Con su estrepitosa crudeza, la irrefutable realidad parece contradecir de manera rotunda una festiva viñeta gubernamental transmitida a diario en los medios de comunicación oficiales en la que el presidente Daniel Ortega sostiene que se acabó la guerra para siempre y que “ya no ruge la voz del cañón”. Durante los últimos años varios articulistas previnieron en esta misma sección opinativa de El Nuevo Diario (END) que el cierre de los espacios democráticos podría conducir a una guerra, una nueva guerra. Y tuvieron sobradísima razón.
Debido a que las profundas, dramáticas y dolorosas heridas sociales dejadas por las últimas confrontaciones bélicas –dos terribles guerras sucesivas que no deberían repetirse-, todavía están en proceso de lenta cicatrización, pasar a otra situación militar se veía harto difícil, y de seguro la mayoría aún lo ve como algo imposible de producirse, sin embargo, de manera lamentable, cada vez hay más evidencias incontrovertibles que llevan a afirmar que ya se está montando el dispositivo de la guerra en Nicaragua. Es una locura. Lo sé.
El año pasado no creí las voces de alarma de ciertos líderes católicos y me pareció desmesurada la cobertura periodística de algunos medios de comunicación sobre el presunto alzamiento de un grupo anti-danielista encabezado por el llamado “Yahob”. Sin embargo, después de la muerte de éste y del denominado “Pablo Negro” en circunstancias no claramente explicadas, asoman evidencias de que los dos fueron ejecutados mediante operaciones de inteligencia.
Una mujer de El Cua, municipio del departamento de Jinotega, que participaba a finales del año pasado en Managua en un curso de liderazgo político para mujeres en el que hubo partidarias del FSLN, me dijo durante un receso que en su lugar había varios grupos que se irían a la guerra y que “me voy a ir con ellos aunque sea para coserles guinellos”. Le expresé que era una locura, que eso no tenía sentido.
Ahora más voces hablan de movimientos inquietantes en Las Segovias, el Norte y el Triángulo Minero, donde cientos de hombres ya estarían reclutados y algunos iniciaron operaciones. Otro obispo católico está hablando también de movimientos armados. Desde estas mismas zonas se levantan protestas por capturas y acciones intimidatorias de las autoridades. Como se sabe, el Ejército y la Policía, son los mejores informados. Ellos ya saben, quizás consideran que no es el momento de develar de manera oficial lo que está ocurriendo.
Al parecer, la reiterada incapacidad del Consejo Supremo Electoral (CSE) para generar confianza en los resultados de las anteriores elecciones municipales y en los recientes comicios nacionales, que tan mal administró, así como la abierta violación a la Constitución Política de parte del presidente Daniel Ortega –para citar dos muestras que causan profundo y constante escozor- han terminado con las esperanzas en la vía cívica de parte de algunos ciudadanos quizás demasiado impacientes y fanatizados, quienes han encontrado en ello la justificación para lanzarse a una nueva guerra.
De ser cierto, habría una nueva modalidad de guerra, porque estos grupos no contarían con un apoyo material tan grande y sostenido como el que tuvieron los contras de parte del gobierno norteamericano; y, más importante aún, en este momento hay una correlación de fuerzas favorable al gobierno, lo que dificultaría contar con una base social consistente, lo cual es imprescindible, aunque podría haber bolsones campesinos micro localizados, en abierta rebeldía antigubernamental.
Pero nada justifica la guerra. En todo caso, que las organizaciones partidarias trabajen por crear un poderoso tejido organizativo en todo el país para que de manera multitudinaria la gente haga valer sus derechos cívicamente en las calles.
La todopoderosa familia gobernante es la responsable principal de estos graves actos imprudentes e insensatos de los campesinos que ya decidieron tomar las armas, al no garantizar la plena vigencia de los cauces que facilitan la solución cívica de las contradicciones.
El ofrecimiento de la OEA para contribuir a crear un organismo independiente que administre de modo profesional las elecciones municipales previstas para noviembre próximo, podría convertirse en una magnífica oportunidad para devolver las esperanzas a estas personas que ya decidieron tomar los fusiles, y así poder desmontar los emplazamientos bélicos que se realizan.
La presunta llegada a Honduras de un asesor norteamericano de seguridad (quizás el nuevo Negroponte de la nueva guerra); y el endurecimiento de la política del Partido Republicano hacia Nicaragua, forman parte del sonar de tambores de guerra.
* El autor es editor de la Revista Medios y Mensajes
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