Félix Navarrete
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

La noticia de que volveríamos a ser abuelos  nos tomó de sorpresa. Confieso que la presentación fue inusual y moderna. Hace algunos meses nos invitaron a la sala, nos sentaron frente al TV y nos presentaron un video ultrasonográfico en el que aparece nuestro nietecito retozando cómodamente en el vientre de su madre. 

No había duda. Era Vicente mostrando su frágil estructura ósea, bien formada. En ese momento tenía 20 semanas de vida y su nacimiento será complicado. Su madre tiene placenta previa, su salud es frágil y necesitará muchos cuidados y oraciones para que no haya ninguna complicación durante el parto. Ambos están felices y confían en que Dios quitará con su misericordia los obstáculos para que el bebé venga al mundo sano y salvo.

Sin embargo, nosotros no esperábamos que este nuevo miembro de la familia irrumpiera abruptamente en nuestras vidas. Estábamos terminando de asentar la tierra para que se arraigaran en nuestro jardín Joseph, Yolanda, Mundo, Adac, Paola y Valentina, cuando germinó otra flor con aroma masculino.

Uno nunca sabe cuándo Dios manda bendiciones. Lo cierto es que Vicente llegó para quedarse, y  aun cuando solo podemos verlo a través de una imagen, ya lo sentimos entre nosotros. Hablamos diariamente de él, nos preguntamos a quién de nosotros se parecerá y entre comentarios, risas y especulaciones, decimos que Vicente tendrá la misma forma de la cabeza del abuelo, el carácter de la abuela y el garbo de su bisabuelo. A lo mejor no se parece a nadie y los genes nos tienen una sorpresa.

Mientras tanto, la tierra está abonada para su siembra. El jardín está listo para abrigarlo, cuidarlo y protegerlo. Desde hace quince años nuestras manos vienen siendo testigos de una nueva generación que hemos visto florecer y que sus fragancias las llevamos en nuestro corazón. Nos referimos a Joseph, Adac, Paola, Yolanda, Valentina y Edmundo. Seis flores que crecieron rápidas y que vimos nacer, crecer, balbucear, reír y llorar. Seis corazones que laten con fuerza desafiando las dificultades del mundo, seis rostros que nos alegran los días que nos quedan por vivir. Cada vez que conversamos con ellos y ellas, o jugamos con los más pequeños, sentimos que una parte de nosotros está en sus gestos, en sus sonrisas, en sus ocurrencias, en sus miradas y hasta en sus rabietas infantiles.

A veces, cuando los escudriñamos, nos damos cuenta que los genes son casi siempre caprichosos. Es difícil asegurar que no tienen rasgos o actitudes nuestras, pero también la sangre juega su póker. Algunos se parecen físicamente a los tíos o a las tías, otros a las abuelas paternas o  maternas. Quién sabe. Los genes son capaces de hacer decenas de combinaciones con los rostros que ni siquiera imaginamos. Al final, el rompecabezas genético es tal que nuestros nietos terminan pareciéndose a los tatarabuelos o al patriarca o la matriarca de la familia. Total, la creación humana es tan infinita como las maravillas de Dios, ese divino alquimista que lo revuelve todo, que lo combina todo, de acuerdo con su voluntad y designios.

Y en ese juego de cromosomas donde X y Y tienen infinidad de combinaciones, los nietos son la continuación de nuestra sangre, el único legado que dejamos a las nuevas generaciones, los  retratos, las fotocopias vivientes, los testigos calificados de que algún día mi esposa y yo existimos, nos reproducimos y de alguna manera nos inmortalizamos en el espacio y el tiempo.

Por eso, cuando nos presentaron en el video al nuevo nieto que retozaba en la antesala del mundo, el vientre materno, y lo vimos caprichoso ocultándonos su rostro, pero demostrándonos su coraje y tenacidad para nacer, aún en medio de un embarazo riesgoso y circunstancias económicas difíciles, supimos que la voluntad de Dios es que Vicente nazca. El propósito lo sabremos a su tiempo.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus