Adolfo Miranda Sáenz
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No voy a negar la existencia de los imperialismos: ¡una realidad a lo largo de toda la historia humana! Ni las guerras de conquista, las colonizaciones y sometimientos de unos países por otros; las injusticias y arbitrariedades de los países fuertes contra los débiles, la explotación de unas naciones por otras y la desigualdad en el comercio mundial donde imperan las leyes de los poderosos. Pero creo que el factor decisivo y el común denominador del desarrollo humano se resume en una palabra: educación. Los países con más alto índice de educación: Noruega, Australia y Suiza, son precisamente los tres países más desarrollados, con mejor nivel de vida y bienestar en el mundo. Les siguen, en ese orden,  Holanda, Estados Unidos y Alemania, y ocupan buenos puestos países como Canadá, Japón y la mayoría de países de Europa. De América Latina, entre los primeros lugares, figuran Chile, Argentina y Uruguay. (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, 2014).

Cuando a esa lista el PNUD agrega el componente de la desigualdad existente en cada país, algunos bajan de puesto porque tienen un porcentaje significativo de desigualdad traducida en pobreza, como es el caso de Estados Unidos  -que utilizaré para ilustrar el tema de la educación- donde existe una población rural y suburbana blanca, mayoritariamente descendiente de ingleses, realmente muy pobre para cualquier sistema de medición; pero la mayor pobreza está entre los negros cuyos antepasados eran esclavos hasta 1863 y pasaron más de cien años para que obtuvieran derechos civiles, hasta 1964.

Cuando tenía yo 16 años, los niños y jóvenes negros de Estados Unidos todavía no podían entrar a las escuelas, únicamente a sus precarias instalaciones destinadas para ellos, con maestros también negros muy mal preparados. ¡Sufrían una despiadada discriminación!

Por eso hoy, dentro de un país desarrollado hay una significativa población negra excluida del desarrollo, sumándose también algunos de los hispanos y blancos pobres.  Su comportamiento cultural y social es bastante semejante a los de nuestra población pobre latinoamericana.

En Latinoamérica -me atrevería afirmar- las personas de clase social alta y media-alta, tienen una educación y un nivel de vida superior al estadounidense promedio, incluyendo a los blancos de clase media que son la mayoría en Estados Unidos. Pero esos latinoamericanos son una minoría. Latinoamérica tiene una población mayoritariamente muy pobre, poco educada, porque los antepasados de las personas de clase alta y media-alta, descendientes de conquistadores y colonizadores europeos -y algunos indígenas que por excepcionales circunstancias lograron superarse económicamente- sometieron al indígena y lo utilizaron por siglos como mano de obra barata, sin acceso a la educación, igual que a muchos mestizos. Excepcionalmente  países como Argentina y Uruguay, donde los indígenas fueron diezmados por la espada o por las nuevas enfermedades traídas por los europeos, fueron poblados casi solo por colonos con acceso a la educación, logrando mejor desarrollo.

Que nuestros pueblos latinoamericanos, formados en su gran mayoría por indígenas y mestizos cuyos abuelos eran campesinos analfabetas, logren el desarrollo de otros países, no es tarea fácil. Se necesitarán varias generaciones, muchos esfuerzos y una gran inversión en educación. El subdesarrollo no existe porque existen razas inferiores a otras, sino porque unas personas pudieron educarse y otras no. Quienes tenían segregados a los negros de Estados Unidos (hoy integrándose y superándose muchísimo) y quienes explotaban a los indios y mestizos de Latinoamérica, no les permitieron recibir buena educación. No busquemos la causa del atraso de Latinoamérica en otros países ni en nuestra gente pobre, sino en la idiosincrasia de algunos queridos abuelos y bisabuelos nuestros.

 

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