Nuestra sociedad todos los días se debate entre una política salvaje y agresiva donde la ilusión es enemiga de la razón, hermana de la superstición y gestora de la violencia, sustituyendo la identidad nacional a identificaciones grupales y no a una visión integradora e incluyente.
Por ende, hablamos de una sociedad escapista, manipulable y supeditada a actividades seudo espirituales donde el místico promueve los intereses concertados de los grupos de poder, quedando el creyente en un fuego cruzado de objetivos ajenos a su voluntad.
Otro de los elementos que vulneran la construcción de la objetividad es la mitomanía que como mecanismo de defensa el nicaragüense crea ante la falta de igualdad de oportunidades, emprendiendo una obsesionada búsqueda de su linaje familiar o área geográfica, y a falta de ambas, la prefabricación de un origen y destino falso.
Lo anteriormente referido pudiera pasar desapercibido si no fuera por los efectos nocivos que producen, en una sociedad emocionalmente inmadura, los hilos de los operarios del poder que dirigen el entramado social compuesto de conformistas inseguros.
Entonces, no es de extrañarnos la recurrencia de la maga con un rostro fruncido en los canales oficialistas y con voz achicada ofertando los “secretos” de cocina de un refrito “ideológico” de los años ochenta, combinado con un socio/cristianismo que logra cohesionar a un depravado clientelismo político que se cree capaz de adaptarse a las dictaduras sin pagar ningún costo.
Esta sociedad trucada posee una maquinaria basada en la obediencia a través de la fuerza y no del consenso social. Mediante el aniquilamiento de las individualidades, esa maquinaria logra con efectividad la supresión del yo por el del colectivismo supuestamente encarnado en el espíritu del místico dictador.
¿Es necesario crear una maquinaria igual o mayor para interrumpir el proceso de este sistema dictatorial? Esto implicaría el riesgo de reproducir las mismas prácticas y por dialéctica la misma forma de gobierno o, en su defecto, resumir en las estrategias de formación, organización y agitación el detonante que permita su derrocamiento.
Ambos supuestos se internan en el círculo vicioso de la violencia, vivida en Nicaragua en épocas pasadas, y que irónicamente, como déjà vu histórico, reaparece: creación y sostenimiento de la dinastía somocista ahora personificada en el orteguismo, un liberalismo independiente amenazado de perder su legalidad, más agrupaciones juveniles de la sociedad civil que parecen atentas a los ecos de grupos rearmados en la montaña.
La vía cívica sigue siendo el último canal de diálogo, sin embargo, a la fecha este espacio aún no ha rendido sus frutos, que se aprecian en la denuncia de los fraudes electorales que ayudarían a socavar las estructuras de la dictadura, pero que en la práctica no avergonzó ni siquiera inmutó a los ejecutores y cómplices, más bien ha tenido un efecto contrario y desastroso en los hurtados.
Hablar de un civismo activo y militante pasa por la motivación y la necesidad de crear en la población una causa común que promueva una lucha articulada alrededor de convicciones y no una clásica contienda electoral como la que promulgan muchos de los operadores políticos desde la oposición. “La convicción requiere un acto de independencia y descansa en el absoluto de una realidad objetiva” (Ayn Rand).
Las propuestas de democracia y estado de derecho, por ejemplo, no se comen con cucharón, a diferencia de las promesas de mejorar la precaria subsistencia demandada por un amplio sector popular; mientras estos conceptos no sean asimilados como sinónimos de desarrollo humano no serán atractivos en el menú electoral.
De nosotros depende quedar atados a una atontada colectividad dependiente de una dictadura caprichosa e irracional, capaz de escalar cadáveres por mantener la hegemonía de un poder familiar, o reasignar los valores de la postmodernidad mediante una segunda revolución individual que respete la felicidad humana.
Yo, por mi parte, me sentiré satisfecho cuando pise las calles liberadas con los pocos que hicieron mucho por todos, porque siempre tuvieron fe en la libertad.
* El autor es abogado y escritor.
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