Orlando López-Selva
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¿Ahora solo faltaba el lejano Oriente para presentarnos otro foco de conflicto?

El gobierno de Beijing sostiene que el mar del Sur de la China está dentro de su plataforma continental. Por tanto, ha construido una isla para hacer una base militar con pista de aterrizaje. Incluso, hasta ya estacionó ahí vehículos blindados. 

Consecuencias: los países vecinos y costeros de ese mar --Vietnam, Malasia, Taiwán, Filipinas y Brunei-- están preocupados. Esta movida militar es intimidante y está caldeando esa zona de gran importancia comercial y de tránsito de un tercio de los buques del planeta.

El Japón, que mantiene una vieja disputa con China, por la soberanía de las islas Senkaku, también se siente intimidado.

Y en la reciente conferencia, en Singapur, sobre seguridad de los países de la Asociación de Estados del Asia-Pacífico, salió a relucir el desasosiego. Sin dudas, Washington intervino con declaraciones de su ministro de defensa, Ashton Carter, y el sobrevuelo de un avión de reconocimiento que pronto oyó indicaciones de los militares chinos para que se alejara del lugar.

Todavía el escenario no está encendido. Pero es probable que todo se caldee y escale, en esa zona geográfica importante, donde yacen cercanas tres potencias: China, India, Japón (¡Rusia no está lejos!).

Cabe preguntarse: 1) ¿Esto es parte de una escalda de Beijing para mostrar sus músculos y así establecer poderío militar en su zona de influencia?; 2) Beijing está aprovechándose de la debilidad (o actitud no intervencionista) del presidente Obama para que no olviden que China sí puede usar todos sus recursos?; 3) ¿Es esto una advertencia para Rusia (y Estados Unidos) y decirles que hay una nueva hiper-potencia, que a pesar de las dudas intelectuales de los analistas políticos occidentales, sí está imponiendo su agenda?

Todo puedo creer, menos que esta sea una bravuconada de Beijing. Se aduce que, como su situación económica no está bien, ahora deba exacerbarse el nacionalismo. ¡Eso es tonto! Con todo y la ralentización de su economía que solo crecerá un 7%, es un logro extraordinario. Europa y Estados Unidos, difícilmente lleguen a alcanzar un 1.5 y 3.1%, respectivamente.

Entonces, esta actitud de hostilidad (¡o amenaza a sus vecinos!) es una fase por la que atraviesan los Estados-naciones en proceso de empoderamiento económico-militar para reafirmar su agigantamiento global.

China Continental está haciendo lo que debe. ¡Igual lo haría la noble India cuando imponga su hegemonía a Paquistán, Bangladesh y Sri Lanka!

Y, ciertamente, esta actitud no es que tenga justificación. Simplemente, es un patrón de comportamiento.

¿Estaría dispuesto Moscú a consentir que haya dos tigres en una  misma colina?

Lo malo para Washington es que esta proyección global china no fue sopesada. No era lo que Henry Kissinger ni Richard Nixon tenían en mente cuando visitaron, sorpresivamente, a Mao Tzetung en Pekín, (¡lucubrando bien!); en febrero de 1972, para suscitar sospechas y recelos en los círculos del Kremlin.

Ya los chinos se apoderaron impunemente del Tíbet --ese país  tan espiritual, manso y guiado por monjes budistas--. Pero ese logro los puso a las puertas de todo el Sur asiático, donde solo India los puede inquietar. (En política las primeras victorias deben ser fáciles, rápidas, contundentes y avasalladoras).

Si alguna vez, para occidente, el régimen de Beijing ha puesto bien las cartas sobre la mesa, es en esta ocasión. Ya los militares chinos le han dicho a Washington que no se meta. Y esa no es retórica. Washington sabe que China no es Irán o Venezuela.

El hecho está bien claro: el Imperio del Centro del Mundo está afirmando su agenda sin miramientos confucianos. En Beijing no tienen la conciencia cristiana que pueda tener Putin.

En el plano comercial, China se ha hecho socio incondicional de africanos, asiáticos y latinoamericanos…; alemanes, franceses y británicos —sin meterse en conflicto alguno, salvo cuando las potencias convergen en la diplomacia colectiva--.

Para transar ellos no necesitan vender la cartilla de la democracia como un requisito ético. El poder total es lo que les mueve. No importa la calidad moral de sus interlocutores. Tampoco hacen listados de países punibles o censurables. Su interés yace en negociar para ganar, crecer, asociarse. China pronto dejará de ser un manufacturero barato. 

Xi Jingping sabe bien lo que está haciendo. Podrá tener una sonrisa ingenua, una cortesía pulida, una mano suave. Pero su puño es de acero, y su rencor, por tantas humillaciones sufridas por su milenario país --ante británicos, japoneses y americanos-- es profundo y memorioso.

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