Adolfo Miranda Sáenz
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Cuando Jesús dejó esta tierra con su cuerpo visible desapareciendo a los ojos de los apóstoles, estos se quedaron pasmados mirando hacia arriba, hasta que dos ángeles les dijeron: “¿Qué hacen ahí mirando al cielo?" (Hechos 1.11). Ese llamado de atención es para nosotros hoy, cuando creemos que la voluntad de Dios es que vengamos a este mundo a sufrir para después gozar para siempre en el otro, como erradamente me enseñaba de niño mi buena y piadosa maestra de catecismo. Quizá por ese error aquellos hombres de Galilea se habían quedado pasmados mirando al cielo, olvidándose de la misión que Jesús les dejó en la tierra. 

Y quizá por eso muchos cuando rezamos el Padre Nuestro y le decimos al Padre "hágase tu voluntad", expresamos una especie de resignación por todos los males y las penas que nosotros y los demás sufrimos. ¡Pero esa no es la voluntad de Dios! Él quiere que todos seamos felices en este mundo. No nos creó para sufrir, aunque es verdad que después nos espera una vida eterna de inmenso gozo. No es la voluntad de Dios que un niño muera, que una persona tenga cáncer, que exista la pobreza, etc.  Cuando pedimos al Padre “que se haga tu voluntad”, le estamos pidiendo el bien y la felicidad. Esa es realmente su voluntad para todos. 

Entonces, ¿por qué hay tanto sufrimiento, tantos males, tanta injusticia en este mundo? Sabemos algunas cosas: 1) Que Dios no quiere ni manda males a nadie, ni siquiera como castigo. 2) Que es el pecado del ser humano --el propio y el de otros-- lo que trae muerte y sufrimiento a las personas. 3) Que Dios respeta la libertad que nos dio. 4) Que el mal existe y que Dios aunque no lo quiere ni manda, lo permite. 5) Que esto es un misterio para el cual no tenemos todas las respuestas. 6) Que nos queda la fe para confiar en nuestro Padre que nos ama. 7) Que Dios espera que evangelicemos al mundo, seamos luz y sal de la tierra, y que desde que Jesús vino a nosotros su reino ya empezó y nos toca hacerlo realidad para todos desde ahora: que no hayan personas que pasen hambre, sin lo necesario para vivir dignamente, sin una vivienda decente, careciendo de los bienes que Dios creó para uso de todos, sin atención médica, sufriendo soledad, abusos, represión o cárcel. (Mateo 5.13-16; 25.31-40; 22.34-40).

Ciertamente tenemos que mirar al cielo para rezar, estar en comunión con nuestro Padre, con Jesús, con el Espíritu Santo, para obtener paz, consuelo y fortaleza. No debemos quedarnos ahí, viviendo una religiosidad piadosa pero vacía, sin cumplir con el más importante y el resumen de todos los mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo (Mateo 22.34-40). Es apropiado el ejemplo de la Cruz que tiene dos dimensiones, la vertical para unirnos a Dios y la horizontal para unirnos al prójimo. Debemos transformar la realidad social con la fuerza del Evangelio testimoniada por mujeres y hombres fieles a Jesucristo. El anuncio de Jesús, su Buena Nueva de salvación, de amor, de justicia y de paz, no encuentra fácil acogida en el mundo de hoy devastado por guerras, miseria, enfermedades, injusticias y sufrimientos. Precisamente por eso las personas de nuestro tiempo tienen más que nunca necesidad del Evangelio: de la fe que salva, de la esperanza que ilumina, de la caridad que ama. Los laicos cristianos debemos hacer realidad nuestra doctrina social, comprometida y valientemente, dentro del mundo que idolatra el poder y la riqueza.

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