Gustavo Hernández García
  •   Managua, Nicaragua  |
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En este año 2015, las asambleas populares que la Policía realizó en todo el país resultaron en una demanda generalizada que puede resumirse así: queremos más  presencia de policías, más patrullaje, más vigilancia en todas partes, de esta manera nos sentimos resguardados.

Lo anterior podría interpretarse como una percepción de inseguridad ciudadana considerable pues, de alguna manera, la ciudadanía declaró sentirse en situación de riesgo en distintos niveles tanto individual, familiar, comunitaria y social en los cuales se pueden producir distintas expresiones y dinámicas de inseguridad.

Pero más que el temor a ser victimizados por delincuentes que atenten contra sus vidas o sus propiedades esta contundente solicitud parece ser un llamado, para que la Policía resguarde la convivencia como un bien que la propia población aún no logra garantizar por sí misma, como lo ilustran los siguientes datos:
“En el país el 79% de los homicidios son causados por problemas de entendimiento familiar,  riñas, rencillas personales, discusiones en estado de ebriedad y problemas de propiedad, entre otros”, (Policía Nacional, 2014), todas situaciones de inconvivencia que ocasionaron tragedias totalmente prevenibles.

Otro ejemplo más reciente es el “Plan Especial de Fortalecimiento de Seguridad Vial” que aplica la Policía en Managua, y que persigue agilizar el tráfico en las “horas pico” resultando que la presencia policial no solo ha mejorado la circulación,  sino que ha influido en el comportamiento de los conductores, disminuyendo  los accidentes.

La convivencia, más que un bien público provisto por las instituciones del Gobierno, conlleva valores que se aprenden fundamentalmente en la familia, la comunidad, con los amigos y en otros espacios de socialización del  nivel primario, como la escuela y las iglesias, en los cuales desarrollamos desde la infancia comportamientos, actitudes y  prácticas de respeto a las normas de referencia, para relacionarnos.

Si este proceso integral se malogra, muchas personas  podrían más tarde trasgredir las reglas de forma frecuente y “natural” contribuyendo al deterioro de nuestra convivencia social y produciendo ambientes inseguros, para nosotros mismos.

Siendo que cada individuo desarrolla sus propios anclajes figurativos sobre su forma de interactuar, es necesario que asumamos nuestra responsabilidad individual a favor de la convivencia, la cual es imposible sea  provista solo por el Estado,  sino que también puede ser proporcionada por cada uno de nosotros, si nos decidimos con responsabilidad a hacerlo.

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