28 de enero de 2013 | 00:00:00


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El hombre mediocre

Karlos Navarro | Opinión



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Pocos escritores en el mundo han abordado el tema relacionado con el espíritu del hombre mediocre, quizás por considerar el asunto muy superfluo y carente de importancia. Sin embargo, algunos autores como Erasmo de Rotterdam con su Elogio de la locura y José Ingenieros con El hombre mediocre, lo han descrito con tal acierto que pareciera que ni los cambios tecnológicos, ni la célebre globalización de la información han hecho posible la desaparición de este tipo de personaje.

Lo encontramos casi a diario en las universidades revestidos, de falso acento doctoral; en los simposios académicos recitando las últimas novedades de los pensadores europeos como si fuesen suyas; en alguna foto publicada por un diario local con un escritor famoso; en los pasillos de una universidad de prestigio o recibiendo algún tipo de felicitación por algún artículo que publicó en un periódico local con algunas cincuenta citas de autores con el propósito de hacer creer que posee una vasta cultura.

Se le conoce en su manera de actuar, ya que se siente superior a los otros, además es petulante, soberbio y vanidoso. Erasmo de Rotterdam realizó una tipología del hombre mediocre por profesiones, y algunas veces por características personales: incluyo en esta lista a los falsos sabios, abogados, poetas, músicos, teólogos, oradores y ególatras.

Creo, sin temor a equivocarme, que en nuestra época habría que incluir a ciertos periodistas, a profesores universitarios, historiadores, novelistas, burócratas y por supuesto a los políticos de poca monta. Lo más probable es que habría que aumentar la lista pero lo dejo a la imaginación.

Es necesario aclarar que Rotterdam en su Elogio de la locura sólo se refiere a aquellos que aparentan ser pero que en realidad no son; excluyendo a los verdaderos y auténticos sabios, abogados, poetas, etc., “quienes contrario a todas estas actitudes, con mucho sacrificio y desvelos han adquirido sus ciencias y por lo general son seres tímidos y sin atractivo alguno”.

Explica Rotterdam que no hay que tener por sabios a aquellos que por su petulancia todo el tiempo se alaban a sí mismos e incluso pagan a un retórico servil o a un poeta hambriento para que a cada dos por tres hagan su panegírico, que es una retahíla de mentiras; pero que el alabado, a fuerza de escucharlas, llega a creerlas, y se infla como un pavo y yergue la cabeza cuando el adulador retribuido lo coloca a la altura de los mismos dioses. Lo que trata es de transformar una mosca en un elefante. Bien hace en alabarse a sí mismo quien no tiene a nadie que lo alabe.

Entre los falsos sabios, para Rotterdam ocupan lugar importante los jurisconsultos, que son los más ególatras; como nuevos Sísifos hacen rodar su piedra incesantemente, amontonando leyes sobre opiniones acerca de toda clase de asuntos, haciendo creer que su ciencia es la más difícil de todas, pues piensan que un asunto tiene tanto más mérito cuanto más intrincado es.

Con respecto a los oradores, crítica a aquellos que cuando pronuncian un discurso en cuya elaboración han empleado treinta años, y algunas veces valiéndose de lo que otros han dicho, afirman que no tardaron más de tres días en redactarlo o dictarlo; los retóricos que copian vocablos anticuados, y que pasman a los lectores y oyentes que al no comprender comienzan a elogiar y admirar, porque es de humanos elogiar y admirar más unas cosas cuando menos se le comprende.

Escribe Rotterdam que los hombres que se tienen por sesudos se inspiran mutuamente recelos y envidias. Dentro de los artistas los músicos, los poetas, los cómicos y los oradores llegan a tales extremos de egolatría, que, cuando más vacuos son, más se inflan de vanidad y con más desprecio miran al resto de los humanos. Naturalmente, no falta quien los admire, dándose el caso de que el número de sus admiradores es mayor cuando mayor es su estupidez.

Tenemos ahora a los teólogos, de los que casi sería preferible no hablar, pues “forman una peste tan peligrosa, y temo, como es gente muy iracunda, lancen sobre mí una lluvia de conclusiones que me obliguen a retractarme, o de no acceder a esto, me tachen de hereje, como suelen hacer con quienes no se les someten fácilmente”.

Al final explica que la vida es un teatro, una farsa en la cual, bajo la máscara que cada uno se coloca, los hombres representan sus papeles hasta que el director los hace retirarse de la escena. Con frecuencia ocurre en la vida, casi igual que en el teatro, que un mismo individuo representa dos o más papeles. El teatro del mundo es una farsa que se presenta todos los días.

* Historiador. Doctor en Derecho.


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