Jaime Rodríguez-Arana *
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El presidente del instituto alemán de investigación económica, Marcel Fratzscher, un economista con experiencia en el Banco Central Europeo, en el Banco Mundial y en la Universidad de Harvard, acaba de publicar un libro acerca de la situación económica en Alemania.

En su obra Die Deutschland-Illusion, Fratzscher reclama un cambio de rumbo al gobierno de Merkel, a quien acusa de la receta de la amarga medicina de la austeridad tal y como se está aplicando. La opinión pública dominante nos cuenta que Alemania, gracias a una relativa flexibilización del mercado laboral, a sus crecientes exportaciones y al equilibrio presupuestario, ha resistido mejor la crisis que otros países. Por eso, se exige a los demás países que sigan la receta alemana.

Sin embargo, según este economista alemán, resulta que en realidad la economía teutona no va tan bien como la pintan. Lleva tres años creciendo menos del 1%, los salarios están a niveles de hace décadas y, por si fuera poco, en agosto del año pasado se registró una alarmante baja del 5.8% en relación con el año anterior.

Es decir, en opinión de Fratzscher, hay un lado oscuro de los “éxitos alemanes” que conviene tener presente. Es verdad que la reforma laboral redujo el desempleo, pero a causa de aumentar los empleos a tiempo parcial, en buena parte precarios. Por eso, aunque aumentó el empleo entre 2005 y 2013, las horas totales de trabajo ascendieron muy poco, proporcionalmente incluso bajaron. Se exportó más porque se bajaron radicalmente los precios. Y el déficit presupuestario, señala el economista alemán, se ha reducido porque con dos millones menos de desempleados que en 2005, obviamente se recauda más.

El problema alemán, Fratzscher lo cifra en la falta de inversión y en la existencia de un ahorro desproporcionado. La inversión pública está por debajo de la media europea y por ello algunas infraestructuras, quien lo podría imaginar, hoy están necesitadas de renovación.

La solución para el economista alemán está en aumentar el gasto público a pesar de que se incremente el déficit. El FMI y el BCE observan una peligrosa tendencia a la recesión, incluso con ribetes de una deflación a la japonesa.

El problema del ahorro alemán, que tiende a salir fuera de Alemania, debiera, dice el economista alemán, invertirse en el país pues así se obtendrían mayores beneficios y se impulsaría un crecimiento estable. Además, otra parte del ahorro se debería gastar en importar más de los países vecinos, facilitando un mayor movimiento de la economía y también un beneficio para los demás países aliados. También parece que habría que liberalizar el sector servicio, en Alemania poco productivo y competitivo, en buena medida en manos de sindicatos y de regulaciones proteccionistas.

La austeridad en sí misma, ni es buena ni mala. Es un requisito inherente al manejo de los fondos públicos, que por esencia son limitados. El problema radica en la instauración de la austeridad y del déficit público en dogmas. En principios inconmovibles a veces al servicio del absoluto principio del pago inmediato de la deuda.

Austeridad, por supuesto, pero al servicio de la dignidad del ser humano. Reducir el desempleo a costa de aumentar la precariedad y de someter a los trabajadores a condiciones de trabajo inhumanas, es una curiosa forma de entender tal propiedad de los fondos públicos, de forma electoral y electorera. Y eso, tarde o temprano, se paga. El caso alemán trae, en este sentido, relevantes enseñanzas.

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