Mónica Zalaquett
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Me llamo Javier y tengo 17 años. Me crie solo con mi mamá, porque mi papá andaba en su mundo con otras mujeres. Para mí eso significó no tener una vida estable, porque él le ponía más atención al licor y a sus mujeres que  a mí como hijo. Todos necesitamos un personaje paterno, yo miraba a los otros niños con sus padres juntos y me sentía triste porque quería tenerlos a los dos,  pero él nunca quiso establecerse con mi madre.

Mi madre llegó a tomar licor por esa situación y eso me hizo sentirme peor. Desde que nací mi madre fue violenta y se desahogaba conmigo por lo que le hacía mi padre, me gritaba, me pegaba con lo que encontraba: alambres, mangueras, con el palo de la escoba y yo ni lloraba, porque si lloraba me gritaba que me callara. Desde los cinco años me mandaron a un seminternado y allí la señora que preparaba la comida también me maltrataba, me guiñaba las orejas o me pegaba con una regla.  Toda esa violencia que recibí me fue haciendo violento a mí también.

Yo crecí con esa inestabilidad, sintiendo la falta de protección de mis padres y desde los 12 años comencé a fumar y a tomar licor, como hacían ellos. Luego me metí en problemas con una pandilla que había en barrio vecino, nos agarrábamos a pedradas, morterazos y con pistolas hechizas.  En tres ocasiones me agarraron en la calle, me golpearon, y después me metí más de lleno en la violencia.

En los enfrentamientos herí a dos del bando enemigo y luego me quise salir porque tenía temor de que se quisieran vengar con mi familia. Me aparté como dos meses y luego volví a caer en los pleitos, pero después me alejé definitivamente, cuando comencé a visitar el Ceprev.

En los talleres de esa organización aprendí que los conflictos se pueden resolver hablando, que ser violento no deja nada bueno. Esa experiencia me ayudó a mejorar la relación con mi madre, aprendí a confiar en ella y contarle las cosas que me pasaban. Yo tomé la iniciativa y le dije que ya no usáramos la violencia, que no gritáramos, le dije que a pesar de todo el maltrato que me había dado yo la quería mucho.

A ella se le salieron las lágrimas, me dijo que la perdonara por todo, que me amaba mucho y me prometió que ya no iba a actuar con esa violencia. Ella cumplió porque cambió su actitud y yo también; ahora resolvemos las cosas con calma, sin gritos, pleitos ni violencia.

Mi papá también notó mi cambio y me preguntó si me había hecho bien ir a los talleres, Yo le dije que me sentía mejor, que me había quitado un gran peso de encima. Yo le dije que buscara cómo cambiar y que yo lo apoyaba. Me dijo que sí, pero no cumplió porque todavía sigue tomando, aunque menos que antes. A él su papá nunca lo reconoció como hijo y él ha hecho lo mismo con mi hermanito de seis años porque dice que no lo va a reconocer hasta que se haga una prueba de ADN.

Mi hermanito no lo ve como padre, pero desde el primer momento en que salió embarazada mi madre me dijo que él también es su hijo. Todo esto me hace sentir muy mal,  porque a partir del nacimiento de mi hermano ella se apartó totalmente de él.  Yo le dije en una ocasión que él estaba actuando así por lo que le había hecho su padre, pero siguió cerrado, negando que mi hermano fuera hijo suyo.

En las capacitaciones del Ceprev comprendí que el machismo de mi padre destruyó a mi familia y yo no pienso repetir esa historia. Mi deseo es formar a una familia en un determinado tiempo, tener mis hijos con una sola mujer, darles amor y cariño, respeto y enseñarles un camino que no los lleve al machismo.

Yo terminé mis estudios de computación con una beca que me dieron en el Ceprev, estoy terminando ahora mi secundaria y me gustaría estudiar Medicina, porque desde chiquito le curaba las heridas a mi prima y me gusta ayudar a las personas. Puedo decir que mi vida es muy distinta, porque antes no miraba una dirección, un camino a dónde ir, y ahora tengo un propósito en la vida.  

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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