Lesli Nicaragua
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En una cálida tarde de esta semana, mientras Managua se sumía en su neurosis habitual de vanidades extrañas, sostuve una conversación de dos horas con un cura amigo que a su vez --maravillosa apostilla-- es un filósofo desconfiado. Fue una plática amena --apenas interrumpida por largos tragos de café helado-- que giró en torno de la situación religiosa que se vive en el país.

Asentado bien en sus pies y escrupulosamente vestido de civil práctico, el sacerdote, a quien tenía años de no ver, me hizo un recuento de lo que percibe desde su oficio pagado de analista social en la congregación católica que milita. “Nicaragua tiene buenos sacerdotes, pero ha visto magullada su fe en el catolicismo por curas activistas políticos que lejos de aunar esfuerzos para una mayor conversión del pueblo, se desviven por crear conciencia ideológica y no social o divina. No hacen el mayor sacrificio”, me dice mientras sonríe casi inferencialmente en cada pausa de sus oraciones.

Fue la primera vez que le escuché la frase. Y se me vino la idea de sacralizar la vida cada instante, pero la interrogación de un silencio parcial me devolvió a la conversación. Le dije, entonces, desde mi óptica de protestante bautista, que vivimos de espaldas a lo prodigiosamente divino porque existe un terrible apetito humano por lo humano, que solo se sacia con el delirio, con la sangre o con la soledad.

El cura --un hombre pequeño de cabello escaso y blanco-- repuso que la sola idea de la soledad se aviene en los humanos por el simple hecho de que destruye lo que ama, porque se resiste su propia voluntad de vida compartida social y espiritualmente. Porque su deseo máximo es la ausencia de angustia, sin reconocer que es la paciencia de espera en los otros los que nos crea la esperanza y no el ensimismamiento que atribula. “La gente tampoco hace el mayor sacrificio”, repitió, aunque esta vez lo dijo más quedo, como si hablara consigo mismo.

El sol, todavía asomado al cielo, destelló franjas de un rojo naranja que bañaban a trechos las mesas, las sillas y los rostros de los que nos sentamos al balcón del local. La frase duplicada y el espectáculo cromático me hizo pensar en la ligera lentitud de los aceros del tiempo. ¡En cuánto nos distraemos indignándonos con el dolor queriendo preservarlo para anatemizar el mayor sacrificio!

El religioso tenía razón. “Aunque se multipliquen las iglesias, aunque se llame desde la conciencia, aunque se maratonice la palabra de Dios día tras día, si siempre residimos en el escepticismo, nunca nos completaremos como humanos con alma. Ni catolicismo ni protestantismo. Nosotros mismos somos la iglesia, eso lo saben todos, obispos y pastores. La religión no es más que una justificación de miedos y esperanzas, algunas veces desvirtuadas. Lo que de verdad vale es el máximo sacrificio”, argumentó finalmente y se puso en pie, como queriendo volver al mundo.

Entonces entendí, de una y para siempre, en qué consistía ese gran sacrificio del que hablaba el religioso amigo, quien me invitó a visitar su parroquia en un pueblo del norte del país: asumir a quien amás aunque te odie. Esta es la máxima expresión de un lenguaje que se sale de los tiempos conjugados porque entiende que solo en el amor somos eternos.

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