Álvaro Ruiz Cruz
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¿Qué  le lleva al joven decir a sus padres y amigos que tiene la intención de ser sacerdote? La pregunta brota espontáneamente y más aún cuando les sorprende aquella eventualidad: ¿Por qué se priva de la posibilidad, tan  atractiva para un corazón de hombre de fundar un hogar? ¿Por qué emprender un camino de tanta abnegación, cuando todo su ser reclama la alegría de vivir? ¿Por qué se ha formado ese proyecto en su mente?

La vocación tiene diferentes matices: Familia carrera universitaria, trabajo. Todo ser humano tiene su vocación propia. Las vocaciones religiosas suelen ser grandes decisiones. Hoy se habla más de vocación como aspiración a cierta especialización o una opción  adecuada.

La  vocación es un don, algo que recibimos en primer lugarde Dios. Es quien llama, quien invita a ser algo. Por ejemplo: todos nacemos con unas capacidades diferentes a los demás, y cualidades como establecer relaciones personales, o con habilidades para lo práctico.

También la vocación tiene que ver con la personalidad y características que me hacen parecido o distinto de los demás. En la juventud hay más corazón que cabeza.
“Eran decisiones un tanto atolondradas. No me arrepiento de mi locura joven. He corrido  el riesgo. Me han venido dolores, pruebas, flaquezas, pero me alegro de haber entregado mi vida a Jesús y no se me ha ocurrido jamás retirarle mi palabra. He seguido tambaleante a Jesús, pero quiero morir con Él”. Decía un recordado jesuita.

Los sacerdotes no son héroes aunque sus buenos propósitos exijan heroísmo. Prometen fidelidad y la hacen sinceramente. El sacerdote siempre está  en el altar esperándome en la Eucaristía. No es él quien me hace falta, sino Jesús a través de él. El Señor me resucita en cada confesión, y me sana de mis enfermedades espirituales; me fortalece con su cuerpo glorioso en  la comunión.

¿Cómo sería nuestra sociedad sin sacerdotes y sin religiosas? ¿Dónde estaría nuestra fe? ¿En quién creer y en quién no creer? Mi fe me dicta “esto” y ahogo “aquello”. Vivimos una realidad deshumanizada y deshumanizante, donde se hace difícil conocer el llamado a la vida consagrada. Vivimos un mundo que busca consolarse en falsas espiritualidades, que hace confuso descubrir la vocación, cualidades, y defectos que los aspirantes o postulantes  presentan.

El Papa Francisco ha dedicado este año a la vida consagrada, él está consciente de la realidad de la vida religiosa que va marcando sus espacios: falta de vocaciones. El aumento de las salidas de personas jóvenes, y el envejecimiento de las  congregaciones religiosas. Esto  preocupa y crea ansiedad ante el futuro temor a la imposibilidad de dar continuidad a las obrasy misiones  encomendadas.

El que pone la mano en el arado y luego la retira no es digno de Dios. El estado religioso es “el camino de la perfección”. Las obligaciones se concretan principalmente en los tres votos: pobreza, castidad y obediencia completa.

Los padres de la Iglesia llamaron al Estado religioso: la flor más bella, la perla más preciosa,  el más rico ornamento de la Iglesia. “El deseo loable de acercarse  a los hombres y mujeres de nuestros tiempos, creyentes y no creyentes, pobres y ricos pueden llevar a la adopción  de un estilo de vida secularizada o una promoción  de valores humanos en sentido puramente horizontal”. (Juan Pablo II )

El hombre necesita vivir por algo que merezca la pena. Necesita darle sentido a su vida. Necesita un ideal. Vivir sin ideal es señal de inmadurez humana. Vivir consagrado a Dios es el supremo de los ideales. La vida consagrada a Dios con vocación, es una felicidad. Se vive con ilusión, con ideal. Pero  sin vocación de Dios no hay quien aguante.

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