28 de abril de 2012 | 00:00:00


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La moral autónoma de Kant

Juan Bosco Cuadra | Opinión



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“No hay mejor bien en una persona
que su buena voluntad”

Hoy se habla mucho de que existe una crisis de valores morales en la sociedad. El filósofo Alemán de Konisberg, Enmanuel Kant (1724-1804), fue el primero en determinar que la conducta del ser humano depende, principalmente, de su buena o mala voluntad. Más tarde llegó inclusive a decir que esta dependía de las normas o leyes que cada persona se da a sí misma como guía para el actuar moral propiamente dicho.

La moral anterior dependía de las acciones y del respeto a las leyes que tanto la sociedad como Dios le daban desde afuera. Tal moral se llamó “heteronónoma”, contraria a la que él propuso como “autónoma”.

Los principios morales de la antigua ética inspirada por el cristianismo, no lograban garantizar su cumplimiento, porque todo dependía, a fin de cuentas, del sujeto y de sus motivos. Si los hombres querían ser buenos o malos, no dependía de estos preceptos morales externos, sino de la buena o mala voluntad del sujeto.

La ética kantiana se basaría en la buena voluntad y el amor al deber. Y este amor al deber se concretaría en el cumplimiento de estas normas que la razón individual había producido. Error que costaría muy caro a la Ética por la siguiente razón: nadie puede ser, al mismo tiempo, perfecto e imperfecto.

Kant creó dos tipos de imperativos de tipo legalista: dos apodícticos y el otro, hipotético. Los imperativos apodícticos eran: 1) “obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda siempre valer como principio de una legislación universal” y 2) “obra de tal modo que trates a la humanidad como fin, no simplemente como un medio”.

El primer imperativo categórico hace alusión a la “subjetividad” y al “relativismo” en la conducta moral del hombre. Todo se basa en querer que una acción nuestra  se convierta en una ley universal.

Anteriormente, Descartes había dicho que las formas de comportarse de la gente eran tan variadas como sus opiniones y sus creencias. Por consiguiente, es imposible establecer una Ética Universal, basándonos solamente en una “máxima de la voluntad” demasiado individual y personalista.

En el segundo imperativo categórico, Kant se redime en cierto sentido. Ningún filósofo, hasta el presente, había considerado al ser humano como fin en sí mimo y nunca como medio. La dignidad de la persona humana, reclama este derecho a ser tratada como tal.

La moral kantiana, producto de su razón, tiene este defecto y esta fortaleza, a saber: que es autónoma o subjetiva, y  considera al ser humano como fin en sí mismo.

Por otro lado, el Imperativo hipotético decía: “Si quieres alcanzar una edad avanzada, debes conservar tu salud”.

Los grandes críticos de la moral kantiana han dicho lo siguiente: en primer lugar, ni la buena voluntad ni las normas, hacen a una persona buena o justa; en segundo lugar, Kant se olvidó de que existen “circunstancias” que hacen variar el comportamiento moral, aunque uno tenga buena voluntad y sea amante de sus deberes; y en tercer lugar, lo que hace a una persona moral o inmoral, son principalmente sus acciones y no  sus saberes y creencias.

El sentido moral de nuestras actuaciones solo puede ser justificado cuando median en ellas ciertas normas o leyes que nos trascienden. Ser el creador de las mismas será siempre una tentación. Por consiguiente, habría que buscarlas en otra parte. Por ejemplo: un carpintero tiene sus manos para trabajar, pero depende de una “regla externa” para hacer sus mediciones en el banco de trabajo.

Según el filósofo francés Jacques Maritain, la moralidad de una acción se mide, o bien, por la Razón que obedece a Ley Natural, o bien, por los mandatos expresos del creador de esa misma Naturaleza. A ambas las llamó “Normas Pilotos” por ser presentadas al ser humano como medios (y no fines como Kant) para alcanzar la perfección. Posteriormente, las dividió en: Normas Preceptos (como la constitución de un país o los 10 mandamientos de la Biblia) y normas coercitivas o prohibitivas.

El ser humano puede crear sus propias normas de una conducta y hasta hacerlas leyes positivas. Pero, muchas veces, estas leyes positivas pueden ser inmorales porque atentan contra la ley natural, como lo son, por ejemplo, las leyes que permiten el aborto, el matrimonio homosexual y el consumo de las drogas sin prescripción.

La ley natural se descubre por la razón; la “ley divina” se revela por la fe. En el ser humano ambas colaboran para el bien y el perfeccionamiento tanto personal como social.

Mi profesor de la Complutense, en Madrid, Fernando Savater, nos decía: “Para el sabio, no existen las leyes”, precisamente porque ya no son necesarias y porque ya cumplieron su cometido de ser, a saber, “medios” y no “fines”.

* Ph. D. Catedrático de Filosofía en Ave Maria University


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