Jorge Eduardo Arellano
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En su discurso de ingreso a la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, el doctor José Rizo Castellón se refirió a la tercera de sus obras: la novela histórica Hijos del tiempo. En realidad, consiste en dos paralelas biografías noveladas y de un aporte al género novelístico de Nicaragua que es necesario reconocer y celebrar.

Según Rizo Castellón, el objetivo de su novela “es provocar el placer intelectual con su lectura y trasmitir algunas de las ahora olvidadas costumbres y vivencias, siempre enriquecedoras de nuestro país”. Y lo consigue. Mejor dicho, rescata y recrea eventos únicos, o excepcionales, como la recepción presidencial ofrecida por José Santos Zelaya con motivo del advenimiento del siglo XX: “Lucía el general Zelaya casi igual que cuando le vi por primera vez al ingresar triunfante, aquel 25 de julio de 1893, como una persona de porte varonil, cuerpo vigoroso, blanca la tez, rostro sonrosado, amplia frente, cabellera lustrosa que comenzaba a escasear, mirada penetrante y sesgada, de gruesos mostachos tirando a rubios, claros los ojos de un ligero estrabismo en el derecho, de gesto duro, pero de modales finos. Había cumplido recientemente sus 47 años, acusando ya un incipiente vientre. Impecablemente vestido de etiqueta, con guantes blancos y sombrero de copa satinado, lucía alrededor de su cuello una condecoración correspondiente a la Encomienda de la Legión de Honor de la República Francesa. Una leontina de oro del estilo llamado por los ingleses Full Albert, unía los dos bolsillos de su albo chaleco de piqué, la que remataba en un extremo con un fob representando la figura de un diminuto elefante que según la tradición abre caminos, destruye obstáculos y deja huellas”.

Precisamente el período de la reforma liberal, encabezado por ese autócrata de temple, sirve de trasfondo a Hijos del tiempo, como los señala su autor: “Los personajes de la misma y el ambiente histórico en que se desarrolla son absolutamente genuinos. No se trata, sin embargo, de una crónica con las características del periodismo moderno; ni los personajes, ni los hechos, son inventados con gratuidad. Los hechos se dieron y es plausible pensar que pudieron haberse dado en la forma que las describo. Es una forma adicional para aportar a la historia nuestra”. Aportación ficticia ––puntualiza––, pero verosímil.

Por ejemplo, ambos protagonistas son retratados fielmente: el seductor Adolfo Altamirano y el belicoso Julián Irías; y muy bien descrita la muerte del primero en manos del segundo, en la propia casa de Altamirano, el lunes 7 de mayo de 1906. Seis balazos recibió el occiso. “Una primera herida en la cara palmar derecha, lo que hace suponer que por instinto extendió su mano para inútilmente tratar de evitar el impacto del disparo. La segunda bala se alojó por debajo y la tercera por encima del ombligo, muy próximas entre ambas; el cuarto disparo fue a nivel de la clavícula izquierda saliendo a nivel del hombro derecho. El quinto balazo entró también al nivel de la clavícula impactando la arteria subclavia, quedando al nivel de la punta de la escápula bajo la piel. El sexto disparo había destrozado el corazón del occiso. Las balas dos y cinco habían dañado la región epigástrica, sin salida alguna, siendo mortales los balazos dos, tres, cinco y seis”.
Otros personajes, igualmente extraordinarios y fascinantes, figuran en Hijos del tiempo. Además de Zelaya, don Fernando Sánchez, José Madriz, los hermanos Estrada y don José Dolores Gámez. Pero se imponen Altamirano e Irías, quienes eran para entonces funcionarios muy allegados al presidente Zelaya, los dos originarios de las Segovias e íntimos amigos desde la más temprana infancia; uno canciller de la República y ministro de instrucción pública, y el otro ministro de Gobernación.

Respecto de su estructura, Hijos del tiempo no ofrece una sola perspectiva narrativa, sino cuatro: las voces de Altamirano e Irías, y las de la esposa de este ––Alicia Trejos–– y de Pío Irías, primo de Julián Irías. Recursos que tornan fluida y amena la lectura.

He aquí la primera incursión novelística del doctor José Rizo Castellón, a quien se le deben dos aportes muy valiosos: Documentos históricos de Nicaragua: 1750-1940, editado en 2001 y sus memorias Confesiones de un vicario, en las que demostró ser un logrado autobiógrafo. Una incursión que no debe ser indiferente a quienes nos interesamos en la historia patria, en su reconstrucción e interpretación. 

 

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