Lesli Nicaragua
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Con suma atención he seguido de cerca las últimas denuncias públicas de supuestas negligencias médicas que cometen las Empresas Médicas Previsionales del país. Sobre todo me han interesado las señaladas contra un hospital localizado por Montoya, al cual estoy afiliado desde hace dos años.

Aunque más allá de mi activa curiosidad y formación profesional periodística, me importan estas acusaciones porque hace años mi hijo fue víctima de negligencia por otra empresa médica, razón por la cual cancelé contrato, no sin antes me resarcieran médicamente el atropello cometido, que gracias a Dios no fue mortal. Esa vez denuncié por este mismo espacio tal desidia clínica y solo así escucharon mi caso, luego de haber agotado todas las instancias administrativas.

Pero esta vez, luego de ser testigo del (mal)trato verbal a los asegurados y jubilados --estos peor atendidos--, y de padecerlo también, he decidido denunciar las burlas de las que he sido objeto este año de parte de este hospital al cual el INSS le paga mucha plata --incluyendo la mía-- para atender responsablemente y con el esmero necesario a sus asegurados, que representan --vaya paradoja-- su mayor fuente de ingresos.

La primera de sus burlas ocurrió en enero. El año pasado sufrí una enfermedad urológica que requería seguimiento, por lo que me citaron para el 26 de enero. Cuatro días antes recibí una llamada de este hospital en la que se me informaba que el médico que me atendería no estaría disponible. Yo respondí que no había problemas si me pasaban con otro médico, pero que dicha reprogramación no pasara de enero porque mi Seguro caducaba ese mes y me urgían los medicamentos que me recetarían. Mi interlocutora, amablemente, me dijo que no me preocupara, que me llamaría para solucionarme. Han pasado cinco meses desde esa promesa. Tuve que comprar mis medicamentos y pasar con otros médicos.

Este martes pasé de emergencia porque me sobrevino un dolor terrible en la misma zona y todo indica, según dijo el doctor que me atendió, que la enfermedad debe ser tratada con cirugía --si ameritara-- o con medicina recetada por el urólogo. Me dio transferencias a ambas especialidades, y muy contento me dirigí a buscarlas.

Me atendió otra dama, a la que le expliqué que mi Seguro se me vencía en agosto, y le pedí por favor si me podría dejar la cita en los siguientes 60 días. Me respondió que con el cirujano este mes sí, pero con el urólogo no. Le volví a insistir en el favor y ásperamente me dijo que no. Entonces le pregunté dónde podría localizar a la delegada del INSS, y en ese momento me dijo que podía conseguirme la cita, pero para el 31 de agosto. “Y solo una cita nada más”, acotó, y entendí rápidamente su mofa.

Esa tarde un grupo de periodistas estaba en el mencionado hospital haciendo alguna nota o reportaje. Saludé a un fotógrafo con el que trabajé, pero no pude ver a la colega periodista, que andaba con uno de los encargados del centro médico. Luego me fui adonde atienden a los jubilados y le expuse mi caso a la encargada de citas, a la que le recordé la llamada que me hizo en enero, pero se desatendió de mí hoscamente diciéndome que ella nada podía hacer.

Me sentí mucho más escarnecido, irrespetado vilmente en mi condición de asegurado y enfermo. Y comprendí que solo soy un número, el 110149, para una empresa cuyo único negocio es multiplicar dinero a cambio de una atención en salud que lamentablemente no es la más adecuada.

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