Mónica Zalaquett
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Me llamo Joan Alberto y tengo 25 años. Me crié solo con mi mamá y siete hermanos porque mi papá nos abandonó cuando yo tenía un año de nacido. Volví a verlo cuando tenía siete años y a esa edad me dio su apellido. Luego lo vi en cuatro ocasiones y después ya no supe más de él.

Mi mamá luchó toda la vida en el mercado Oriental de cocinera para mantenernos, pero por falta de padre, varios hermanos nos rebelamos y nos metimos en las pandillas, las drogas y la delincuencia. Era un niño de diez años cuando comencé a oler pegamento de zapatos y luego a consumir piedra. 

A los 14 años me metí en una pandilla de mi barrio y los fines de semana nos enfrentábamos con los grupos enemigos a pedradas, morterazos, con armas hechizas, pistolas 38, 9 milímetros y escopetas que robábamos a los CPF o comprábamos a los amigos de otros barrios. Robé a muchas personas dinero, celulares, cadenas, entrábamos a las casas o asaltábamos a la gente que pasaba por la calle.

Por esos delitos fui detenido como 22 veces y la última vez me condenaron a tres años en La Modelo. Allá adentro también tuve pleitos, herí a otros y me hirieron porque los mismos enfrentamientos que había en los barrios, se trasladaban al interior de la cárcel.

Cuando estaba preso me enamoré de una muchacha y ella fue parte del cambio de mi vida. Ella me decía: “Si te salís de todas las vagancias yo te apoyo” y cumplió su palabra. Hoy día vivo con ella y tenemos un bebé de mes y medio. Yo le dije a ella que no quiero abandonar a mi hijo como mi padre hizo conmigo, que estoy dispuesto a apoyarlo y a darle lo necesario para que no pase por lo que yo pasé.

El Ceprev llegaba a mi barrio desde antes que cayera preso, pero no puse atención a las charlas que me dieron y tuve que vivir esas experiencias, que no se las deseo a nadie, para darme cuenta de que si le hubiera hecho caso mi familia no habría sufrido tanto, yo no hubiese perdido el tiempo valioso que perdí en mi juventud, y no hubiese pasado por tantas dificultades.

Después de salir de la cárcel las sicólogas del Ceprev me ayudaron a cambiar mis modales violentos, porque antes nadie me podía ver con mala cara sin que yo lo fregara. Ahora si alguien me mira con mala cara actúo con palabras en vez de golpes y me ha dado resultado porque nadie sale herido y me ahorro un enemigo.

Yo aprendí con las charlas del Ceprev que el machismo mata a los hombres, porque si un joven tiene una pistola 38 ya se cree “Superman” y el mejor de todos, quiere demostrar que es más hombre que otros y luego termina en la cárcel, muerto o arruinado de un balazo. Entre los jóvenes se dan cuerda para pelear, pero cuando hay un muerto nadie se acuerda de que quién es más “sobre”.

Yo le digo a los jóvenes de mi barrio que se olviden de las armas, las drogas y las pandillas, porque lo único que les va a pasar es lo que yo pasé: estar en la cárcel, salir herido y pagar por lo que uno ha hecho. Yo me los llevo a otros departamentos a trabajar conmigo de comerciantes para que se olviden de las drogas. Les cuento lo que yo viví para que no hagan sufrir a sus madres. 

Además de comerciante tengo talento musical de rapero. He rapeado en varias discotecas y  tarimas. La gente me dice que soy buen compositor y cantante, y quisiera desarrollarme como artista. Ya el robo no me pasa por la mente, las pandillas no me pasan por la mente y las drogas tampoco.

Mi padre fue mujeriego y mi mamá me contó que tengo varios hermanos que no conozco. Mi sueño en cambio es tener mi hogar, criar a mis hijos a mi lado y que no sufran lo que yo sufrí. No pienso andar de mujer en mujer, quiero ser un padre responsable y que mis hijos terminen sus estudios porque que yo no pude. Ahora sí veo un futuro porque tengo por quien ver, por mi pareja que se portó bien conmigo cuanto estaba preso y por mi hijo.

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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