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El prestigio de su Eminencia, Cardenal Miguel Obando y Bravo, aun estaba en el pináculo de su existencia cuando estando de gira por motivos propios de su alto rango eclesiástico recibió una llamada de carácter urgente y perentoria. Era de su casa y no de su iglesia. Le pedían por conducto de su única y antigua secretaria, asistente, confidente y ecónoma, que regresara a casa en el primer vuelo que pudiera tomar, porque su presencia era de absoluta necesidad en el seno familiar, el cual se encontraba a punto de derrumbarse.

No le explicaron más por guardar en secreto lo que podría ser la ruina de su familia y la destrucción de su corazón con cualidades de padre de familia. ¿Qué pasará?, pensó el célebre y orgulloso colega de Richelieu y Mazarino. ¿Será que Bobby está en problemas? Y el príncipe de la corte vaticana estaba en lo cierto.

Los informantes clandestinos del poderoso y sagaz político, comandante Daniel Ortega, le habían entregado una información muy valiosa que iba a enriquecer su poderosa red de secretos, los que usaba con la habilidad de un Fouché para conseguir lo que parecía imposible de conseguir. Le habían puesto en bandeja de plata la cabeza del Presidente del CSE y ahijado preferido de su archienemigo, que con sus parábolas destructoras le impedían acceder a la Presidencia de la República.

El comandante Ortega sabía que el funcionario sibarita desde hacía tiempo andaba haciendo de las suyas cobijado con la bandera blanca y amarilla de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, razón por la cual no lo había podido atrapar, ya que la estructura eclesiástica es intrincada e intocable. Pero como hasta al mejor mono se le cae el zapote, al presidente del CSE se le abrió el resquicio necesario para que se colara la poderosa Contraloría General de la República, dirigida por Torquemada Argüello y le encontraron manejos turbios con los caudales de la República. La acusación no se hizo esperar y el encarcelamiento del funcionario era cosa de horas.

La camionetona Toyota Land Cruiser del cardenal Obando partió rauda del aeropuerto hacia el despacho del Comandante Ortega y una vez allí el chontaleño ensotanado y el chontaleño uniformado, ambos de La Libertad, se encerraron a negociar el prestigio de la familia cardenalicia. Cuando salieron de la cordial reunión, el Cardenal ya no era el de las víboras traicioneras y el ahijado no solo no fue acusado, sino que reelegido como presidente del ahora todo poderoso CSE.

De la boca del obispo cardenal no volvió a salir ninguna parábola destructora y el presidente del CSE desde entonces le avala todo lo que el ahora comandante presidente necesita para su provecho.

El cardenal bendice todos los actos presidenciales sentado en las tarimas enfloradas, y el presidente del CSE decapita diputados, cercena personerías jurídicas a los partidos que estorban y avala elecciones robadas.

Ambos son el escándalo de Nicaragua. El uno bendiciendo los atropellos y las ilegalidades del matrimonio presidencial, y el otro violando la Constitución de la República y avalando aberraciones electorales con la tranquilidad de quien se come un pastel de chocolate empedrado con nueces.

Estos dos personajes llenos de hipocresía, de gula y de codicia son los verdaderos culpables de todas las desventuras por las que está pasando el pueblo nicaragüense y de toda la violencia que pueda generar el despojo electoral que se está consumando actualmente en el país. Las invocaciones hipócritas del Cardenal codicioso y los malos manejos del goloso y descalificado magistrado presidente, son las puñaladas que ambos les obsequian a los ciudadanos abusados y estafados de este pobre país, en el cual ya no es posible ni siquiera organizar unos comicios electorales tranquilos y transparentes.

Yo no culpo tanto al presidente Ortega porque él, al igual que otros muchos, es un político inescrupuloso que persigue el triunfo a cualquier costo. Los culpables son los obesos que le hacen posible ser presidente con un indecente 35% del voto popular; los obesos que le permiten burlarse de las leyes y aplicarlas solo a su favor y los obesos que le legalizan los fraudes electorales para arrebatar los votos que no le pertenecen amparado por una ley electoral hecha a su medida, con la cual hace escarnio del pueblo, mientras el que manda en ese consejo electoral se pasea en aviones pagados con el sudor y el esfuerzo de los ciudadanos honestos que tienen que trabajar para poder comer.

El recuerdo del fraude de 1947 se materializó en el de 2008 usando la misma táctica indecente de cambiar los votos, adjudicándole a Argüello los que le pertenecen a Montealegre. Más sinvergüenza no se puede ser.