Danilo José Lacayo Lanzas
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En la historia de la humanidad siempre se habla de los errores de los líderes políticos, reyes, reinas; es decir, de grandes personajes de la humanidad que estudiamos y analizamos, pero se nos olvida que estos personajes están rodeados de seres humanos que de alguna manera influyen en sus decisiones.  Estas personas llamadas cortesanos son gente que los rodea permanentemente, también conocidos como aduladores o cepillos.

En “El Príncipe”; la primera obra clásica del pensamiento moderno escrita por el florentino Nicolás de Maquiavelo en el siglo XVI, y que consiste en un conjunto de reflexiones del autor sobre el arte de conquistar y conservar el poder de un principado, es hasta el día de hoy una obra de consulta obligada por todos aquellos políticos que desean aprender de la historia.  Tanto es así, que el ex Primer Ministro Italiano Silvio Berlusconi se los dio a sus colaboradores y amigos como regalo de Navidad en el año 1992.

Maquiavelo dedica un capítulo especial  a los aduladores, el que titula: quomodo adulatores sint fugiendi (de que modo hay que huir de los aduladores) y que inicia de la siguiente manera: “No quiero dejar de tratar un punto importante y un error del que los príncipes se defienden con dificultad, a no ser que sean prudentísimos o hayan hecho una buena elección.  Se trata de los aduladores que llenan las cortes; porque los hombres se complacen tanto en sus cosas y se engañan a sí mismos hasta tal punto que difícilmente se defienden de esta peste...porque sólo hay una forma de guardarse de los aduladores: que los hombres comprendan que no te ofenden cuando te dicen la verdad.”

Esto es tan vigente en nuestro país como cuando lo escribió Maquiavelo, ya que vemos cuantos aduladores o cepillos le dicen a los líderes que todo lo que dicen y hacen no sólo está bien sino que la población les mira con admiración y que van por el camino correcto.  Por eso, la culpa no sólo es de los gobernantes o líderes políticos, sino de todas aquellas personas que se dedican a justificar incluso hasta los errores más evidentes.  Pero este tema también fue tratado por un ilustre nicaragüense, don Carlos Selva, quien nació  en Granada en 1838 y murió en esta misma ciudad en 1912; de pensamiento liberal, hombre que estuvo siempre dispuesto a decir lo que pensaba sin ser adulador o cepillo.  Entre sus muchos escritos he leído uno en la revista Patria, de la ciudad de León, publicado en junio de 1899 y que aparece en la obra La Voz Sostenida, Antología del Pensamiento Nicaragüense, editado por PAVSA, que dirige el Dr. Francisco Arellano Oviedo, que dice textualmente:  “El  adulador es un falsificador de cualidades, halla sabiduría en la ignorancia, virtud en los vicios, aptitud en la ineptitud, valor en la cobardía, heroísmo en la desesperación, fuerza en la debilidad, grandeza en la miseria, talento en la estupidez, belleza en la fealdad... En el adulador hábil, el talento corre parejas con la abyección que le hace mentir  y arrastrarse a las plantas de sus víctimas para implorar sus mercedes.  El adulado cae en la trampa y frecuentemente paga, con usura, su debilidad, porque la meliflua voz del adulador, lisonjeando su vanidad, hace el efecto del aire frío, que produce una pulmonía o la muerte, como la sombra del manzanillo.”

Don Carlos Selva en el artículo antes citado, caracteriza muy bien al adulador y al adulado y les recuerda a los adulados que los aduladores o cepillos siempre son los primeros en abandonarlos cuando dejan el poder. Estos mismos se convierten en sus más fieros detractores para demostrar su lealtad al nuevo adulado.  Sugiero a los políticos nicaragüenses aprender de la historia para no ser víctima de los aduladores o cepillos que hacen de esta profesión una forma de vida.

Director del programa “Danilo Lacayo En Vivo”
Abogado

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