20 de abril de 2008 | 15:19:00

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Ética y revolución

Fernando Bárcenas* | Opinión



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Al responder a la pregunta si las FARC eran terroristas o no, en un artículo anterior, quise contribuir a un debate político sobre el rol de las FARC en el proceso revolucionario de América Latina.

Intentaba demostrar, además, que para el marxismo no hay preguntas políticas incómodas, porque lejos de la intriga o del compadrazgo de camarillas, la teoría del materialismo histórico, por su propia esencia dialéctica, no sólo traza una política que objetivamente contribuye a formar la conciencia de clase del proletariado por medio de la lucha concreta de las masas, sino que contribuye, a la vez, a formar metodológicamente a la vanguardia del proletariado en el proceso mismo de formular la política a seguir en cada coyuntura, en un debate abierto que pone al descubierto la naturaleza de clase de las otras políticas que influyen en el movimiento obrero.

A veces, por ese objetivo propio de la propaganda revolucionaria, algunos obreros marxistas revolucionarios, con una ética proletaria forzosamente de combate, deben sacrificar sus vidas conscientemente y defender públicamente ante los tribunales de la reacción la política del partido obrero socialista en el seno de las masas, aún cuando la comodidad y la seguridad personal invitarían a callar. Obviamente, hay una ética proletaria indispensable a la acción revolucionaria.

Sin embargo, en el artículo anterior orienté la respuesta a la pregunta que se hacía sobre el terrorismo de las FARC, hacia un terreno político y militar, no sólo porque emitir un juicio ético sobre un proceso político y militar --en el terreno moral abstracto, en el cual, por desgracia, se había formulado la pregunta-- no es metodológicamente correcto (a menos que se reniegue del marxismo y se asuma una ideología pequeño burgués contraria a los principios revolucionarios), sino, sobre todo, porque un enfoque basado en principios morales suprasensibles embota la conciencia de clase del proletariado, le sustrae la capacidad de desplegar su lucha con objetividad y cubre de ilusiones el desarrollo real de las contradicciones sociales.

La ideología de una fracción de la pequeña burguesía (ya que no es una clase homogénea, ni económica ni ideológicamente, por lo que oscila con una política ambigua entre las clases) proclama su inclinación a ver el terrorismo, en el caso que nos ocupa, con la óptica de la ética y no desde la óptica militar, política ni social. Considera, por casuística, que la ética es lo más válido para juzgar la conducta de los seres humanos, y pretende que la acción de los ciudadanos (con independencia de la clase a que pertenezcan) se guíe en función de principios éticos buenos en sí mismos. Es decir, esta ideología divide los medios en intrínsicamente buenos y medios intrínsicamente malos en sí mismos, con los que cabe guiar y juzgar las acciones humanas en general y, por ello mismo, con independencia de los fines.

Desde la óptica de la ética suprasensible de esta fracción de la pequeña burguesía, el terror empleado por el esclavista para consolidar su opresión es tan malo, en sí mismo, -por el imperativo categórico de la razón práctica, que esta fracción predica-, como el terror empleado por el esclavo para conseguir su libertad. Los fines de uno y otro, y el carácter de clase de uno y otro --para el pequeño burgués-- no importan.

Así, también, la guerra con sus secuelas de crueldad, de terror y de sufrimiento humano, no sería el producto de la sociedad dividida en clases, y del devenir de nuevas relaciones de producción que llevan a la lucha entre clases por el poder, sino que sería de naturaleza sujetiva tal que el pequeño burgués cree que puede detenerla con arreglo a la ética. El pequeño burgués se ilusiona con hacer desaparecer, incluso, a las clases, por medio de un comportamiento ético impuesto a los ciudadanos en general. Por el cual viviríamos en un mundo ideal, en el que permanecería al mismo tiempo el modo de producción capitalista (ya que si intentáramos transformarlo regresaríamos a la lucha de clases con enfrentamientos políticos violentos). En ese mundo pequeño burgués los ciudadanos se volverían… o, igualmente, todos burgueses… o, igualmente, todos ángeles éticos.

