Jorge Eduardo Arellano
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Una españoleta ––María Dolores Ferrero Blanco–– publicó en 2012 La Nicaragua de los Somoza. 1936-1979, mamotétrica obra de investigación cuya lectura me decepcionó más de la cuenta. De acuerdo con su título, yo esperaba mucha más información sobre el primer Somoza; mas ella dedica 84 páginas (contando dos prólogos) a los primeros veinte años de la dictadura en cuestión y nada menos que 725 a los veintitrés restantes, correspondientes a la dictadura hereditaria de los Somoza Debayle. No guarda, pues, la proporción debida. 

En sus hartos comprimidos párrafos sobre la época colonial, solo observa opresiones hacia el indígena y ningún esfuerzo cristianizador de la corona española; lo que revela desconocimiento de la materia (su especialidad es la historia contemporánea). Así, ignora que la esclavitud indígena desapareció a partir de las Leyes Nuevas en 1543, o sea, durante más de dos siglos; y que el “aperramiento” (la descuartización de indios por perros que luego se los comían) únicamente lo aplicó Pedrarias Dávila durante la conquista, y una sola vez: el 16 de junio de 1528 en la Plaza de León Viejo. Las víctimas fueron dieciocho indios antropófagos que habían matado e “ingerido” a siete encomenderos españoles.

Sin duda, la obra es muy valiosa: aprovecha ampliamente los fondos documentales del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (Ihnca), pero no como yo hubiera querido. Por ejemplo, reproduce numerosas fotografías importantes con una lamentable falla: se olvida fecharlas. Y no pocas veces se equivoca: en la página 34 indica que la célebre foto del abrazo entre Sandino y Somoza se tomó “a la salida de la cena celebrada en honor de Sandino” (o sea, el 21 de febrero de 1934), desconociendo que corresponde a un año antes, a raíz de la firma de la paz del Guerrillero de las Segovias con el presidente Juan B. Sacasa. 

Otras apreciables minucias erráticas, aunque no disminuyen la calidad de este sostenido esfuerzo, hay que detallar. Entre ellas: que Estados Unidos  “envió a la Infantería de Marina para apoyar a los conservadores y derrotar a Zelaya” (página 32). No hay tales carneros. La primera intervención militar estadounidense se dio tres años después, en agosto de 1912, solicitada por el mandatario Adolfo Díaz. También la autora sostiene (en la página 29) que Fruto Chamorro fue “elegido primer presidente de Nicaragua en 1853”. Tampoco es cierto. Chamorro salió electo ese año Director Supremo, tomando posesión el primero de abril. El 16 de mayo ordenó elegir diputados para una Asamblea Constituyente, la cual fue instalada en Managua el 22 de agosto (siempre de 1853) y se aprobó el 30 de abril de 1854. Chamorro, entonces, quedó nombrado por dicha Asamblea para servir el primer período constitucional, que habría de comenzar el primero de marzo de 1855, ejerciendo mientras llegaba la fecha el cargo de presidente provisorio.

No se le puede exigir mucho, sin embargo, a la historiógrafa peninsular, no especializada en el siglo XIX. Por eso se explica la hiperbólica afirmación suya de que William Walker “se había entrometido de forma avasalladora en México” (página 31) al referirse a los fracasados intentos por apoderarse Walker, entre 1853-54, de los estados mexicanos de Sonora y Baja California. Y asimismo se explica su invento de que la “Libérrima” de Zelaya, o constitución de 1893, estableció la novedad del “sufragio universal secreto” (página 31). Basta leer el artículo 55 de esa carta magna para rendirse cuenta de ese error: “El voto de los ciudadanos será directo y público”. 

Me llevaría muchos párrafos si quisiera señalar todas las equivocaciones, contenidas en La Nicaragua de los Somoza. Otra más es haber confundido a los reaccionarios de Granada ––de extracción oligárquica en su mayoría–– con los camisas azules de Managua, de clase media y baja. Si unos no transcendieron el ámbito intelectual, los otros demostraron ser fuerzas de choque. Y una más: que Somoza reconoció a Franco “cuando aun se encontraba en las afueras de Madrid”; pero el gobierno interino de Carlos Brenes Jarquín fue el que lo hizo a finales de noviembre de 1936. 

Finalmente, otro error: que la primogénita de Somoza fue consagrada Reina del Ejército “con la corona de oro de la Virgen de Candelaria”. Fue un artista de Masaya, Frutos Alegría, quien diseñó la corona y el joyero Antonio Moritoy el que la elaboró (La Noticia, 7 de noviembre, 1941). 

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