7 de febrero de 2012

A falta de razones... desazones (Acerca de un ensayo sobre Rubén Darío)

Manuel Aragón Buitrago* | Opinión

“La razón construye sobre las irracionalidades”, argumento unamunesco. “Pienso,  luego  existo”, razón de Descartes. “Si -arguye Unamuno-, también viven los que no piensan aunque ese vivir no sea un vivir verdadero”.

Construyendo sobre las irracionalidades darianas he creado mi ensayo “Rubén Darío y sus contrarios”. Algunos ejemplares los he obsequiado a personas a quienes juzgué a priori dotados de razón adulta. Cual un Prometeo cultural, intenté donarles el fuego de un conocimiento verdadero. Algunas de ellas reaccionaron inyectadas del virus de la fatal intolerancia inquisitorial del medioevo, moneda en desuso. Cuando llega la Aurora, las tinieblas huyen. La luz y la oscuridad son incompatibles.

“Darío,-dijeron algunos- fue un ser humano, y,  como tal, hay que  perdonarlo”. Acorde con ese argumento eufemístico, habría que perdonar a todos los genocidas que ha tenido la humanidad, desde Herodes hasta nuestros días. En el campo intelectual, Darío ordena: “al que delinque ilustremente, ilustremente se le condena”, y estimulado por su mandato, me he atrevido a condenarle.

En la praxis, he llegado al convencimiento de que mi equivocación viajó muy lejos. Regalé mi trabajo a quienes no están en capacidad de descifrar mis jeroglíficos literarios, ya que encontrarán en ellos nombres exóticos, frases en un léxico extraño a sus oídos, palabras hasta entonces ignoradas, además de referir en sentimientos. ¡Qué lástima! Equivoqué el rumbo, me falló la brújula del psicoanális. No se puede penetrar de inmediato los arcanos del alma humana.

Para juzgar no se necesita preparación académica, es asunto de conciencia, conciencia que el ser humano no siempre posee. Cuando el individuo en su estructura somática tiene espacios vacíos y hoyos negros, ni siente ni piensa. Para juzgar, en este caso, a cualquier escritor, es condición SINE QUA NON haber leído su obra muy minuciosa  y detenidamente, debiendo también tomar en cuenta que el juzgar no es tarea de anencefálicos.

A mi no me preocupa quienes me califiquen de loco o temerario. “La diferencia de opiniones -dice Mark  Twain- hacen posibles las carreras de caballos”. En lo personal, pienso igual a don Miguel de Unamuno cuando declara: “Soy, señor mío de los que no aciertan a separar al hombre del escritor, ni su manera de ser y de vivir, de su manera de producirse al público, y conforme voy entrando en años voy buscando cada vez más, a través de los escritos con que apaciento mi espíritu, todo lo que haya habido o haya todavía de bondad en las almas de los que escribieron. Cuando después de haber leído algo puedo decirme: el hombre que escribió esto me parece un espíritu puro y notable; quedo satisfecho de haberlo leído”.
Pero hay desde luego también, como dice Francisco de Quevedo y Villegas, aquellos a quienes “les agradan los delitos y son gustosos de discursos malhechores”.

Pido disculpa por el empleo de frases fuertes, y es que yo, como Nietzsche, soy dinamita pura, y dinamita de mecha rápida. “Si a mí me dieron veneno –dice Bécquer- ¿qué otra cosa puedo dar?” El veneno se combate con veneno, El suero antiofídico se elabora con el veneno extraído de la víbora, Cicuta contra cicuta.

Unamuno expone catedráticamente: “Y dicen que molestamos no tanto por lo que decimos como por la manera de decirlo. Sí, es porque en vez de cortar esas asociaciones finamente, con el bisturí y cloroformizando antes al paciente, lo hacemos a tirones y cuando está más despierto. Es cuestión de método y de temperamento. El cloroformo, tanto el clínico como el literario, tiene sus inconvenientes, y hay ocasiones en que al paciente le hace falta el dolor. Irritar a las gentes puede llegar a ser un deber de conciencia, doloroso deber, pero deber al fin y al cabo”.

A quienes quieran combatirme, les recuerdo la advertencia de Enrique Heine: “¡Ten cuidado, rey de Prusia, con los poetas, no sea que le metan en el infierno!”, y las palabras de Nietzsche: “Una de las formas más pérfidas de dañar a alguien, es defenderle con los peores argumentos”.

¡Magister dixit! ¡El maestro lo ha dicho!
 
* El autor es escritor nicaragüense.
Tel. 22689093

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