Consecuentemente, el pequeño burgués, embriagado de valores abstractos, afirma que le concede más valor a la vida humana que al origen de clase y a la orientación política. El origen de clase --según su ideología-- no imprime a nadie cómo pensar ni cómo actuar. Un obrero puede ser reaccionario y un burgués puede ser progresista, afirma. Por ello – concluye- es la ética la que definirá su conducta.

Ésta es la visión metafísica del universo tranquilo al que aspira la pequeña burguesía, y al que se llega fuera de la historia, por medio de la ética abstracta y eterna.

Para el marxismo, la ética no está por encima de la lucha de clases, sino que es un fenómeno histórico que cumple una función ideológica, junto al Estado y al resto de la superestructura, en la reproducción del orden social concreto. Hay, por consiguiente, una ética burguesa (basada en la alienación) y una ética proletaria (basada en la conciencia de clase), cualitativamente distintas y antagónicas.

La conciencia de clase define la capacidad de una clase de ser consciente de las relaciones sociales antagónicas y de actuar ante ellas para beneficio de sus intereses. Entender la lógica de la explotación de la burguesía como antagonismo de clases es lo que conduce a la conciencia de clase proletaria. La alienación consiste en la imposibilidad de ver la explotación capitalista en la propia vida cotidiana del obrero, de modo que el obrero alienado adopta pasivamente una política reaccionaria (como bien observa el pequeño burgués). Pero ello, precisamente, plantea al marxismo la necesidad de organizar un partido obrero que lleve el socialismo a las masas, ya que el capitalismo no hace más que profundizar ciertamente la alienación, con el auxilio ideológico de la ética abstracta en la que, por desgracia, se refugia la pequeña burguesía.

Marx , en “Miseria de la Filosofía”, define como clase en sí a la propia existencia del proletariado como una masa con intereses comunes dominada por el capital (en cuyo estado toma como suyos los intereses de su opresor); y como clase para sí, cuando el proletariado adquiere conciencia de su posición y de su situación histórica frente al capital (entonces, los intereses que defiende son los propios intereses de su clase).

Los valores morales en cuyo nombre se emprende la liberación del hombre no son trascendentes o suprasensibles a la experiencia humana. La verdadera tarea ética del hombre se extrae de la realidad, es decir, de un análisis político, no de una moral autónoma. Esta ética proletaria es inherente a la Historia. El imperativo ético marxista es que el hombre debe liberarse de la alienación económica para realizarse como ser para sí.

La ética marxista está íntimamente ligada a la dialéctica de lo real. Ésta no anula la necesidad de un imperativo moral, pero impone que la acción moral deba ser real y práctica, esto es que ayude a la liberación del hombre en cada momento del desarrollo histórico, coincidiendo activamente con la revolución.

Si predomina un criterio ético por encima del criterio de clase, si se juzgan los hechos del hombre haciendo abstracción del sistema de producción en el cual se satisfacen las complejas necesidades humanas mediante las relaciones que se derivan del trabajo productivo, estos valores de juicio, supuestamente autónomos, no son más que un reflejo de la alienación que, por su falta de conciencia de clase, reproducen la alienación ideológica supraclasista.

La moral proletaria, en cambio, es un arma para el combate efectivo, no un concepto abstracto, ideal. Para el proletariado es moral todo lo que fortalezca su espíritu de lucha, su espíritu de solidaridad entre explotados, su capacidad de poner el interés colectivo por encima del interés particular. Son morales aquellas acciones que se adelantan colectivamente con una política concreta dirigida hacia la libertad de la explotación, bajo una dirección centralizada que atraiga a la lucha, bajo su conducción, al resto de trabajadores.

¡Por ello, para el marxismo la única clase con una moral real (que no sea una ficción abstracta al servicio ideológico de la alienación) es el proletariado, porque es la única clase cuya moral puede coincidir con la revolución y con el devenir de la humanidad, en un nuevo orden social sin explotación del trabajo humano!

*Ingeniero Eléctrico

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