Lesli Nicaragua
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La masacre racial ocurrida esta semana en la emblemática Iglesia Metodista Episcopal Emmanuel, de Charleston, en la que un pistolero blanco acabó con nueve vidas, propició una apurada rueda de prensa en la Casa Blanca, en la que su titular, el primer presidente negro de Estados Unidos, Barack Obama, se preguntó --tal vez alucinado aún por el espectáculo de la muerte--: "¿Por qué este tipo de violencia de masas no ocurre en otros países desarrollados?”.

Parece que a Obama se le olvidaron las lecciones de historia reciente de la mayor “democracia” de América: su cuenta de guerras en Oriente, las luchas pro derechos civiles del reverendo Luther King, los entretelones de sus magnicidios, la sangrienta marcha de Selma, los colosales disturbios en Los Ángeles y la endémica ira de Ferguson que levantó protestas en muchas ciudades.

Pero más desconcertante aún que su cara de asombro aprendido, fue que nuestro hombre en Washington se olvidó de aquella poderosa ley que permite comprar un arsenal a cualquier ciudadano, o regalarlo a su hijo, y sentirse con el derecho de matar a sus semejantes cuando sus alucinantes distopías mentales le acucian. A eso, míster Obama, le llaman fundamentalismo en el extranjero --para atacarlo y exterminarlo--, pero en casa le llamamos sicosis, lapsus mental --para tratarlo como cualquier enfermedad--.

En esta frenética modernidad de hechos cubiertos en tiempo real, no es necesario esperar la edición de videos de mutilaciones mortales de ISIS o de propaganda de CNN, basta con recordar, Señor Presidente, que Estados Unidos es el único país desarrollado --vaya ironía-- cuyo mejor recurso de disuasión es la violencia, por ende, no debería asustarle mucho esta muestra de barbarie --nueva ironía-- en la "mayor civilización del planeta".  

Pero sí le debería valer la mayor de las condenas y el mayor de los castigos. Y no esperar más para comenzar una verdadera reforma en temas raciales. Porque al parecer, la agenda se le agotó cuando venía este tópico, y resulta muy paradójico porque Obama representó --cuando fue electo en 2008-- la esperanza de una mejor sintonía cultural en el país cuyo mayor logro es representar un tejido de razas que mueve su monumental tren de avances.  

Esta tragedia de color inédito de tanto repetirse, de drama sin sentido, de guerras mínimas, de fanatismo racial unipersonal, trasciende más porque sucedió en la más antigua de las iglesias del sur de Estados Unidos, construida en plena época de vasallaje, cerca del muelle que traía embarcaciones con negros esclavos. Edificada por esas mismas manos esclavas, en sus tiempos libres, cuando míster Linch --de ahí linchar-- dormía soñando desuellos elevados a la máxima potencia.

Tiene, pues, repercusión este santuario, que fue escogido por el reverendo King, un siglo después de su construcción, para iniciar su lucha civil, la misma que lo llevó a la muerte. Pero más que el espacio, rebota en ecos su nombre: Emmanuel --Dios con nosotros--. Porque hasta que se comprenda cabalmente que Dios es el único que puede salvarnos de este vapor de intolerancia, de violencia sin límites, de cinismo irónico, Charleston llenará de vergüenza a "la más hermosa de las democracia de América".

 

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