3 de febrero de 2012 | 00:00:00

La escuela: fuente de satisfacción

Juan B. Arríen | Opinión



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El sistema educativo en su concreción pedagógica de la escuela se mueve mucho por rutas científicas, a través de enfoques pedagógicos y su aplicación metodológica y didáctica. El rigor de estos componentes  sustentados siempre en exigencias y parámetros de la ciencia es, además de importante, necesario.  La educación en toda su estructura, gestión y proceso tiene que cumplir con las exigencias de toda ciencia.  De lo contrario, no sería educación sistemática formal.

Más allá de este supuesto científico necesario, existen otros espacios abiertos en la educación que no se aprovechan e incluso a los que se les dedica poca atención. Uno de ellos es el de la satisfacción del saber, del aprender, de construir conocimientos con todo lo que estos términos entrañan en el proceso de construcción, desarrollo, consolidación y proyección de una persona.

Es maravilloso y aleccionador vivir, analizar, sentir el proceso que sigue cada persona y el proceso que hemos seguido muchos y que seguimos recorriendo todavía, para construir, desarrollar y consolidar la identidad y la personalidad propia, para su proyección en la sociedad humana.  El crecimiento de una persona es externo e interno.

Crece nuestro organismo vivo, físico, material y espiritual, crecemos en peso, altura, edad, experiencia, etc. y a la par crecemos  en conciencia, libertad, conocimientos, saberes, competencias, emociones, valores, aspiraciones,  etc.  Ambas dimensiones constituyen una perfecta unidad, es la persona la que se construye, desarrolla y consolida como tal en su dimensión individual y en su interacción social.

La educación, por su razón de ser, es precisamente el proceso de construcción, desarrollo, consolidación y  proyección de cada persona individual, social y ciudadana.  Este proceso de crecimiento completo conlleva naturalmente una gran satisfacción que se ejemplifica en momentos determinados de la vida, concluir el preescolar, la graduación de primaria, la primera comunión, los 15 años de las muchachas, la graduación de bachillerato, la graduación de la Universidad, el matrimonio, el nacimiento de los hijos, el éxito en el trabajo, en el deporte, etc. etc.

Ese recorrido maravilloso está atravesado por un proceso educativo y en él la adquisición de conocimientos, nuevos saberes, competencia, valores, relaciones humanas, relaciones sociales, políticas, etc.; momentos de mucha satisfacción, autoafirmación y autoestima.

Pese a todo ello, en la escuela no se activa, se alienta, se celebra con acento especial la satisfacción, el gozo, la alegría de vivir parte de todo eso, vivir, la satisfacción que conlleva en sí un nuevo conocimiento, nuevos saberes, algunas creaciones, actividades culturales, trabajo en grupos, promoción de valores, personales y éticos, etc.

La escuela no enseña a gozar debidamente  de lo que en ella se construye, se desarrolla, se cimienta, se proyecta. En otras palabras la satisfacción no constituye el eje transversal  de cuanto se construye en la escuela.  Esta no incentiva a que la satisfacción acompañe siempre al estudiante, al maestro, a la directora, a la madre de familia, etc.  Tantos logros ausentes de su correspondiente satisfacción aprendida y sentida.

En la escuela no existe sólo lo normal, lo cotidiano, lo trabajoso, la disciplina.  En su quehacer más profundo, la educación debe ser una cadena de satisfacciones. Es una lección que debe activar la escuela. Una escuela que genere y llene de satisfacción por los momentos vitales a través de los cuales se va construyendo la persona para desde ella proyectar y ayudar a crear un ambiente psicosocial sano, positivo, constructivo, compartido.

Con frecuencia miramos y valoramos la escuela desde sus limitaciones y nuestras demandas porque nuestra mirada no atraviesa más allá de su fachada incluso pedagógica y sin embargo es en ella donde se generan y cultivan los componentes más profundos de nuestro ser y de nuestra personalidad, cada uno de los cuales está hecho de momentos humanos y sociales, intelectuales y morales, de conocimientos, saberes y valores.

Todos ellos son componentes y momentos generadores de satisfacción.  La educación es además de ciencia, una construcción humana en la que juegan un papel importante la satisfacción, el gozo y la alegría personal y colectiva.

Aprender a dar entrada a la satisfacción en el proceso de aprendizaje va creando en estudiantes y maestros un hábito pedagógico para el aprendizaje de la vida en sus diversos momentos, abriendo así una ruta de optimismo y bienestar. Además ese hábito hace que la satisfacción enriquezca y haga crecer a la persona para que su satisfacción acumulada se proyecte a los demás y de esta forma  generar un importante contexto psicoafectivo social, muy necesario en nuestro medio actual.  

3 de febrero de 2012.
* El autor es Ph.D. Director de IDEUCA.


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