Carlos Alberto Ampié Loría
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De entrada, y para quienes ven con ojeriza la normalización de relaciones entre Cuba y los EE.UU., aclaro que el dinosaurio de esta historia no es el que, quizá, se les ha venido a la mente.

Desde que los presidentes de ambos países anunciaran el pasado diciembre su propósito de normalizar relaciones, muchos analistas que le niegan a Cuba el derecho a la autodeterminación y le reconocen a Washington el derecho que se arroga de jugar al policía mundial, han echado sapos y culebras sobre el tema.

Carlos Alberto Montaner, por ejemplo, en su artículo “Las embajadas y el dinosaurio al pie de la cama”, considera inaceptable que Obama dé este paso sin “determinar que en la isla exista un gobierno electo democráticamente” y “hayan sido satisfechas las reclamaciones pendientes por las confiscaciones de propiedades de norteamericanos”. En el primer caso sería interesante saber qué opina el Sr. Montaner de los gobiernos de Batista, Somoza, Pinochet, Strossner y todos los otros que nunca fueron elegidos democráticamente, pero sí elevados al rango de democráticos por la Casa Blanca. En cuanto al segundo punto, un analista serio y justo pondría en la balanza de la justicia el valor de esas confiscaciones contra el costo del embargo al pueblo de Cuba. ¿Hace falta decir a qué lado se inclinaría?

Le preocupa también que Obama “se salte a la torera aspectos de la ley vigente” de EE.UU. La verdad me extraña que le extrañe, ya que el Gobierno de ese país pocas veces ha hecho otra cosa. Refiriéndose a la ONU, el gobierno de EE.UU. dijo oficialmente en 2002 que “las Naciones Unidas pueden reunirse y discutir, pero nosotros no necesitamos de su permiso”. (Noam Chomsky: Hegemony or survival). Invadieron Irak pasando sobre la ONU y el Derecho Internacional.

Ese cambio respecto a Cuba es más de índole estratégico-financiero. El mismo Obama reconoció el día del anuncio que el embargo jamás surtió el efecto esperado. Lejos de doblegar al pueblo cubano, esa medida ha dañado mucho más los intereses económicos de los propios EE.UU.

Aquí algunos datos que fundamentan esa tesis: La normalización de relaciones le asegura a los EE.UU el acceso a un mercado de más de 11 millones de habitantes. Según Wall Street Journal, en los últimos 15 años importantes empresas estadounidenses han estado abogando por la suspensión del embargo y sueñan con volver a la isla. Desde que se hizo el anuncio, varias delegaciones de empresarios han viajado a Cuba a explorar las condiciones.

Cuba importa anualmente 13 mil millones de dólares en alimentos, maquinaria, petróleo, químicos y otros. Cifras promedio de importaciones 2013/2014:  

Venezuela US$6,078.9 millones; China: US$1,236.8 millones; España: US$1,000 millones; Brasil: US$648 millones; EE.UU., que antes del triunfo de la revolución era el principal socio comercial de Cuba, ocupa en esa lista solo el lugar número CINCO con US$359.4 millones en exportaciones en 2014. 

Esos miles de millones de dólares en un mercado mundial y latinoamericano cada vez más disputado por China y Estados emergentes como Brasil, Colombia, México y otros, son el motivo de ese cambio de estrategia. No es porque de la noche a la mañana Washington se haya convertido en el buen samaritano. El tiempo es dólares, y los dólares perdidos, los capitalistas los lloran. 

Es por eso que habrá normalización de relaciones y, cuando se abran las embajadas, el decrépito y obsoleto dinosaurio de la REACCIÓN internacional seguirá enarbolando, frente a su caverna cada vez más solitaria, la desvaída bandera del anticomunismo y negándose a aceptar lo irremediable: Que los hermanos Castro --gracias a sus induscutibles aciertos y pese a todos los desaciertos que se les puedan incriminar-- al fin le han ganado la partida a su enemigo secular.

Dresden, Alemania, julio de 2015 

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