Mónica Zalaquett
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“Me llamo José y tengo 39 años. Me crié con mi madre y siete hermanos, pues mi padre se iba de la casa cada vez que mi madre salía embarazada y casi nunca lo veíamos. Solo yo llevo el apellido de mi padre porque en mi caso, mi madre lo pudo convencer, pero todos los demás hermanos llevan el apellido de ella. Mi padre llegaba borracho cada dos o tres meses, solo a pelearse con mi madre y a asustarnos a los demás.

Crecí viendo a mi padre golpear a mi madre a puñetazos o arrastrándola del pelo. Yo vivía atemorizado, sentía un gran rencor hacia él, pero no podía hacer nada para defenderla. Una vez, mi hermana mayor, que tenía once años, se metió en el pleito para que ya no la siguiera golpeando, pero él la persiguió y la golpeó también hasta desencajarle el brazo.

Como mi padre no se ocupaba de nosotros, mi madre lavaba y planchaba para mantenernos y mi hermana nos cuidaba. Al ir creciendo mis hermanos mayores empezaron a portarse violentos con mis hermanas y mi madre, y en una ocasión yo me metí para defenderla y paré en seco a un hermano. Ya había cumplido los quince años y sentí que ya podía tomar las riendas de mi vida. A esa edad fue que ingresé también en las pandillas.

Junto con mi grupo defendíamos el barrio, nos peleábamos casi a diario con los otros grupos a pedradas, con machetes, armas hechizas, pistolas y a veces con AK. Yo era el jefe de mi pandilla y vi morir a cinco amigos de mi grupo. Tenía 19 años cuando un 31 de diciembre me hirieron la primera vez en un enfrentamiento, me pegaron una pedrada en la frente, me quebraron la clavícula y me apuñalearon en el pie.

Cuando tenía 23 años fui herido por segunda vez. Era un 30 de mayo y vi que se acercaban tres jóvenes con unos grandes machetes a agredir a un “bróder”. Me acerqué corriendo a defenderlo y me partieron el cráneo con un machete. La herida fue tan grande que me dieron por muerto y por eso mis compañeros se enfurecieron y siguieron a los otros hasta matar a uno y herir a otros dos.

Estuve quince días en coma y cuando desperté no reconocía a nadie. Fue como volver a nacer, mi mente estaba en blanco, no podía caminar ni hablar, ni sabía por qué estaba ahí. Poco a poco, empecé a recuperar el habla, a comprender las palabras, y después de meses de terapia fui recobrando el movimiento de las manos y las piernas, pero quedé con una parte del cuerpo paralizada y desde entonces me cuesta expresarme y escribir como antes.

Mi madre siempre me decía, te van a herir y tus amigos no van a dar la cara por ti y así fue. Cuando ellos me vieron semiparalizado y entendieron las consecuencias que eso iba a tener en mi vida, me consideraron como una carga para ellos y se fueron alejando.

Las primeras veces que escuché hablar del Ceprev ya estaba en proceso de recuperación. Entonces decidí participar en un taller para los jóvenes de mi barrio y me gustó la atención que nos dieron, porque nos hablaban con amor y me miré reflejado en lo que nos explicaban; el porqué de la vida violenta que llevaba, del rencor hacia los padres y de la ignorancia que hay en las familias sobre cómo criar a los hijos.

Vi clara la razón por la que me metí en las pandillas y pasé una experiencia que casi me cuesta la vida, pero ahora puedo decir que soy un hombre diferente que convence a otros jóvenes de dejar la violencia, las drogas, el alcohol y las calles. Si supiera cuántos de ellos trabajan ahora en el mercado, en la Zona Franca, vendiendo ropa usada y ya no andan robando o delinquiendo. Yo mismo me gano la vida trabajando como zapatero y también he llegado a ser líder de una iglesia cristiana.

En estos años he capacitado a muchas personas con los manuales del Ceprev y los miembros de mi iglesia también los usan para capacitar a otras personas. A pesar de que sigue habiendo ventas de licor, ahora mi barrio está en paz y la gente dice que se respira tranquilidad, que ya quedaron atrás los enfrentamientos y que no se mantienen viviendo con los nervios de punta como antes.”

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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