Salomón Manzanarez Calero
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Una muchacha embarazada pasa por un lugar donde lavan carros en residencial Fundeci, León. Justo cuando pasan por ahí dos osados "trabajadores", descargan una retahíla de epítetos, donde le recordaban su forma de ser antes de estar así, al parecer una especie de venganza o burla traducida en lenguaje de “piropos”. Con pena la muchacha agacha la cabeza y apresura el paso.

Según el estudio “Los femicidios en Nicaragua; una matanza no reconocida”, de Elvira Cuadra, directora ejecutiva del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (IEPP), hay distintas situaciones por las que las mujeres se sienten inseguras cuando salen a la calle. Pues esos piropos representan el 21.9% y más alto aún las persecuciones con un 37.3%.

La mayoría de las víctimas callan o ignoran, según otro informe presentado por el Observatorio Contra el Acoso Callejero-Nicaragua, aplicado en el 2014. En ello es más que evidente las diversas experiencias de acoso callejero; el 17% exhibe los genitales y los manoseos el 15.8%. Así hay otras manifestaciones que muchas veces somos cómplices al no denunciar o no educar desde los escenarios donde nos ubiquemos.

Ante muchos improperios disfrazados de piropos para pretender a una mujer, el sistema judicial es muy frágil en castigar a quienes vociferan a las semejantes a quien los parió; una mujer. Dos expresiones son sancionadas por el Código Penal de Nicaragua. En el Capítulo III, artículo 539, establece que la persona que cometa asedio por hecho, palabra o escrito, pagará con multa o trabajo comunitario, mientras el 540 indica que cometer exhibicionismo pagará de igual manera. En ambos no establece cárcel al menos de 1 o 2 años.

Si el acoso callejero es muy evidente y percibido por autoridades, familiares y sentido por las víctimas, ¿por qué no existen denuncias formales?, ¿por qué esta subcultura ha ganado espacio en la sociedad donde el irrespeto es parte de la dieta del acosador? Argumentamos falta de cultura y valores.

Ambos estudios manifiestan la "cultura" que algunos hombres han aprendido de sus progenitores, de la escuela o el barrio. Pero también una alerta para las autoridades que dicen investigar, pues en muchos casos es el origen de femicidio o de maltrato. Violencia que también parte desde que el vecino o exnovio le recuerda la forma de caminar, cómo le queda la falda o el gusto por usar o no ropa interior.

Creo que el enojo, la impotencia o la ignorancia no basta para que un acosador deje de molestar, las leyes deben jugar su papel fundamental, dejando atrás las relaciones de amistad o parentesco.

Esta violencia de género debe ser tratada desde las instituciones estatales con mucha seriedad. No basta con que en la Comisaría de la Mujer ofrezcan charlas y talleres sobre género. También en el sistema educativo cuando el adolescente se comienza a sentir libre capta conductas positivas o negativas, pues este problema de arraigo cultural nos vuelve más intolerantes e ignorantes, hasta caer en la vulgaridad extrema.

* Periodista

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