1 de diciembre de 2007 | 04:00:00

Sobrenombres

Por Mario Urtecho | Opinión



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Cuando supieron que publicaría ¡Los de Diriamba!, varios bróderes me pidieron que los incluyera en el libro. Cuidado no me sacás, fue una frase frecuente, demanda que entendí mejor cuando uno me dijo: “Es que nunca he salido ni en el periódico”. ¿Cómo decir que no a petición tan sui generis y argumento tan convincente? Sin embargo, por tener 30 años de no residir allá, olvidé muchos nombres o nunca los supe, porque en Diriamba nos conocemos más por el sobrenombre que por el del bautizo. Entonces, le pedí a mi hermano, El Macho, que listara los sobrenombres de amigos y conocidos. Recopiló cerca de 300, que sumados a los que recordé totalizaron casi 500. Como no sabía qué hacer con tal cantidad los presenté en orden alfabético, como Guía Telefónica. Es muy grato saber que la gente se busca en el libro, y quienes están me han expresado su satisfacción y la de sus familias, por incluirlos en la antológica marimba de Diriamba.    
          
Siempre me he preguntado por qué en mi pueblo la mayoría tenemos y usamos sobrenombres. Sé que los hay en todo el país, pero no como en Diriamba, donde hasta a la ciudad la llamamos La capital del mundo. Allá, por características inusuales, aspectos físicos o comportamientos curiosos, muchas familias son más conocidas por su sobrenombre que por sus apellidos. El sobrenombre es una marca personal, registrada en la diaria convivencia del barrio y validada en la vida del pueblo. Una marca de fábrica, pues a los niños se acostumbra llamarlos con el sobrenombre de sus padres. Es importante destacar que alias y apodos son acepciones usadas para identificar a delincuentes, en cambio, con los sobrenombres se llama popularmente a ciudadanos comunes y corrientes. No es casualidad que cuando don Miguel Urtecho, mi papa (Mike Jagger), anuncia la muerte de alguien, dice sus nombres y apellidos, pero le agrega el “cariñosamente conocido como...”, pues de otra manera muchos no sabrían quién es el difunto, ni irían a vela ni a sus funerales.  

Montar nombres sobre el original de alguien es como tener un alter ego, un enmascaramiento, y quizá no es casualidad que esta costumbre esté tan enraizada en un pueblo donde sus tradiciones y bailes ancestrales están llenos de máscaras, como El Macho Ratón, El Gigante, El Toro Huaco, Los Diablitos y hasta El viejo y la Vieja, máscaras que ocultan y/o protegen la identidad de quien la usa. No es casualidad que los indios de Monimbó se insurreccionaran usando máscaras. En Mitología nicaragüense, Eduardo Zepeda Henríquez afirma que los sobrenombres están entre las señales del misterio aborigen y son una institución tradicional. Pareciera --dice-- que la índole poética de aquel pueblo no se conformase con los nombres recibidos y necesitara inventar sobrenombres. Ello implica a la vez una técnica de transformismo, especie de ocultación de la personalidad… allí los sobrenombres proceden comúnmente de las propias familias de quienes los llevan [y] suelen estar asociados a fisonomías de animales, lo cual no es nada extraño, dado el antecedente de los texoxes, que eran aquellos indios que tomaban la figura de cualquier animal.  

El sobrenombre persiste más que un seudónimo, quizá porque al fin de cuentas éste es sólo un seudo nombre, un nombre supuesto, figurado, pretendido, falso. Prueba de ello es que después de la guerra, en sus pueblos se sigue llamando a los combatientes con sus sobrenombres. Me cuenta Manuel Quintanilla --La Zorra-- que en el Frente Sur su seudónimo era Jesús, pero los guerrilleros diriambinos, que lo conocían de siempre, nunca lo llamaron así, y que más por jodedera que para proteger su identidad le decían Jesús Zorra. Conociendo de esta peculiaridad diriambina, cuando Manuel fue candidato a alcalde de Diriamba, decidió que durante la campaña electoral sus rótulos llevaran la leyenda “Vote por La Zorra” en vez de “Vote por Manuel Quintanilla”, pues muchos que desconocen su nombre, no le habrían dado el voto, ¡y ganó! Quizás esto es algo inédito en la historia electoral de Nicaragua. Incluso la población vecina tiene sobrenombres: Chorreados, los de San Marcos; Chingos, los de Jinotepe; Pizotes, los de Dolores, y Coludos, los de Diriamba.
 
Puede ser --y ésta es sólo una deducción especulativa-- que el sobrenombre también desempeñe función de distintivo social, pues en nuestros pueblos hay apellidos tan numerosos como piñas de mamón: Pérez, López, Parrales, García, etc. Y no sólo son apellidos multitudinarios, sino que, por la costumbre de reponer en hijos y nietos a padres, tíos o abuelos, los bautizan con sus mismos nombres y por ser proles numerosas, se repiten que da gusto. Y así uno halla cien Chico Pérez y mil Juan López, a veces con el segundo apellido repetido. Y nadie los puede diferenciar, y hasta ya parecemos musulmanes, donde todos se llaman Mohamed. Entonces, para distinguir a un Chico Pérez de otro, se busca su genealogía, pues hay Pérez Alicates, Pérez Monecacho, Pérez Apagones, también parientes de los Monecacho, y creo que hasta de Pérez Prado.

En nuestro inconsciente colectivo continuamos enmascarándonos, mecanismo de defensa con el que evitamos ser atropellados por el poder. Por ello, hay algunos que para comentar noticias por Internet o criticar al gobierno de turno, usan seudónimos. Otros, en particular a quienes prohíben hablar, enmudecen y dicen sí a todo lo que les ordenan sus jefes, pero a sus espaldas hablan “hasta con los palos” y se burlan de sus decisiones o actuaciones. Quizá el doblez y la guatusa no sean herencia ancestral y genética de los y las nicaragüenses, sino la adopción de un instrumento para joder al poder, enseñanza de nuestro legendario diriambino universal: ¡El Güegüence!

Sería interesante, y desde ya invito a la gente de los 153 municipios de Nicaragua, que me envíen los sobrenombres más populares de sus pueblos, con la seguridad que de una recopilación de este tipo saldrán muchas sorpresas y quizá hasta los pongamos a todos en un libro. ¡Anímense, puej!

urtecho2002@yahoo.com  

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