Lesli Nicaragua
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Hace veinte años leí un libro que se titulaba "El origen del mal". Era parte de una trilogía que giraba en torno a la unidad familiar, la juventud exitosa y la explicación de la maldad en los hombres. Recuerdo que mi madre lo había comprado para que lo leyésemos en casa porque había un caos a lo interno y probablemente pensó que los textos compartidos nos ayudarían. Pero creo que solo los dos los leímos.

No obstante, de aquel amago de unidad lectora familiar me quedó para siempre la idea de que el mal es uno para todos y tiene un solo origen. Y su mayor representante es la violencia de cualquier tipo. Escribo esto porque el anterior artículo sobre la violencia racial en Estados Unidos generó un pequeño debate sobre este tópico, y hacia el final alguien preguntaba cómo se podía saltar de la masacre en Charleston a los asesinatos masivos en Oriente. Esto fácilmente se podría explicar desde la aproximación semántica evidente entre los sucesos. Pero su raíz es más profunda que la similitud barbárica de las muertes.

Sería como preguntarse, ingenuamente, que el parricidio de hace dos meses en un barrio oriental de Managua no tiene que ver con los femicidios que ocurrieron esta semana pasada. Cómo no distinguir que la masacre de pieles rojas hace un par de siglos es la misma que la de los cristianos y musulmanes en este siglo, o la de comunistas y capitalistas del siglo pasado. Solo cambia la idea de la guerra, no la guerra. Aunque en esta época, la guerra es más personal, directa, casi apocalíptica en cuanto se ve lo inesperado.

Pero el error es ver la piel y no la médula de la enfermedad. La violencia, pues, está en el hombre, al que lo liga toda la humanidad, como dijo líricamente John Donne. Así que por más que la cultura, la educación, lo refinado y hasta lo astutamente ateo que se quiera ser para diferenciarse unos de otros, la cuota de culpa siempre nos pesa. Porque toda racionalidad nos lleva a señalarnos unos a otros, a ver en los errores personas y no ideas equivocadamente repetidas de tantos ciclos de maldad a la que nos vemos expuestos en los libros, en la televisión, en los periódicos, en el internet, en la calle y en la familia.

Allí es precisamente donde inicia el círculo. Ese universo violento aprendido en casa se reproduce en las diferentes etapas del aprendiz. Esto es psicología esencial: la mimetización de comportamientos nucleares. Eso nos pasa a todos. Estas conductas pueden ser sociales: indiferencia --global en este tiempo dijo hace poco Mario Bergoglio--; familiares: violencia intrafamiliar --muchos la vivimos y la repetimos en eco, vergonzosamente; culturales: etiquetización --estigma de la obscenidad oral en nuestro caso; religiosas: fundamentalismo-- desindividualización robótica.

En fin, si alguien no ve los vasos que se comunican en todos estos actos de violencia, le propongo un simple ejercicio: vea el último video de ISIS decapitando con explosivos a prisioneros, si usted no siente la mínima expresión de tristeza o compasión, usted no es humano.

Entonces, se preguntará de dónde sacan tanta maldad estos hombres para hacer esto. La respuesta está dentro de usted. Yo lo leí hace veinte años, cuando era un adolescente en aquel didáctico texto titulado "El origen del mal", pero no me di cuenta de su verdad hasta hace poco, cuando como la Menchú, me nació la conciencia, la misma que me hace corregir incluso antes de actuar y no ser parte ya de esta violencia que no cesa.

 

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