jurídica y otros tantos problemas serios que enfrentamos.

No quedé convencido de si el Comandante Pastora estaba conciente de que si el encuentro fundacional de la conquista de Nicaragua, “la nicaraguanidad misma”, se forjó y quedó marcada indisolublemente y para siempre, “desde el momento del encuentro de Gil González en el Golfo de Chira, San Lúcar o Nicoya, con el cacique Nicoya, en cuyas tierras los españoles fundaron antes de León y Granada la Villa de Bruselas”, y no en San Jorge (Rivas), en territorio del cacique Nicarao, (que milagrosamente hablaba en español, era filósofo y teólogo para haber sostenido tan profundos diálogos con el conquistador Gil González) como pretenden hacernos creer los vendedores de libros de historietas nacionales, y que el dicho diálogo se produjo en el lugar donde ahora se yergue un triste monumento a la cobardía y a la sumisión de Nicoya y Nicarao, y simboliza para algunos “El Encuentro de Los dos Mundos” que también llaman “La Cruz de España”.

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