16 de noviembre de 2011 | 00:00:00

Caciques y cacicazgos


Se rodeaban de sus mujeres y familiares más cercanos, pero también de fieles sirvientes, quienes hacían las veces de espías y tenían el deber de informarle de lo que sucedía en otras partes. Los caciques controlaban verdaderas redes de espionaje. Así, en la paz y en la guerra, siempre tenían la oportunidad de conocer el desarrollo de acontecimientos lejanos y más cercanos

Mario Urtecho | Opinión



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A Quilalí, mi hija

Antes de ser asesinado por la dictadura, el Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal proclamó que Nicaragua volvería a ser república, declaración que sustentada en sus prolongadas vivencias políticas y experimentado criterio jurídico, denotaba que el país había perdido esa categoría, si es que en la vida práctica alguna vez la alcanzó. Lo pongo en duda porque numerosos mandatarios de países latinoamericanos establecieron constituciones y signaron múltiples declaraciones para no excluirse del concierto internacional, pero gobernaron a lo bestia. En muchos aspectos, la Nicaragua del siglo XXI aun está distante de ser república, es decir, regida por un sistema político fundamentado en la igualdad de los ciudadanos ante la ley, blindaje que los resguarde de los abusos de quienes tienen el  poder, y proteja sus derechos fundamentales y libertades civiles, que siempre deben ser atendidas y respetadas por los gobiernos legítimamente constituidos.

Leyendo documentos relacionados con la Nicaragua del siglo XVI, observo que las características y comportamientos de los Caciques y las estructuras sociopolíticas que regían sus Cacicazgos, son muy similares a las establecidas por quienes han gobernado el país en los últimos cien años, sin importar el color del partido político que hayan representado o lo hagan en la actualidad.

El cacique principal era obedecido por todos y gozaba de amplias prerrogativas y distinciones. Los viejos formaban un consejo que lo asesoraba y es probable que fuesen miembros de una elite cacical emparentada. Su patrón de asentamiento incluía un centro principal en el que vivía el cacique, cuya vivienda se distinguía claramente.

Disponía de despensas o sitios de almacenamiento de bienes, de excedentes y de especialización laboral. Algunos podían ser identificados como Señoríos, pues en sus dominios incluían a cacicazgos menores. Por lo general, los caciques menores eran hermanos o parientes de los mayores. Las élites cacicales establecían relaciones matrimoniales entre sí, las que propiciaban a los caciques más control y dominio sobre su territorio y más posibilidades de obtener conocimientos. Así, parentesco y política iban unidos, dinamizando las interacciones.

Estar situado cerca de un centro de confluencia de rutas marítimas, terrestres y fluviales era de la mayor importancia y motivo de competencia. Tal ubicación les daba la ventaja de estar entre los primeros en obtener recursos y noticias provenientes de lugares distantes y cercanos, lo que además de adquirir mayor número de bienes, les facilitaría planificar sus actividades cotidianas y defensivas. Estos bienes y conocimientos representaban la riqueza y el poder y le eran útiles al cacique para desempeñar sus funciones de manera eficaz, pues los podría emplear a discreción, lo que implicaría acciones en las que intervendría el delicado juego de la política. Los bienes intangibles, como la atención del cacique en señaladas situaciones, también debieron desempeñar un rol importante.

El miedo tuvo un peso importante en el tipo de interacciones que se establecieron entre los caciques. En el mundo de las ideas indígenas, su poder estaba asociado con poderes sobrenaturales, lo que atemorizaba a sus súbditos. Si el poder de un cacique era reconocido intra e inter-cacicalmente, habría que tener especial cuidado en el tipo de relaciones que se establecieran con él. Esto, a la vez, fortalecía su poder político, pues al ser temido y respetado podría tener un espectro de acción más amplio en cuanto al establecimiento de relaciones con otros cacicazgos, lo que también era válido para el establecimiento de alianzas.

En el siglo XVI, en los cacicazgos el miedo y el poder mantenían un estrecho vínculo. Se temían las represalias de diverso orden, que incidirían en el mundo y las personas por medio de acciones con lo sobrenatural. En el mundo de lo natural, la venganza podría expresarse en guerras, robos de parientes, muerte de animales domésticos, incendios, pillajes, pestes, malas cosechas, picaduras de serpientes, inundaciones, enfermedades y otras desgracias. Pero, originar este miedo, también debió ser algo deseado o buscado por miembros de las élites cacicales. Y sólo podrían obtener esa arma si poseían los suficientes conocimientos, esotéricos y de otra naturaleza, que les permitieran alcanzar ese respetable status.

Los caciques mayores se distinguían por descender de linajes principales, por su vestuario y adornos especiales en épocas de guerra, por su comportamiento y conocimientos, por un tipo diferenciado de vivienda y por ciertas prerrogativas, como el acceso a bienes, posesión de prisioneros de guerra, numerosas mujeres y un trato especial de sus súbditos. Entre algunos se señala su dominio sobre algunos cotos de pesca o caza, los que visitaban en algunas ocasiones. No hay que descartar que más que sitios y salidas para pesca o caza recreativas, como parecen sugerir las fuentes, tales visitas pudieron implicar el desarrollo de importantes rituales y ceremonias asociadas con la fertilidad y la abundancia, tratando de asegurarse éxitos en esos aspectos durante periodos determinados.

Se rodeaban de sus mujeres y familiares más cercanos, pero también de fieles sirvientes, quienes hacían las veces de espías y tenían el deber de informarle de lo que sucedía en otras partes. Los caciques controlaban verdaderas redes de espionaje. Así, en la paz y en la guerra, siempre tenían la oportunidad de conocer el desarrollo de acontecimientos lejanos y más cercanos. Ello les permitiría actuar rápidamente en la competencia por llegar de primero. Ello aumentaría y consolidaría su poder.

El rango del cacique, sus conocimientos, habilidad en la guerra y sus artes para obtener lo mejor por medio del intercambio, le otorgaban prestigio que a la vez consolidaba su poderío y reconocimiento. La centralización se podía expresar por medio de la capacidad de organizar guerreros y guerras en tiempo breve. Sus súbditos sabían de antemano cómo funcionaba el poder, cuándo se lograban reconocimientos y cuándo había llamados que venían del cacique, quien enviaba mensajes por sus dominios en plazos relativamente breves. La centralización también se expresaba en una eficiente organización para el desarrollo de fiestas, ceremonias, ferias y contrataciones. Adónde, quiénes, cuándo, cómo, eran todas respuestas que daba el cacique, ayudado por consejeros, apoyado en la época del año, en las condiciones climáticas y en la buena voluntad de los seres sobrenaturales, propiciada y buscada por los especialistas religiosos.

Considero que en las características mencionadas hay numerosos parecidos con las de la historia política de Nicaragua, lo cual, más que en una república, nos ubicaría en un Cacicazgo. Además, se sabe que las coincidencias y las casualidades no existen. Es probable que alguien crea que lo expresado en este artículo son ficciones de escritor. A quienes piensen de esa manera los invito a leer el libro “Intercambio, política y sociedad en el siglo XVI. Historia indígena de Panamá, Costa Rica y Nicaragua, de Eugenia Ibarra R.


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