Rafael Lucio Gil *
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En estas dos últimas décadas, gracias al diálogo interdisciplinario de las ciencias cognitivas y las neurociencias, la educación se está asomando a una verdadera revolución. Nuevas perspectivas más integrales y holísticas del conocimiento del cerebro, anuncian un nuevo paradigma de la educación, con profundas implicaciones para el desarrollo de nuestro país.

Muchas son las teorías que proponen modelos para entender cómo se produce el aprendizaje. Ninguna rompe radicalmente con las anteriores, por el contrario, las mejora. No obstante, por tratarse de procesos sumamente complejos, lo único que tenemos hasta ahora, son modelos que nos aproximan a su comprensión. Un paso revolucionario, al respecto, lo vienen dando en los últimos años las ciencias neurológicas en conexión con las ciencias cognitivas. Estamos a las puertas de un nuevo paradigma educativo, que aún asoma tímidamente su cabeza en el horizonte de las tradiciones educativas profundamente arraigadas en el país.

A diferencia de una concepción de aprendizaje tradicional, ya se sabe que este es producto de procesos complejos de tipo biológico que interactúan entre sí, debido a la actividad molecular de las neuronas de millones de células en circuitos neuronales. En estos procesos complejos, deben coincidir y articularse cuatro componentes esenciales, algunos tradicionales, otros nuevos: la motivación, la emoción, la atención y la memoria.

Algunos elementos, confirmados en este diálogo fructífero, están generando algunos principios orientadores que posiblemente aún serán más confirmados y enriquecidos en los próximos años.

Así, se confirma que el cerebro es el motor del conocimiento, siendo que las experiencias lo modelan, precisamente debido a su plasticidad; esto contradice la posición tradicional que la ciencia y la educación habían mantenido hasta hoy, y que ha invadido el currículum, los programas, contenidos de estudio y métodos de enseñanza, y el desarrollo de competencias. Las metodologías de enseñanza y aprendizaje habituales, están llamadas, en consecuencia, a sufrir cambios profundos.

Un aspecto de gran interés es la evidencia que muestran las fotografías experimentales dinámicas del cerebro, explicando cómo las conexiones neuronales que permanecen inactivas, desaparecen; las lecciones de esta evidencia para la enseñanza y el aprendizaje son trascendentales. En tanto la educación no logre activar y desarrollar al máximo experiencias de aprendizaje sólidas y retadoras, la niñez y adolescencia de los centros educativos, perderán estas potencialidades como fruto de una educación que no provea experiencias provocativas ni problematizadoras; con ello, la educación se pudiera estar convirtiendo en un fenómeno que aporta más limitaciones que fortalecimiento a sus capacidades.

Lo anterior redobla aún más su trascendencia, en tanto se ha demostrado en esta interacción fructífera de disciplinas, que es en los primeros 15 años que se logra configurar el sistema neuronal con redes nerviosas plásticas, capaces de agrandarse a sí mismas. Esto también supone lograr otro principio referido a la importancia que tiene que la educación provea al estudiantado nuevas experiencias retadoras de forma permanente. Si por el contrario prevalecieran experiencias no significativas, de memorización y repetición, sin desarrollar el juicio crítico y la capacidad de problematizar la realidad, estaríamos perdiendo la batalla de lucha contra la pobreza y la desigualdad, e hipotecando el desarrollo económico y humano. Y si entre los 3 y 10 años en que el estudiantado está presto a ser buscador insaciable de conocimiento y nuevas experiencias, recibiera contenidos aburridos en ambientes que respondieran al lema "siéntese, cállese y copie", la oportunidad perdida sería aún más grave e irreparable en el futuro.

Por tanto, dejar pasar esta oportunidad en la que los estudiantes atraviesan el continuum educativo del preescolar, primaria y secundaria, con una educación que no les proporcione experiencias auténticas de aprendizaje, que potencien sus capacidades de problematizar, criticar, argumentar, crear, encontrar soluciones creativas, etc., reflejaría una actitud irresponsable, impidiéndole al país poder contar con un futuro promisorio, con desarrollo de capacidades humanas auténticas. Las capacidades del cerebro, debido a su plasticidad, se deben desarrollar al máximo, lo que no se logrará mientras en las aulas no prevalezcan actividades didácticas debidamente preparadas conforme a los principios de la neurociencia; cuando esto no se cumple, los cerebros no desarrollarán las capacidades potenciales frente a actividades mecánicas, reproductivas, ausentes de creatividad, búsqueda y juicio crítico.

Este panorama novedoso por un lado, pero posiblemente frustrante cuando lo comparamos con la realidad educativa que caracteriza al país, ha de hacernos pensar y ponernos de acuerdo, en la importancia estratégica que tiene el magisterio nacional, y los cambios profundos que tendrían que incorporarse en las decisiones del Estado, para privilegiar con especial cuidado y rigor el tratamiento al magisterio, especialmente en el reconocimiento institucional, social y salarial que necesitan, y en los currículos de su formación inicial y permanente.

Estas temáticas neuroeducativas necesitan ser incorporadas a estos programas de formación docente, lo que facilitará que la enseñanza y el aprendizaje se conviertan en procesos innovadores, creativos, críticos y propositivos. Algunas competencias que los docentes necesitarán desarrollar, desde esta perspectiva, son las siguientes:

Es fundamental que los docentes se conviertan en grandes lectores eficaces, evaluadores críticos, cuestionadores cruciales, buscadores de respuestas a situaciones problematizadoras, sepan conectar diversas fuentes de información y, de manera particular, sean capaces de construir nuevas estrategias pedagógicas adaptadas a las diferencias individuales de los estudiantes. Deben estudiar, más allá de la pedagogía tradicional, aspectos básicos de la neurociencia y el funcionamiento del sistema nervioso a nivel macro y micro.

Uno de los aspectos más requeridos son la comprensión de los procesos motivacionales, la búsqueda de experiencias de aprendizaje que reten la imaginación, la reflexión y la indagación e investigación, comprender la importancia que tiene el lenguaje no verbal, así como hacer acompañar los procesos de aprendizaje con un clima emocional y espiritual positivo, retador y provocador. En tanto la enseñanza y el aprendizaje se logren acompañar de emociones y sentimientos positivos y motivadores, en igual proporción se lograrán aprendizajes significativos, duraderos y útiles. La emoción, los sentimientos, y la motivación son los mejores aliados positivamente con la capacidad y profundidad de razonamiento. En este futuro inmediato, los docentes pronto serán diferenciados por si son o no capaces de utilizar la emoción y los sentimientos como dinamizadores del aprendizaje significativo. Si a esto se une un ambiente seguro, cómodo, letrado, bien ambientado desde el punto de vista académico, lo anterior tendrá aún más fuerza.

Estos y otros elementos que apenas hemos mencionado, deberán ingresar cuanto antes a las direcciones de currículum, sus estrategias y competencias; a las estrategias de gestión del centro educativo, a los estilos de liderazgo de directores, funcionarios y técnicos; y a las aulas como "lugares de aprendizaje", agradables, cómodos, retadores para provocar "la aventura del espíritu".

 

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