Orlando López-Selva
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La ministra de Relaciones Exteriores del gobierno socialdemócrata de Estocolmo, Margot Wallström, dio unas declaraciones controversiales. Se pronunció con respeto al castigo que el gobierno saudí le impuso al bloguero independiente Raif Badawi por haber insultado al islam: recibirá 1,000 latigazos.

La ministra sueca dijo que “ese castigo es medieval”. Esas declaraciones, sumadas a otras anteriores donde cuestionó duramente las políticas de derechos humanos --también de Arabia Saudí-- contra las mujeres, por no tener libertades suficientes, generaron controversias. Y suscitaron muchos reproches de otros países del golfo.

Reciprocidad: el gobierno de Riad decidió romper relaciones con el gobierno de Estocolmo y retirar a su embajador; además, le canceló una intervención en un foro sobre los derechos de las mujeres árabes. Pero la cancillera ha permanecido firme y ha sostenido con tono muy fuerte, que no estaba arrepentida.

Paralelo a ello, hay una mal precedente. Empresas suecas tenían pendiente algunos contratos de venta de armas con los sultanes de la península arábiga.

Caben dos preguntas: ¿Hay incoherencia cuando se critica la política de derechos humanos de un país y a la vez se permite a las empresas nacionales hacer negocios lucrativos con sus líderes (Paquistán y los Emiratos Árabes, ¡también están incluidos en la lista de ventas suecas!), más cuando se tratare de armas? Y, ¿cuáles son los límites éticos de una política exterior cuando las decisiones domésticas de un país supuestamente están ligadas a su propia cultura?

Para Occidente, el caso de Arabia Saudí, es el mejor ejemplo de una política exterior incoherente (¡por no decirlo en términos peyorativos!). Se le acepta con sonrisas insinceras, aunque se sabe que es un régimen familiar, tan igual como el de Corea del Norte o Cuba. En Riad solo la familia gobernante vende  petróleo a Occidente, es pródiga en regalos, sonrisas y simpatías con europeos y norteamericanos. Además que el régimen Saudí no permite partidos políticos, asambleas pluripartidistas, ni disidencia alguna.

Simple. Los saudís son gigantescos productores mundiales de petróleo. ¡Poderoso caballero don dinero! Abundan las excusas, las miradas esquivas, la permisividad.
La actitud de la cancillera sueca fue específica y contundente: “su ataque no es contra el Islam”. Es más, Suecia fue el primer país de la Unión Europea en reconocer al gobierno palestino.

¿Pasó inadvertida esa política del país escandinavo?

¿Y quién aboga por el pequeño Tíbet o le da voz en algún foro al líder espiritual Dalai Lama?

El comercio anual entre Suecia y Arabia Saudí es de 900 millones de dólares. La diplomacia sueca no parece tener resquebrajamientos, aunque haya divergencias internas. La postura de la cancillera Wallström es granítica.   

Y en cuanto a los límites que se deben tener al hablar de las políticas de otros países, siempre hay argumentos encontrados. Hay quienes dicen que la diversidad cultural debe ser respetada; pero otros sostienen que esta debe ser cuestionada cuando una cultura infringe los derechos humanos. Y no es lo mismo aceptar que las gentes de una religión, oren tres, cuatro veces al día, sin hacerle daño a nadie, a que se castre a mujeres o se apedree a criminales hasta morir. Esto ya es violatorio de los principios básicos de derechos humanos.

Aquí también hay algo de incoherencia: no todos los países son signatarios y cumplidores de los tratados internacionales sobre derechos humanos.
Pero viendo las cosas desde afuera: ¿Aceptamos sin criticar la pena de muerte en países occidentales y somos tolerantes cuando la crítica viene del Oriente?
El problema yace cuando los que imponen esos castigos brutales aducen justicia correctiva o sagradas escrituras.

¿Había una situación parecida para los cristianos cuando se regían por el Nuevo Testamento? Pero en Occidente hemos relegado los preceptos religiosos para la vida interior. Y hemos adoptado códigos de manufactura humana para los asuntos terrenales o cotidianos, desde hace unos 225 años.

Con las revoluciones norteamericana y francesa que establecieron “Los derechos del hombre…”; se soslayó al  sistema punitivo bíblico y monárquico. También se comenzó a expandir un ordenamiento jurídico penal.

¿Se pueden universalizar los derechos humanos, sabiendo que hay culturas apegadas a sus propios preceptos religiosos? ¿Cómo armonizar religión con modernidad, sin causar fricciones?

Si la democracia no se asienta como mecanismo universal, será más difícil que lo sea una ética global.
Queda claro: la cancillera sueca ha hablado con voz firme y fuerte; y que la política exterior sueca es desafiante y valerosa, desde la diferente perspectiva femenina.
Poder, féminas y abusos... temas novelescos. ¡Como para una trilogía de Stieg Larsson!

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