Keops se estremeció, los Faraones entreabrieron sus sarcófagos. Las voces silenciadas por generaciones se rebelaron ante una política cultural verticalista, intolerante, autoritaria. Los corazones se iluminaron de esperanzas. Pero en esa zona del desierto los espejismos son abundantes y es difícil distinguir, sobre todo en medio del cansancio, entre realidades y quimeras.
Egipto no fue el primer trueno, pero sí la primera tormenta. El movimiento que se inició en Túnez, tuvo en Egipto sus páginas más dramáticas. La lucha por la democracia alcanzó ahí la escala de grandes acontecimientos históricos. Su corazón: el movimiento Tahrir (el 6- de abril). Su resultado: una gran victoria que obligó a las viejas fuerzas a deponer a Mubarak, llamar a elecciones legislativas y presidenciales y redactar una nueva Constitución. ¿O fue un espejismo?
El régimen nacionalista fundado por Nasser era un gigante con los pies de barro, fatigado por el tiempo y minado por los contrastes sociales y frustración política. La ausencia de oportunidades de progreso era resentida, sobre todo, por la juventud. Pero nada de eso explica por sí mismo la explosión que comenzó el Día de la Ira.
Miles de acontecimientos microscópicos se fueron acumulando hasta convertirse en un estallido de rabia popular. En Egipto fue el 25 de enero de 2011. Y como suele ocurrir, las grandes revueltas sociales vienen en cascada, con la fuerza sumatoria de todas las frustraciones reprimidas.
Con todo un liderazgo colectivo, sin organización previa, sin secretos ni pactos, se puso en jaque (aunque no mate) a las viejas estructuras, que, gatopardistas se precipitaron a cambiar algo para que nada esencial cambiara. Mubarak cayó. Al conato de una posible revolución le siguió una contrarrevolución completa.
Como nada es más peligroso que lo nuevo, sabiendo que el movimiento Tahrir necesitaba tiempo para organizarse, los Hermanos Musulmanes y el Ejército, viejos rivales, pero representantes de lo mismo, se pusieron de acuerdo para acelerar las elecciones legislativas, en medio de distractores sociales: ataques a los cristianos Coptos, liberación de inculpados por masacres, incluyendo los sicarios de Kahled (inspirador del Movimiento 6 de abril). Se sentencia a Mubarack para liberar al resto y se logra que tanto en las elecciones legislativas como en las presidenciales los grandes marginados sean precisamente los que iniciaron el despertar social.
Las elecciones presidenciales llegan en medio de alto deterioro institucional, con el Parlamento disuelto y bajo Ley de Emergencia.
El 24 de junio se declara ganador a Mursi, candidato del Partido Libertad y Justicia, fundado por los Hermanos Musulmanes después de la revuelta. Accede al poder sin control ni de presupuesto ni de política exterior. Tampoco es comandante en jefe del Ejército, que asume las funciones legislativas, controla el Poder Judicial, e incluso, se reserva el derecho a veto ante una posible reforma de la Constitución. Mursi busca espacios de convivencia con el ejército. Pero su partido rechaza el decreto de supresión del Parlamento y exige anulación del decreto que limita el poder del Ejecutivo.
Un acuerdo con el Ejército es lo más deseado por la comunidad internacional, pero los problemas que llevaron a la revuelta siguen sin resolverse y no puede excluirse la posibilidad de nuevas confrontaciones. Por otra parte, tampoco se puede descartar una rebelión de las Fuerzas Armadas.
Cada salida necesita del apoyo de la fuerza social del Movimiento Tahrir. Aunque ahora no es el actor sobre el escenario político, sí sigue siendo el alma de los cambios. En estos momentos hiberna, esperando cómo se resuelven las contradicciones entre el Ejército y los Hermanos Musulmanes, pero su camino no ha terminado. Queda, más bien, todo por hacer.
Managua 29 de junio de 2012
*Vicerrector Universidad del Valle
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