No voy a referirme a la barbarie ambiental, geofágica, que está ejecutando el gobierno de Costa Rica, manipulando incluso la opinión del pueblo hermano en el caso del Río San Juan de Nicaragua. El calentamiento global exige medidas no solo de mitigación, sino medidas que regeneren parte de la biodiversidad que hemos ido perdiendo. Es increíble cómo el hombre, estando conciente de los daños ambientales que provocamos, que no son más que daños a nosotros mismos, continúe haciéndolo, dizque en aras del desarrollo de la humanidad. No se puede por capricho, ni siquiera por irresponsabilidad política permitir acciones de esta naturaleza.
El mundo moderno, el mundo civilizado, está obligado a enmendarse, a corregirse. No basta buena voluntad, no basta voluntad política, ni declaraciones expresadas en cumbres mundiales, regionales y nacionales.
La voluntad política debe expresarse en hechos concretos, acciones concretas. La verdadera conciencia debe entenderse, no sólo como la libertad soberana de una nación de defender sus recursos naturales, sino ejecutando acciones de desarrollo económico articuladas, en armonía con la naturaleza, para que ese desarrollo sea sostenible y no implique riqueza para hoy pero pobreza, desolación ambiental y económica a largo plazo.
Pero, para que esa libertad realmente exista y sea posible, debe haber primero conciencia de la necesidad de así hacerlo y una vez claros, convencidos realmente de esa necesidad, ejecutar acciones de desarrollo sobre la base del conocimiento integral de los espacios territoriales, de la porción del planeta tierra que Dios y los hombres nos han confiado, llámese continente, región, país, provincia o departamento, municipio, cantón, comarca, comunidad, aldea, barrio, valle, caserío, cuenca, etc., respetando en primer lugar la vocación primaria del suelo que vio nacer a nuestros ancestros, regenerando la naturaleza donde sea posible y sobre todo, en primer lugar, ordenando el uso de nuestra casa, nuestra madre tierra, con Planes de Ordenamiento y Desarrollo Territorial del espacio correspondiente, en el corto, mediano y largo plazo.
Cuando Dios hizo el mundo, no dijo: venid, multiplicaros y destruid lo que os doy. Los recursos naturales no son sólo para contemplarlos y disfrutar de su belleza; son además para aprovecharlos en función de saciar las necesidades más elementales del ser humano. Dios nos dio razón e inteligencia para transformar esos recursos, esa realidad, con conocimientos que podamos aplicar para alcanzar el bienestar y mejorar nuestras condiciones de vida, toda vez que el desarrollo desigual de nuestros países, producto del injusto orden económico mundial, creó países pobres y países ricos.
En su afán enriquecedor, las naciones de mayor ingreso “percápita” han producido tantas guerras, incluidas dos guerras mundiales, en un solo siglo, repartiéndose tierras y recursos naturales, acumulándolos hasta globalizarlos, creando y cambiando fronteras. La creencia de que los gobiernos pueden arrogarse la representación para sí y de por sí de la sociedad, del poder del pueblo que se los delegó y en su nombre tomar decisiones inconsultas sobre acciones de orden económico y políticas que perjudican el medio ambiente, mantiene en amenaza la sobrevivencia de la raza humana.
El conflicto que irresponsablemente ha generado el gobierno de Costa Rica y que afecta no sólo a Nicaragua, sino también a Costa Rica, a la región y a todo el planeta, requiere repuestas políticas y acciones en el marco de la integración centroamericana, donde al máximo nivel, los presidentes, a través de las instancias que se han creado, orienten, sugieran, propongan, no sólo medidas cautelares, sino instar a las partes a elaborar planes de fronteras, planes de ordenamiento territorial con enfoque holístico.
Que en su parte biofísica, esos planes normen, definan y faciliten la ejecución de acciones para resarcir los daños ocasionados, hasta donde sea posible, estando claros de qué se puede y se debe hacer en este patrimonio de Nicaragua, reiterando el derecho soberano de cada país. Ambas naciones están obligadas a respetar lo convenido, sometiéndose a los fallos y resoluciones de los organismos creados por el “mundo civilizado”.
* El autor es municipalista.
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