3 de diciembre de 2008 | 22:00:00

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La educación superior que Nicaragua necesita

Carlos Tunnermann Bernheim | Opinión



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En estos días se está celebrando en Managua, bajo los auspicios del CNU, el “Primer Congreso Nacional de Educación Superior”, con la participación de autoridades, profesores y estudiantes de las universidades públicas y privadas del país. A propósito de este Congreso, exponemos las siguientes reflexiones sobre la educación superior que Nicaragua necesita, de cara al siglo XXI.

Pese al incremento de las matrículas de los últimos años, nuestro país ostenta, en el nivel superior, una tasa de escolaridad del 16%, muy por debajo de la tasa promedio latinoamericana, que es del 33%. En consecuencia, estamos aun lejos de la democratización de la educación superior, que según algunos analistas requiere una tasa de escolaridad de, al menos, entre el 20 y 25%. Pero no sería muy provechoso para el país un alto crecimiento de las matrículas si los jóvenes siguen prefiriendo las carreras liberales tradicionales, pese a que la demanda de profesionales, en algunas de estas carreras, está ya saturada.

Será, entonces, preciso organizar el subsistema de educación superior como “el nivel post-secundario” de la educación nacional, evitando que la educación superior se identifique únicamente con la educación universitaria.

En formas alternativas convendría desarrollar oportunidades de educación superior no universitaria o de “ciclo corto”, especialmente en las áreas que más se ciñan al desarrollo económico, tecnológico, agrícola e industrial del país. Este tipo de carreras podrían impartirlas las propias universidades en sus Centros Universitarios regionales o, mejor aún, en una red independiente de Institutos Tecnológicos Regionales de nivel superior no universitario, similares a los Colegios Universitarios regionales que funcionan en otros países. Esto permitiría ofrecer alternativas atractivas a los jóvenes egresados de la enseñanza media general y técnica.

El diseño curricular de las carreras de ciclo corto deberá propiciar su articulación con las carreras académicas o de ciclo largo, de suerte que no se transformen en callejones sin salida, sin perjuicio de su carácter terminal en cuanto a la incorporación de sus graduados en el mercado laboral.

Importante es también el compromiso que las universidades adquieran con la pertinencia o relevancia de las carreras que ofrecen y de las investigaciones que lleve a cabo. El concepto de pertinencia social es el que debe prevalecer, es decir, que el quehacer de las universidades sea pertinente a las necesidades de toda la sociedad en que se encuentra inmersa, y no solo a las de un determinado sector.

Estrechamente relacionado con la pertinencia está el compromiso con la calidad, desde luego que de nada serviría un programa pertinente si carece de calidad. Calidad y pertinencia son como las dos caras de una misma moneda. Ambos compromisos no deben ser episódicos, que adquieren importancia únicamente a la hora de las evaluaciones institucionales y las acreditaciones, sino transformarse en verdaderas culturas del quehacer de nuestras universidades.

Se requerirá la existencia de un buen Sistema Nacional de Evaluación y Acreditación, en el que prevalezcan únicamente los criterios académicos, al frente de los cuales deberán figurar personalidades de reconocida trayectoria en la vida universitaria, nombradas por méritos académicos, sin atender a filiación o simpatías políticas.

Existe hoy día una preocupación, muy válida, por la transformación de nuestras universidades y la revisión de las estructuras académicas y curriculares. En consonancia con lo anterior, se ha expresado también el propósito de revisar las actuales estructuras académicas para modernizarlas y flexibilizarlas, propendiendo hacia estructuras que propicien el trabajo interdisciplinario y promuevan la visión institucional unitaria, superando el fraccionamiento unidisciplinar y profesionalizante. Al mismo tiempo, se plantea la necesidad de revisar los perfiles de las carreras que ofrecen las universidades y el pénsum de las mismas, de suerte se introduzcan también diseños curriculares más flexibles mediante el sistema de ciclos y créditos, superando el sistema de bloques que prevaleció en la década de los 80. Algunas universidades ya han elaborado, y se encuentran en proceso de ejecución, sus nuevos Modelos Educativos y Académicos, que enfatizan en el aprendizaje de los estudiantes.

Las autoridades universitarias reconocen que la autonomía no excluye lo que hoy día se designa como accountability, es decir, la responsabilidad de la institución para con la sociedad que la sustenta y a la cual debe servir. No se trata únicamente de la simple rendición de cuentas ante la Contraloría General de la República, sino de la “rendición social de cuenta”, por decirlo así, esto es, demostrar a la sociedad el resultado provechoso y eficaz de la labor universitaria como un todo.

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