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Imagina que existe otro mundo. Un planeta plano, un universo en el que el cielo y el suelo son simétricos, opuestos de lado a lado y del mismo color, con leves variaciones entre el blanco de la nieve y el beige de la lana cruda. Un mundo paralelo en el que todo se rige por las líneas, también paralelas, de tinta negra.

Son las únicas leyes de esa otra existencia, que se parece más al sueño que a la vigilia, más a los sueños que a la propia existencia. En ese mundo plano y paralelo, los cuerpos no se ciñen al mandato de la física ni del tiempo. En ese universo, las mentes no se limitan por sus propias leyes. Son mentes infinitas, no tienen fronteras.

Imagina que ese mundo paralelo, plano, blanco, ilimitado… tiene un censo de habitantes que viven para siempre, siempre viviendo la misma vida, la misma historia. En ese censo hay nombres ilustres, de personas de papel y tinta cuya trascendencia para la posteridad no se mide según la grandeza de sus actos sino por la intensidad de sus días y de las emociones que fueron capaces de provocar en otro mundo: en el nuestro.

En ese que no necesitas imaginar porque lo vives ahora, mientras te preguntas de qué estaré hablándote, escribiéndote. Pero vuelve al otro mundo, y repasa conmigo algunos de los nombres de sus celebridades: Tom Joad, Jean Valjean, Sofía Semionóvna, Lizzy Bennet, Fabrizio Corbera, Alonso Quijano, Holden Caulfield, Catherine Heatcliff, José Arcadio Buendía… No se conocen entre ellos. Puede que ni siquiera hayan oído hablar los unos de los otros, pero comparten gloria en ese mundo del que te hablo, y que no necesitas imaginar, porque existe.

Existe un mundo infinito en los libros, en la literatura. Un universo imprescindible para comprender el nuestro, que llega a mezclarse con este en transformado en placer, y que como todos los placeres llega a rozar en muchas ocasiones, y a traspasar en algunas, la frontera del vicio. Del sano vicio de leer, que debiera ser adicción fomentada por los líderes de este otro mundo menor, sujeto a normas de la ética, de la política, de la física… del tiempo.

Y lo mejor de todo, es que en ese mundo de los libros no es necesario visado de entrada ni permiso de residencia. No es necesario vacunarse, porque sus enfermedades no se transmiten. En ese mundo se entienden todas las lenguas y se pueden recorrer todos los territorios, aunque no se haya entrenado para escalar cumbres o sumergirse en simas submarinas. En ese mundo no hace frío y no se pasa hambre.

En ese otro universo del que te hablo hay dioses que pertenecieron a este mundo, o que pertenecen, que viven en él, que caminan por nuestras ciudades y conceden entrevistas en las radios que escuchamos. Pero sus creaciones, los hombres a los que imaginan con poderes de superhéroe o con traumas densos que se diluyen en divanes de psicoanalistas, las mujeres que izan banderas de justicia en el fango de las trincheras, los niños que ahogan su infancia en el caldo de las miserias adultas, no pueden salir de un cautiverio delimitado por los varios centenares de páginas que cuentan sus historias.

Nace la paradoja. Vivencias condenadas a una prisión de papel, que se suman en la mente de los lectores de este mundo para darles, precisamente, libertad. La literatura es una suerte de religión politeísta, una forma de gobierno de las masas, un universo en el que todas las leyes de la naturaleza son desposeídas de su rigor para construir una realidad líquida, etérea, deformada al antojo de la imaginación. Un mundo distinto para cada lector, que no tiene que parecerse necesariamente al que imaginaron los creadores. Un mundo a veces lleno de luz, a veces sumido en las tinieblas, pero un mundo que, cuando se visita, hace de nuestro mundo un mundo mejor.

@ oscar_gomez

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