2 de junio de 2012 | 00:00:00


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Cómo reencontrarse

Gabriela Montiel | Opinión



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Durante mi infancia el descubrimiento de mi cuerpo, de mis olores, de mis sabores tuvo que ocurrir a escondidas, debajo de las sábanas de mi cama, por la noche y cuando ya se había apagado la luz. Debía hacerlo con mucho sigilo en medio de la vigilancia de los padres, los grandes inspectores.

Durante mi adolescencia no quise saber mucho de mi cuerpo más allá de lo estúpido que me resultaba la regla, lo confuso que era tener menos permiso para salir solo porque ya reglaba, y el temor eterno a eso que denominaban: “en lo que los hombres siempre están pensando”, presente en los discursos de madre y abuela y en la prohibición silenciosa pero presente de la figura paterna.

Mis primeros encuentros con otros cuerpos fueron no planificados, sin pensar y con la única intención de ver qué sentía. Los primeros besos, las manoseadas tanto de mi parte como de las otras manos, la primera vez que tomé un pene entre mis manos. Había mucho por dar y recibir, no importaba nada más, no quería saber nada más.

En medio de toda esa mezcla de eventos el desapego con las figuras de los padres, de los inspectores, fue entrando en conflicto; al punto de romper ese hilo que hace que los hijos/as piensen en ellos antes de hacer las cosas. Sentí la libertad, y con ella el asumirme como persona que se gestiona a sí misma.

Para este punto, aunque vivía desde el cuerpo femenino con el que había nacido, con el que nací, entendido por tener vagina, clítoris, senos, curvas y manejar el pelo largo y usar cierto tipo de vestimenta, me resultaba molesto vivir desde este cuerpo.

Aprendí de otras historias de vida, cómo el portar este cuerpo trae consigo un sinnúmero de eventualidades molestas y poco placenteras. El miedo a ser violada cada vez que se sale de la casa, el miedo transferido desde los imaginarios de amor por parte de las mujeres de la familia, especialmente madres, abuela y tías. Ese miedo a ser abandonadas apenas te “descueren”. El miedo a ser engañadas, pues según estos supuestos los hombres nunca están satisfechos con una mujer, siempre están buscando…

Esas y otras que seguro todas y todos manejamos pues compartimos referentes de crianza en común, forman parte de las maneras de imaginarse y significar el cuerpo en conjunto con el amor y el placer.

Me di cuenta que las mujeres amaban y sufrían y eso lo veían como normal, como parte de la vida, como parte de ser mujer. Aprendí que las mujeres lloraban mucho en silencio y a escondidas, porque aunque les dolía hondo lo que vivían no podían mostrar hacia afuera que la pasaban mal, porque hay una imagen que cuidar, sobre todo ante las otras mujeres con las cuales se construyen relaciones de competitividad, de envidia y de comparación. Una de las eternas fuentes de enojo, desconfianza, frustración y amargura de la mayoría de las mujeres.

Aprendí que más allá de la deformación y distorsión físicamente visible de las mujeres cuando aman, tanto a las parejas como a los hijos y familiares; la deformación emocional y psíquica de la mujer era brutal. Los cuerpos de las mujeres portan huellas de las cargas asumidas a partir de la corporalidad con la que han nacido. Me di cuenta al verme frente al espejo que mi cuerpo femenino resultaba ser en diversas dimensiones base y excusa para una vida de tristeza, dolor y desgaste en todos los sentidos.

No me gustó lo que vi, no me interesaba pasar mi vida como mujer, al menos como veía que lo hacían la mayoría de las mujeres que fui conociendo a lo largo de mi vida. No me gustó ser mujer.

Decidí entonces romper con todo eso, o al menos tratar de hacerlo, ir desmontando ese destino poco a poco, viviendo desde la libertad y no desde el temor o la tristeza; no quería convertirme en aquel futuro que había observado y que parecía inminente. Me prometí ir reencontrándome pero desde otros caminos, desde otras ideas y desde otras maneras de verme y de vivir mi cuerpo.

 

* Estudiante de antropología

http://gabrielakame.blogspot.com


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