Quizás el título de este artículo sea mejor para una telenovela que para la opinión en un periódico, pero valga el momento: En cualquier parte del mundo el servicio selectivo tiene costos considerables, pero estables. Tiene reglas. Reglas para costos y reglas para la calidad del servicio que se recibe. Pero en nuestro país el asunto es diferente, las reglas las pone el prestador del servicio (en la práctica), aunque tengo entendido que hay reglamentaciones, las cuales no valen para nada en la realidad.
Comenta un taxista a otros colegas:
“Ayer llevé a unos extranjeros y me preguntaron en cuánto los llevaba al hotel... y digo: diez dólares. Cuando llegamos al hotel se bajaron, y uno me pasó los diez dólares. Yo iba a cerrar el valijero cuando veo que los tres que acabo de bajar están que no sabe que hacer, mientras el que me contrató ya está dentro del hotel. Los otros dos me quedan viendo, se meten las mano en los bolsillos y me dan diez dólares cada uno, cierro la puerta y salgo arriado...”
Comenta otro taxista:
“Me para una señora ayer cargando a un muchachito medio dormido y me pregunta por cuánto la llevo a tal lugar... Le digo que la llevo en noventa córdobas... ¡Ay Dios mío!, contesta... Por el niño le dije que en ochenta... la pobre hasta con las monedas ajustó”.
Así opera más o menos el transporte en nuestro país. Para los nacionales es casi un delito parar un taxi, y más aún si por el sector las rutas no son frecuentes o ya son las ocho de la noche y tienes un niño tierno entre los brazos... Lo que va a exigir el taxista casi siempre supera cualquier expectativa... Y cuando uno lo paga, al llegar al destino, o cerca del mismo, queda el sentimiento de que nos acaban de asaltar con el atenuante de que no te hicieron daño físico.
A las ocho de la noche ni pensar en un bus, aunque haya un decreto o ley que regule el horario. Eso no importa. Tampoco importan los otros vehículos o peatones. “Aquí paso yo ahora y en este momento...” Luego, el tremendo choque: se pasó llevando al que pasaba en su derecho. Y lo más cruel de todo es que los pasajeros de esa unidad dan la razón al chofer del bus.
Hoy las caponeras son, diríamos, la piedra en el zapato de estos transportistas... Usted está en la entrada de su barrio y espera el bus, espera el bus, espera el bus... y nada. Son las ocho de la noche. De pronto un taxi con un pasajero hacia el barrio. Lo detiene. “Cuánto me llevás al barrio hermano...” “Treinta pesos”... Lo dejo ir y se va diciendo: “¿Y éstos qué piensan?; si la gasolina está cara...” Mejor se va pero no rebaja su cuota.
Las caponeras son una contraparte “cruel” para esos abusadores -taxistas y buseros-, y creo que aquí es donde está el problema (con independencia de la realidad que no debe permitirse a este tipo de vehículos circular por las carreteras o dentro de la ciudad). Usted ve la caponera, sube a ella y no tiene que preguntar por cuánto lo lleva al barrio, el chofer ya sabe la tarifa, y usted se va sin esperar mucho.
Repito, en Nicaragua es casi un delito económico tomar un taxi. Si tiene prisa y sube a uno de estos vehículos (con raras excepciones) al prestador del servicio no le importa... En el camino otro cliente va a otro destino, lo sube y lo dejará a él primero que a usted. El servicio de taxis es el peor desastre en nuestro país. Sin contar con que los conductores no respetan vías, reglamentaciones o señalizaciones de tránsito.
Estoy seguro que la regulación no es una cuestión unilateral de los dueños de caponeras,
moto-taxis o como se las llame, sino, y sobretodo, de los buses y taxis. Hasta que ellos no den un mejor y más económico servicio, la competencia para llegar a los barrios les hará siempre contrapeso.
* El autor es ciudadano nicaragüense.
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