El hombre de agua
Francisco Javier SANCHO MÁS END - 20:24 - 19/09/2008
Ésta es la historia de un hombre que inventó un arma de destrucción masiva. Un arma de destrucción masiva contra las bacterias del agua mala, y como recordándonos de dónde vienen algunas esperanzas, puso las manos en la tierra, sólo en la tierra donde está la cura de muchos males, y halló una solución para conseguir agua potable, un invento llamado “El Filtrón”.
Ustedes lo han visto. Mujeres en esa larga vuelta a casa tras caminar cientos de metros, a veces, hasta kilómetros, con un balde repleto de agua sobre la cabeza. En ocasiones, se acompañan de los niños que llevan sobre sí baldes más pequeños para acumular toda la cantidad de agua que se pueda beber. En cualquier comunidad campesina, montaña adentro. Y el problema es que muchas veces el agua sobre la cabeza y sobre la vida que se lleva cuesta arriba y cuesta abajo no se puede beber.
Junto a la malaria, las diarreas provocadas por el mal estado del agua mal llamada potable es la mayor causa de muerte, especialmente para los niños menores de tres años en el mundo. Por supuesto, el maldito supuesto que se pone delante de esta parte del mundo, donde la diarrea se convierte en una asesina de niños es en el África subsahariana. Es difícil calcular el número de niños y adultos fallecidos por este mal, no causado por desgracias naturales, sino por la desgracia de vivir en una desigualdad de miseria que les aleja de fuentes de agua potable o les imposibilita la oportunidad de contar con una red de agua y saneamiento digna. Es difícil porque en muchas aldeas, en muchos pueblos, la gente se muere y basta, se entierra y basta y apenas hay registro salvo en la memoria que los ancianos guardan de los pequeños que mueren. Es otra vida, otro tiempo, otro lugar, y sin embargo está ahí, al mismo tiempo, y en el mismo lugar. Sé que es una confusión indignante, sangrante, pero ocurre. No es la guerra, ni las epidemias sin causa humana, somos nosotros, vivientes en esta desigualdad, son ellos, y a veces nos toca de cerquita.
Y he aquí, que ante esta gigantesca desaparición criminal de seres humanos, que se cuentan a groso modo en esas estadísticas que la Organización Mundial de la Salud realiza, he aquí que aparecen como inesperados, impropios a veces, personas como un buen hombre llamado Ron Rivera, un norteamericano, sociólogo de profesión, pero que se dedicó a la artesanía con cerámica, porque era su auténtica vocación. Se radicó en Nicaragua con su familia y durante décadas ha trabajado con los ceramistas hasta que desde el oficio artístico, fue descubriendo poco a poco, que en aquel barro se podía hacer algo más todavía. Descubrió que incluyendo un filtro natural en una doble vasija de barro y aserrín y añadiéndole plata coloidal, se eliminaban las impurezas de bacterias y virus en casi un 100%. En resumen, el agua se volvió tan pura como en los milagros de los tiempos del Evangelio, y hasta con la misma sencilla y manual labor que en los milagros se cuenta. Ron fue perfeccionando su invento hasta que no sólo Nicaragua se benefició de ello, sino un buen número de comunidades de diversos países del mundo, incluyendo Camboya, Yemen, Darfur, Colombia, etc.
Seres como Alfred Nobel, que introdujo el uso de la dinamita, se volvieron después tan famosos motivados por su herencia millonaria que acabaron fundando los premios más prestigiosos del mundo. Ron seguramente no tendrá el mismo patrimonio, pero su legado es comparable al de Nobel. Fue de esos hombres que a cualquiera le hubiera gustado conocer, y que en algún momento debería recordarse. En algún lado de su biografía pondrá que vivió en Nicaragua, de donde salen este tipo de hombres que hacen milagros con la sencillez de las cosas, y con el silencio del trabajo sin ruido.
Esto no es el final, aunque lo parezca. Pero se ha de terminar contando que Ron, el hombre de agua no pasó desapercibido a las amenazas que cohabitan con el mismo elemento que él había intentado purificar, y en una visita a Nigeria, donde se estaba implementando su invento, un mosquito de esos que se desarrollan en las aguas estancadas le transmitió la malaria falciparum, la peor forma de malaria, la otra asesina de África, y con un mal diagnóstico, terminó muriendo traicionado por ese otro enemigo. Sin embargo, a uno le gusta pensar que los hombres son lo que hacen, y Ron se había vuelto de agua, y todos sabemos que precisamente el agua es de las cosas que nunca mueren, sólo cambian, se hacen otra cosa y luego otra y vuelven después, a ser agua. No. Esto no es el final.
franciscosancho@hotmail.com
Para quienes en internet puedan consultar más sobre el invento de Ron para filtrar el agua, les invito a esta página:
http://video.google.com/videoplay?docid=6838040406197916953