Orlando López-Selva
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La noticia se filtró rápido (¡ahora todo es así después del síndrome de Snowden!). Ya nada se guarda bajo siete llaves.

Ahora Cuba y Estados Unidos tendrán relaciones normales después de medio siglo de ruptura, hostilidades, intercambios de amenazas, acusaciones mutuas de terrorismo, canje de prisioneros, espionaje, embargo y boicots.

A pesar de ello, esta puerta que se abre es incierta. Y aunque  podría servir  para impulsar una diplomacia cordial y avivar el comercio bilateral; también podría convertirse en otro punto de fricción generador de episodios pos guerra fría.

En política todo es precario. Solo los intereses se desplazan con celeridad por el tablero.  

Y no creo que el presidente Barack Obama vaya a La Habana; tampoco que el presidente Castro vaya a Washington. Paralelamente, muchos presidentes latinoamericanos verían todo con envidia. ¿¡Cuántos han querido estar ahí y ni siquiera los invitan!? Sería una tragicomedia de pasiones encontradas.   

¡Pocos republicanos tolerarían que don Raúl camine por la Casa Blanca! Para sus adentros dirán: (¡Obama has always been a red!). El mandatario cubano, desafiante e incómodo recordará a su apesadumbrado hermano —que le aconsejaría circunspección y elación— y quien, por primera vez, lo miraría con envidia. Raúl, en sus palabras de agradecimiento hablaría de la admiración profesada hacia Washington y Lincoln, y del noble ensayo que el maestro José Martí escribiera sobre Walt Whitman.

De hecho, Washington pronto tendrá a un embajador (o a una embajadora) mirando ondear la bandera de barras y estrellas a la puerta de su embajada en Cuba. Se cierra un capítulo entre dos vecinos que fueron socios cuando predominaba la política de buena vecindad, en Washington; y había un Fulgencio Batista, fingiendo cordura y dignidad cuando ya Cuba estaba en revueltas.

Podrá haber chances para cubanos y estadounidenses. Para los estadounidenses será una oportunidad para hacer turismo y  negocios: un mercado virgen, pequeño pero competitivo y sin huelgas. Para los cubanos sería una puerta de oportunidades para encontrar trabajos mejor remunerados, dignos, en empresas recién establecidas; o utilizar ampliamente nuevas tecnologías y ver el mundo tal como es: sin espejuelos eslavos o el monóculo de Prensa Latina.

Pero ¿cuánto podrán avanzar o mejorar las relaciones recién abiertas, si es muy probable que próximamente la Casa Blanca tenga un inquilino republicano?

En todo caso, con el nombramiento del embajador estadounidense en La Habana, el que resultare seleccionado deberá comparecer ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, para ser interpelado y responder sobre su capacidad, objetivos y conocimientos sobre la política exterior que se busca implantar en Cuba. Y es ahí donde los republicanos tienen todas las herramientas para hacer del nombramiento un asunto tormentoso.

Por otra parte, el que acepte ser embajador en La Habana sabrá que tendrá muy pocos aliados en el congreso norteamericano. Será visto con desconfianza por los senadores y representantes conservadores, quienes, seguramente, le percibirán como cómplice del régimen castrista.

Por el lado cubano, como los Castro lo controlan todo, no habrá problema para la selección del embajador en Washington. Deberá ser servidor fiel al socialismo errático y marchito; fiel a dos revolucionarios deseosos de confesión y perdón, y anhelantes de una frase compasiva de la historia. Aunque muy temprano ellos desdeñaran la oportunidad de mimetizarse al artificio chino que mezcla poder absoluto y capitalismo irrestricto.

Después de todo, la escogencia de un embajador en similares circunstancias es diferente en ambos países: la democracia todo lo discute y ventila públicamente; los regímenes autoritarios o totalitarios todo lo hacen a escondidas y sin rendirle cuentas a nadie. Funcionan como catervas secretas, sin apego a la ley o al escrutinio público. Las primeras son responsables y libertarias; las segundas son arbitrarias y represivas.  

¿Esta acción de sanación histórico-política legitima al régimen isleño o abre oportunidades de libertad para el pueblo cubano?

En política el tiempo revela ya tarde el fulgor de la verdad. La razón no es tanto moral como utilitaria.

Pero hay algo cierto. La política exterior del presidente Obama, aunque la tilden de floja, débil, sin liderazgo, ha sabido  enmendar viejas heridas, haciendo lo sensato con Irán; al no querer involucrarse militarmente en Siria; al retirar tropas de Irak y Afganistán; y ahora tendiendo un puente a las raídas y torpedeadas relaciones con Cuba.  

Por ahora, se desconoce quién será el embajador de Washington en Cuba: pero si habrán de recordar, cuando lo sepan en Estados Unidos, que Graham Greene había escrito con antelación una novela atinada para estos oficios: “Nuestro Hombre en La Habana”.

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