Adolfo Miranda Sáenz
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Más de 1,300,000,000 (mil trescientos millones) de personas en el mundo sobreviven con menos de un dólar por día. Son personas, seres humanos, viviendo en condiciones infrahumanas, casi como animales y algunos peor que animales. Los de la siguiente escala tampoco tienen mucho, pues más de 3,000,000,000 (tres mil millones) sobreviven con menos de dos dólares diarios. Es todo lo que tienen para comer, abrigarse, curarse y cubrir todas sus necesidades. La población mundial es de 7,000,000,000 (siete mil millones) y casi la mitad de la humanidad vive en condiciones miserables. Cada día alrededor de 24 mil personas mueren de hambre o de consecuencias del hambre; de ellas 10 mil son niños. ¡Es terrible saber que hoy morirán de hambre 24 mil personas en el mundo! ¡Diez mil niños!

Casi 1,000 millones de personas no tienen agua potable, 2,700 millones no cuentan con ninguna atención de salud, 2,500 millones de niños no asisten a la escuela… y pudiéramos seguir dando cifras escalofriantes sobre el drama humano de la pobreza reportado por diversos organismos de las Naciones Unidas (PNUD, OMS, Unesco). Si usted hoy puede comer tres tiempos forma parte del cinco por ciento de privilegiados en el mundo. Si usted tiene en su casa luz eléctrica forma parte del 25% de personas que se pueden dar ese “lujo”. Y si tiene una computadora usted es parte del 1% de personas que integran un grupo selecto en el planeta. ¡Esto es real!

¿Qué sentimientos le producen estos datos? ¿Lo conmueven? ¿Lo motivan? ¿O los lee con indiferencia pensando “esto no es asunto mío sino de los gobiernos” o “que cada cual resuelva sus problemas”? Jesucristo nos enseña en el Evangelio que el mandamiento de amar a nuestro prójimo es tan importante como amar a Dios; que realmente no se puede ser cristiano sin amar al prójimo, ni podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos primero al prójimo a quien vemos. Y lo vemos en estas dimensiones universales tan brutalmente impactantes. Lo vemos a nuestro alrededor, cercano a nosotros. Lo vemos todos los días. ¡La pobreza está en todas partes!

Estructuras injustas han llevado a que el 1% de las personas tengan el 50% de toda la riqueza del mundo y el 99% de la humanidad el otro 50%, además muy mal distribuido, pues la mitad de la humanidad vive en condiciones de miseria. Por eso a los cristianos la Iglesia no se cansa de llamarnos a que nos interpelemos nosotros mismos y a interpelar al mundo sobre esta situación de pecado que no se resuelve solo practicando la caridad generosa, aunque sea buena y necesaria. La Iglesia nos llama a hacer mucho más: cambiar las estructuras sociales injustas. No se cansa de llamarnos a proclamar con nuestra voz, con nuestras acciones, con nuestra forma de vivir, el Evangelio de salvación y libertad auténtica, no solo en la dimensión espiritual, sino también en las cosas temporales, en las cosas materiales de este mundo. Hay una Doctrina Social de la Iglesia fundamentada en el Evangelio y contextualizada en los tiempos modernos mediante las Encíclicas Sociales de los papas. Una doctrina social que debería ser más enseñada y enfatizada, pues cada día es más importante hacer conciencia para que sus principios se pongan en práctica, cambiar las estructuras sociales injustas y lograr la salvación integral de las personas: la salvación espiritual pero también material; salvar al ser humano de la pobreza y la miseria. Hoy morirán de hambre 24 mil personas. Y usted, ¿qué hará?

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