1 de mayo de 2013 | 00:00:00


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Tito LEYVA | Opinión



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Arriba de la guagua, la guagua de la desesperación, después de la larga espera entran primero los intensos, revueltos olores de la madrugada. Donde me agarró la noche, sin el norte y sin el sur, como un castillo caído a la deriva o un amuleto negro, el que me ve y me vigila en el primer asiento; puede ser un fantasma arruinado, una carta que se ahogó por falta de amor, o un indigente con barco y sin brújula, o sin brújula y sin barco, o la melena floja de un león desangrado, o este nuevo fracaso, o tal vez una reina que ha perdido su corona cuando le negaron un beso.

Toda la escena es tan rápida en blanco y negro, casi en el aire, con la urgencia del horario; dentro de la guagua como frigorífico rodante, nadie se ve a las caras, porque a todos les conviene ser alma, o arma individual; todos desconfían de todos. Qué importa, a cada rato se interroga nerviosamente al reloj, aún con sueño, y los ojos fuera de sus círculos.

La tensión del día a día. Parece que la vida transcurre en la guagua, el celular como un puñal que no para de hablar, de señalar lo que no descubre y horroriza; la noche de ayer, otra vez sin cenar, el apartamento sucio y la ropa más imprecisa de higiene, porque da pena decir que es la misma de hace días. La botella de agua cargada como un amuleto también sucio y arrogante para calmar la sed que se escucha por kilómetros.

Y aquí, el aire es de cemento y el sol un sombrero cíclope que se cuida del terrorismo y de las personas que vienen a jugárselas para no tener nada, porque se han vuelto locos de tanto cansancio, de tanto sudor vencido porque no tienen tiempo; su tiempo está cada vez más desnudo para sufrir el engaño, la traición, la bofetada en el cuerpo.

Todo es parte de un torbellino, del juego de la ruleta rusa, apuntando y apuntando en la sien y por cien veces al día; una candela que pronto se apaga, un caramelo en crisis, jugando siempre en la sombra muerta y en la misma orilla.

Hay que jugarse la vida con lo que salga, en todo momento, con el vértigo del castigo, sin intermediarios, sin acurrucarse, sin desvanecerse. Siempre listo. Nada a cambio, nada a medias. O la bebe o la derrama.

Y pensar en todo. Como un dique, una estrella desteñida, arrojada a la parte más alta del viento, sin paracaídas en una guerra con estrellas que nunca se sacian, que no pasan hambre, que siempre han dormido en techo seguro y cama confortable y que no conocen el dolor del insomnio.

Y la guagua que pasa cada cuarenta minutos, porque estas son cosas dizque del primer mundo, y en la parada no hay donde sentarse, ni donde orinar, ni donde por lo menos hablar con la nostalgia.

Se ha puesto el sol que rechina, y esto no es vida, y sí mucha desesperación.

 

* Poeta y periodista.


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