Jorge Eduardo Arellano
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Un verdadero homenaje a Rubén Darío constituyó la jornada que el 9 de abril organizó la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli). Cuatro estudiosos participamos: Pablo Kraudy, Isolda Rodríguez, Marvin Saballos y yo, más el excelente declamador Juan Bautista Díaz.

Estos fueron los temas desarrollados: la relación de Darío con los Estados Unidos, sus novelas (especialmente El Oro de Mallorca) y su reacción ante la primera guerra mundial. Dentro de este aspecto, se valoró la relevancia del poema rubendariano “Pax”, leído por su autor en el salón Havemeyer, de la Universidad de Columbia, Nueva York, el 4 de febrero de 1905. Es decir, hace cien años.

En sangre y llanto está la tierra antigua ––afirmó Darío–– en uno de los versos de “Pax”, mientras se hallaba en Nueva York consagrado a predicar la paz ante la amenazadora hecatombe de la Gran Guerra. Se grita: guerra santa, revela en otro verso de ese poema apocalíptico y culminante de su temática pacifista, iniciada desde 1882, a sus quince años. Temática que, entre otros textos, incluía una condena lapidaria de la guerra en su soneto alejandrino ––escrito en Madrid, 1899–– “A Moisés Ascarruz” (un diplomático boliviano amigo suyo): Maldigo la quijada del asno, el enemigo, / odio la flecha, el sable, la honda, la catapulta; / maldigo el duro instinto de la guerra, maldigo / la bárbara azagaya y la pólvora culta ––comienza.

En Darío, La Paz ––motivo permanente de su creación poética–– tiene dos sentidos: la individual e interior y la colectiva de los pueblos y naciones. Si bien cantó profundamente y buscó en vano la primera, la segunda fue la que más le preocupó y provocó clamores espirituales.

Cabe recordar, al menos, su poema “Teth” (de El Salmo de la pluma, 1889), su “Canto de esperanza” (1905) y la “Oda a la Francia” (1914), entrelazados por un optimismo cristiano, humanitario, reflexivo. Precisamente en la última oda, escrita en francés, exclama: Paz bajo los fuegos de los combatientes en marcha. / La paz que anunció el alba y canta el Ángelus. / La paz que promulgó la paloma del arca / y fue la voz del ángel y la Cruz de Jesús.

He ahí un aspecto básico del Darío muy antiguo y muy moderno, una necesidad planetaria que el bardo asimiló a través de su arraigado sustrato religioso. Así lo dejó muy claro en las palabras introductorias que pronunciara antes de leer “Pax”: “Sé que para algunas gentes […] Dios nos es de actualidad. Yo creo, sin embargo, en el Dios que anima a las naciones trabajadoras, y no en el que invocan los conquistadores de pueblos y destructores de vidas, Átila, Dios and Company Limited. A medida que la ciencia avanza, el gran misterio aparece impenetrable, pero más innegable”. Y Darío agregó que Edgar Allan Poe “adopta una definición de Dios tomada de Granwill, quien seguramente recordó a Santo Tomás: Dios no es sino una Gran voluntad que penetra todas las cosas por la naturaleza de su intensidad… Yo creo en ese Dios”.

A continuación, comenzó a leer su poema: I vo gridando pace, pace, pace. / Así clamaba el italiano; / así voy cantando yo ahora: / “Alma en el alma, mano en la mano”, / a los países de la Aurora… En la Biblia, en el renacentista Francesco Petrarca, el latino Horacio y el romántico francés Víctor Hugo, Darío encuentra iluminación literaria para conformar su anhelo pacifista. El poeta también postula la paz y el porvenir de los pueblos americanos, en donde está el foco de una cultura nueva / que sus principios llevé desde el Norte hasta el Sur; en otras palabras, se adhiere a la gran utopía de la integración continental, exhortando: ¡Oh pueblos nuestros!, ¡oh pueblos nuestros! Juntaos / en la esperanza y en el trabajo y la paz; / No busquéis las tinieblas, no persigáis el caos, y reguéis con sangre nuestra tierra feraz. // Ya lucharon bastante los antiguos abuelos / por Patria y Libertad…

Darío, en fin, abriga la esperanza cristiana de la concordia final, escatológica; y fija un nuevo mensaje de Amor: cierto que duerme un lobo / en el alma fatal del adanida; / mas también Jesucristo no está muerto / y contra el homicidio, el odio, el robo, / Él es la Luz, el Camino y la Vida. He ahí el último gran poema de Darío que, a un siglo de su escritura, conserva no escasa actualidad.

 

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