Jorge Eduardo Arellano
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Me refiero al inescrutable linaje encarnado por el personaje bíblico Caín, el homicida. Aludo a la lúcida apropiación que de ese linaje maldito realizó Álvaro Urtecho (Rivas, 1 de diciembre, 1951-Managua, 21 de diciembre, 2007) en su poética, definida por una constante y profunda indagación en el SER y, por tanto, reflexiva y pura.

Tal lo reveló en sus cinco poemarios signados por el asombro, la exclamación y la interrogación: Cantata estupefacta (1986), Esplendor de Caín (1994), Cuaderno de provincia (1995), Auras del milenio —inserto en la compilación Tumba y residencia (2000)— más el casi póstumo Tierra sin tiempo (2007). En ellos, retomando la vertiente metafísica y visionaria de la poesía nicaragüense, se volcó con mesura este fiel discípulo de Carlos Martínez Rivas. Su extenso e intenso poema Cantata estupefacta (1979) fue un ejemplo de ese discipulaje vital y literario. En efecto: parte de algunos recursos estilísticos del poeta de Dos murales USA para asumir su actitud ante la vida: la negación ante los dones del mundo. No utopías. / No discurso triunfal. / No patria. / No familia. / No currículo. Así optó por seguir al pie de la letra el consejo de Martínez Rivas: “un auténtico poeta debe ser sin patria, sin partido y sin mujer”.

Nutrido de lecturas europeas (Novalis, Rimbaud, Rilke, Nietzsche, Leopardi, Alexaindre, Ciorán, entre otros), Urtecho construyó su mundo a través de la interiorización marcada por el fuego de la poesía. Tenemos fuego. / Lo sabemos por el día / que levanta su hechizo entre la luz / de los ondeantes pabellones. / Lo sabemos por la rosa y la arrogancia. Por el hondo / sentido que vuelve al hombre / noche, sombra, mendigo de eternidad. (“El fuego”). Por ello meditaba sobre la soledad y la muerte: Pasaremos / como la hierba deshecha por el viento. / Partiremos sin retorno. / Seremos la belleza que un tiempo cruel / estrujó. (“Pasaremos”). Y también sobre el cosmos y la música contemporánea: El saxofón, como un impulso o lamento / o como un chorro dorado desgranizándose, / cabalgando sobre oleaje de baterías secas, / precisas, arácnidas, retráctiles (“Susurros cariñosos”).

Por ello también trazaba figuraciones del tiempo y denunciaba la impostura del dinero y de la mentira. Mas también le asistió la nostalgia en Cuaderno de provincia. Allí despliega recuerdos de infancia, asociados a una fruta de procedencia asiática, arraigada con gloria en la América Tórrida, bajo su suave manto hierve / la miel llameante de los siglos / llamando desde sus finas hebras, desde su oro exangüe. (“Mango”). Y continúa: Milagro de luz, / almíbar contenido, ambrosía, / mango de infinitas aguas y vertientes, / reino de la humedad, / delicia de la gula, hilachas enroscadas. / Fruto que se corrompe, / mango que cae sobre el polvo / de los caminos y las rondas, / fácil presa del gusano, / mórbida vulva, / fiel imagen de un sexo abolido. Asimismo, en dicho poemario describe personajes entrañables y evoca espacios telúricos.

Urtecho considera a la poesía un oficio serio y sagrado donde verter su angustia existencial, impuesta ante la ausencia de respuestas. No, no aclaramos nunca la madeja. No resolvemos nunca el problema final (“Tierra sin tiempo”). El poeta describe, con espanto, su linaje maldito: No pronunció palabra, no: / sólo tráquea en el aire, quemadura, / algo como un gruñido, un casi balbuceo, / un rumiar de letras negras ahogadas, / odiosas, aceradas; / algo como un esputo sórdido y helado. (“Esplendor de Caín”).

En su poética, Urtecho prescindió como muy pocos coetáneos de la motivación política o cívica. Solo una vez, incidentalmente, facturó un homenaje a Francisco Morazán, no recogido en ninguno de sus poemarios. Igualmente, el goce de la mujer y la afirmación religiosa no constituyeron motivos centrales. Pero en sus últimos años articuló dos secciones en Tierra sin tiempo: “Fémina suite”, reveladora de un inusitado despliegue erótico (¡toda una celebratoria galería de mujeres!) y “La corona de espinas”, caracterizada por la transfiguración humana de Jesús, culminante en la oración: Ilumíname, aclárame / mi error y mi horror, llena con tu palabra / la fatalidad desolada de la existencia / ¡Puríficame con tus heridas abiertas, / perdóname por no poder amar tanto / como tú amaste! ¡Conviérteme en testigo / y partícipe de tu honda encarnación!

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