Parece increíble que todavía, varias décadas después del auge del movimiento feminista, el concepto de género siga siendo asociado principalmente a los cambios en la condición de la mujer y casi en ninguna medida a la del hombre, como si el conjunto de roles tan fuertemente impuestos por el entorno cultural y social, no afectara la vida de ambos.
Se nos ha vendido la creencia bastante simplista de que el comportamiento machista favorece al hombre para desgracia de la mujer, lo que tiende a ocultar que una masa de hombres también padece y perece por los mandatos de género, a la vez que se ignora que son hombres y mujeres quienes educan a las siguientes generaciones en estas perjudiciales mentalidades.
A la vez, ha sido la relación entre hombres y mujeres el eje del análisis de género y se ha opacado otros aspectos de las relaciones de poder como la práctica autoritaria y adultista que favorece la crianza violenta, raíz de tantos males en la sociedad.
Hoy se hace urgente cambiar este paradigma para volverlo una categoría de análisis mucho más amplia e incluir, junto a los esfuerzos por transformar la situación de la mujer, un fuerte movimiento a favor de una masculinidad distanciada de los roles machistas. ¿Cómo podremos frenar la espiral creciente de violencia en la familia, la comunidad, las escuelas o las instituciones si continuamos formando y educando una masculinidad condicionada al comportamiento violento?
Hemos inculcado hasta el cansancio a los hombres que no basta haber nacido como tales, sino que se debe probarlo mediante la intransigencia que favorece el uso de la fuerza y especialmente de la fuerza armada. Se ha construido un impresionante ideario que legitima día a día, la creencia del hombre como un guerrero inagotable que al matar o morir confirma el ideal de masculinidad.
Y justamente este ideal es el que ha entrado en crisis con la coincidencia histórica del ingreso de las mujeres en el ámbito de lo público y del poder económico, a la vez que se le retira al hombre este poder al excluirlos del empleo y la posibilidad de un ingreso, sin que semejante cambio vaya acompañado de una transformación en las creencias de género.
Nada casual entonces que los hombres restituyan esta pérdida de poder económico mediante el uso de la fuerza física, lo que incide en fenómenos como el feminicidio, el incremento de la violencia intrafamiliar y sexual, el auge de la violencia callejera y de las bandas delictivas. Se trata de reafirmar las viejas creencias, de obtener poder económico a cualquier costo y regresar a la mujer a su lugar tradicional.
En esta crisis de la masculinidad machista, se está pagando también un elevado precio por el más devastador de los mandatos de género, la represión emocional, que convierte a muchos hombres en verdaderas armas destructivas y autodestructivas.
Uno puede imaginar al hombre que reprime sus emociones como una olla de presión a punto de explotar, cubierta por la poderosa tapa ideológica del machismo. Cuando las experiencias dolorosas y traumáticas se acumulan, puede que la explosión no guarde proporción alguna con la situación detonante.
Por el contrario, el hombre que desde niño aprendió a reconocer, aceptar y expresar libremente sus sentimientos y emociones, sin recibir por ello el rechazo, la burla o el desprecio social, tendrá muchas menos probabilidades de comportarse violentamente y muchas más de preservar su salud física y emocional.
Esto ayudaría enormemente a que los hombres aceptaran e incluso desearan su ingreso al mundo de lo familiar al tiempo que las mujeres acceden al mundo de lo público, pero hoy se busca reafirmar la hombría, ante el temor a la discriminación, a ser llamados “mujercita” o “cobarde”, temor que hará rechazar el diálogo, la negociación o cualquier solución pacífica a un conflicto y exagerar por el contrario las demostraciones de agresividad.
* Periodista.
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