14 de agosto de 2008 | 19:48:00

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El Ojo en la Mano: la controversia de Estado

Sofía Montenegro | Opinión



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El símbolo del ojo en la mano es un icono muy antiguo que se encuentra en muchas culturas del planeta. Representa el “ver” y el “hacer” y la aspiración humana a la omnisciencia (a saberlo todo) y la omnipotencia (a hacerlo todo). Originaria del Medio Oriente, representa la “mano divina” y el ojo en su centro se supone que protege a su poseedor de la maldición del “mal de ojo” y le trae felicidad, riquezas y salud.

Los romanos la conocían como “mano de poder” y los egipcios como “ojo de Maat”, diosa de la justicia; mientras en el Tíbet es uno de los distintivos de Tara, diosa de la compasión.

En la actualidad los hindúes le llaman “humsa”, los judíos “hamsa” y los árabes y turcos “mano de Fátima”. En el continente americano este símbolo ha sido encontrado en la cultura azteca (lienzo de Tlaxcala) y en la cultura del Sudeste de Estados Unidos, donde estaba asociado, según los eruditos, con el llamado “culto de la muerte” y a ceremonias de guerra.

El Ojo en la Mano que está pintado en el salón donde despacha el Presidente de Nicaragua, y que acompaña este comentario, es el llamado “disco de cascabeles”, un artefacto ceremonial encontrado por el arqueólogo Clarence B. Moore (1852-1936), en Moundville, Alabama. La versión pintada en la Secretaría del Frente Sandinista, en el estilo kitsch, esa exacerbación de lo artificial y lo desmesurado tan distintivo del gusto de la primera dama, deja casi irreconocibles a las serpientes originales y resalta el Ojo en la Mano, evidenciando
el carácter de amuleto o talismán protector que se le otorga, por encima del significado guerrero que tenía en la cultura americana.

El asunto no pasaría de ser una extravagancia más de la esposa del Presidente, si no fuese porque el símbolo está fuera de lugar, al ubicarse en un sitio donde el Presidente ejerce su función pública y donde lo que cabe son los emblemas nacionales. Pero peor aún, porque el Presidente lo ha convertido en una controversia de Estado, puesto que en una alocución oficial, tras atacar a Colombia e insultar al expresidente de México, Vicente Fox, acusó al diario La Prensa de hacer una campaña “cobarde” contra “la compañera Rosario”, por exponer las percepciones y opiniones que tiene el público y líderes religiosos, referidas a la personalidad, creencias y conductas de su consorte y a la mala gestión de gobierno. Los religiosos criticaron como contrarias a sus creencias, las supersticiones propias de la primera dama.

Ante este señalamiento, Ortega alegó la naturaleza artística y el valor cultural del Ojo en la Mano o más bien, del “disco de cascabeles” precolombino, para justificar las pretensiones místicas de Murillo y que el público califica de “esotéricas”. Ortega llamó “ignorantes” a sus críticos, mientras su señora acusaba a las iglesias de “llamar al odio y la confrontación”. Libro en mano, pretendió ilustrar a sus detractores sobre el significado del precristiano y precolombino icono, presentándolo como “inspiración de Dios” a los pueblos originarios y emblema de la voluntad de reconciliación del gobierno de Ortega.

Como en un capítulo de la serie de HBO de Los Tudors, el Presidente ha creado una controversia de Estado con la iglesia, porque su mujer --al igual que Ana Bolena-- amenaza con crear un cisma, como ilícita regente, por el uso de un símbolo remoto, mágico y animista, en el marco del Estado confesional que gobierna Ortega.

Me parece que tanto la opinión pública como los religiosos deberían estar menos a la defensiva, porque en realidad el Ojo en la Mano, es completamente inofensivo. Es un símbolo “apotropaico”, es decir, que pretende alejar el mal o lo negativo, que refleja el miedo existencial de quien lo usa. Este miedo representa un terror radical y ancestral, un miedo espeso a la vida y a la muerte, al mundo circundante, y donde la persona se siente pequeña y desvalida. Para “exorcizar” ese miedo es que el pensamiento mágico de los humanos ha creado esos símbolos.

El hecho que el Ojo en la Mano se haya convertido en una gigantografía en el sitio donde se centraliza el poder en Nicaragua, indica la magnitud del miedo del Presidente y su consorte, que es de quienes hay que cuidarse.

El “gran ojo que todo lo ve” está puesto ahí para lanzar su mirada fascinadora de rechazo (fascinum) a todo ensalmo (incantatio), imprecación (damnatio) o maldición (maledictio) popular. Tiene como objetivo hacer sentir a quienes se ubican bajo su sombra, como invencibles, invulnerables y todopoderosos, muy por encima del verdadero sentimiento interior de pequeñez, insuficiencia o incapacidad que los aqueja. Es a lo sumo un icono de la “teología de la protección”, para poder encarar el repudio manifiesto de los gobernados.

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