Adolfo Miranda Sáenz
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Citando las palabras de San Francisco “Laudato si, mi Signore”(Alabado seas, mi Señor)--del Cántico de las Criaturas-- el papa Francisco nos dirige una encíclica sobre la situación de “nuestra casa común”, amenazada por la extinción. Esto dice el Papa:

La Tierra clama por el daño que le provocamos debido al uso irresponsable y al abuso. Hemos pensado que somos sus dueños, autorizados a expoliarla. El pecado que hay en el corazón humano daña el suelo, el agua, el aire y los seres vivientes, sobre todo a las personas pobres abandonadas y maltratadas. El deterioro del ambiente y de la sociedad afecta especialmente a los más débiles. Tanto la experiencia como la ciencia demuestran que los más graves efectos de las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre.

El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podemos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a la degradación humana y social. Culpar al aumento de la población y no al consumismo excesivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas. Se pretende legitimar el modelo distributivo actual, donde una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar para todos, porque el planeta no podría ni siquiera contener los residuos de semejante consumo. Además, se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre. 

La degradación ambiental no se puede desligar de un sistema social, económico y político mundial que es consumista, opresivo y destructivo. Si no cambia esta situación el planeta y la humanidad seguirán un camino de destrucción. Necesitamos cambiar el modelo de desarrollo global, lo cual implica reflexionar sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus distorsiones. No se puede continuar idolatrando el mercado que no soluciona todas las situaciones socioeconómicas, y frecuentemente es causa de la destrucción ecológica. El mercado tiende a crear un mecanismo consumista compulsivo para vender sus productos; las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios. Existe un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso.

La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica del Norte con el Sur relacionada con desequilibrios comerciales y consecuencias del ámbito ecológico. La tradición cristiana nunca ha reconocido como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subraya la función social de cualquier forma de propiedad. Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que sustente a todos, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. La Iglesia defiende el legítimo derecho a la propiedad privada, pero enseña que sobre toda propiedad privada recae siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan al destino universal que Dios les ha dado. El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual es insostenible, y puede terminar en catástrofes, como ya está ocurriendo en diversas regiones.

Imposible resumir todo lo expresado por el papa Francisco. Hay que leer toda la encíclica “Laudato si”, escrita en lenguaje claro y fácil de comprender. Es lectura cómoda y agradable. Encuéntrela en http://w2.vatican.va/content/vatican/es.html. El Papa invita a todas las personas de buena voluntad, de todo credo y no creyentes, a un diálogo sobre cómo estamos construyendo el futuro, para evitar un cataclismo.

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