Doraldina Zeledón Úbeda
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Ya estamos en las fiestas de fin de año, comenzando con la celebración de La Purísima, por lo menos diez días de ruido para empezar. Luego vienen la Navidad y el Año Nuevo con toda su alegría, sinónimo de explosivos y ruido. Más si las celebraciones son como en Monseñor Lezcano: durante la madrugada, con tambores, parlantes y pólvora. Y por las calles. A la fuerza tenemos que escuchar los rezos, auque estemos en el último rincón de la casa. Además, no podemos hacer nada, pues el “ruido religioso” es aprobado por los legisladores y permitido y hasta promovido por las autoridades, a pesar que el Estado de Nicaragua “no tiene religión oficial”, según artículo 14 de la Constitución.

Y la Iglesia Católica dice que hay que orar en silencio. Los sacerdotes se enojan con el menor ruido en una misa. Y tienen razón. Pero en el caso de los rezos a La Purísima Concepción de María, es a gritos. ¿Será que ya la tenemos sorda? Aun así, dicen los especialistas que a los discapacitados de la audición no hay que gritarles, sino hablarles de frente y despacio, para que vean los movimientos de los labios, porque ellos “oyen con los ojos”. La Virgen nos escucha y nos ve, no es preciso gritarle.

La Policía y el Ministerio de Salud comienzan a alertar para evitar quemados por la manipulación de la pólvora, y a controlar su venta. ¡Y hasta indican cómo manipularla! Los bomberos y algunas organizaciones están listos para socorrer. La preocupación se centra en los incendios y en las personas quemadas, entre los cuales están principalmente los niños y quienes manipulan los explosivos.

Sin embargo, pasan inadvertidos los daños al sistema auditivo, y ya no digamos los efectos que causa el ruido en diferentes funciones del organismo. Además de que, incluso, se puede hasta llegar a la pérdida total de la audición con el ruido de impulso de los explosivos, dependiendo de la intensidad del impacto, la cercanía y el tiempo de exposición. “El daño es inevitable cuando se está muy cerca, si no se pierde la audición inmediatamente, probablemente afectará a corto plazo, pues la onda expansiva producida por el ruido discontinuo intenso es transmitida a través del aire, generando una fuerza capaz de destruir estructuras como el tímpano o la cadena de huesecillos del oído interno”. (Dr. H. Rendiles, Efectos del ruido industrial).

Otras secuelas que dejan los explosivos son: acúfenos o zumbidos, falta de equilibrio, fatiga, estrés, etc. Según la Guía de la Organización Mundial de la Salud (1999), el ruido no sólo provoca molestias y pérdida de la audición, también tiene efectos sobre otras funciones fisiológicas, como la digestión, la circulación, causa dolor de cabeza, náuseas. Y con la exposición prolongada al ruido, los individuos susceptibles pueden desarrollar efectos permanentes, como hipertensión y problemas cardiacos, etc.

Entonces, si es imposible prescindir de la emoción del estruendo, o si usted es obligado a ello, retírese un poco y tápese los oídos. Proteja a los niños no sólo de las posibles quemaduras. Acuérdese de las personas mayores, especialmente si están mal de salud: el estrés, el susto, pueden empeorarlas.

Y como hemos dicho, no es que se pretenda ir en contra de la cultura, que además tiene mucho sabor agradable; pero sí habría que recortar los elementos dañinos de la cultura del ruido. Qué bonito sería salir a las calles y poder disfrutar de los cánticos a La Purísima sin estruendos ni sobresaltos. Algún día será. Auque ya no los escuche porque esté sorda o protegida bajo tierra. Pero albergo la esperanza de que los legisladores y las autoridades serán más responsables, o que la población los hará más responsables. Para ello hay que participar, hablar, luchar cada día. Y también, ojalá que la Iglesia se dé cuenta de que tenemos derecho a la tranquilidad, a la salud, a un ambiente saludable, que son violentados en esas madrugadas ruidosas. Así como la Constitución nos da el derecho a la libertad de culto, también lo restringe, pues “Los derechos de cada persona están limitados por los derechos de los demás, por la seguridad de todos y por las justas exigencias del bien común”. Art. 24.

Y por último, en un país con tanta gente que necesita comer, ¿cómo es posible que estemos quemando el dinero? Mientras un niño tiende la mano o una niña se prostituye por un bocado de comida, derrochamos lo poco que tenemos, para luego, como país, tender la mano hacia fuera... Que “María de Nicaragua” salve a la “Nicaragua de María” para que disfrutemos sin perjudicar a los demás. Y pensando en los que no tienen. Que la alegría se expanda a todos y todas.

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