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Hay que admitir que Francisco ha roto cada uno de los esquemas políticos-religiosos que habíamos creado todos aquellos que vimos en su elección un mero truco del Vaticano para repostar fieles en una época de escasez católica. Disminución que se ha venido observando desde hace más de treinta años porque el distanciamiento y el hermetismo de la jerarquía romana dejan solo al devoto y lo alejan de sus iglesias --me incluyo--. 

Pero desde su primer día, Francisco acabó con el protocolo de una vida casi etérea por un acercamiento más concreto no solo con su feligresía, sino con todos los creyentes, agnósticos, ricos y pobres del mundo. Esa vez habló corto y claro, aunque pocos le creímos. Y vimos en sus pequeños actos de humildad un guión bien elaborado de  publicidad. Sin embargo, su centrada atención a los más desfavorecidos ha sido el eje de su doctrina, la que acompaña hechos desde hace dos años.

Esta solidaridad se ha visto en una serie de acontecimientos que han marcado un giro en la búsqueda de esa fe perdida, que desde las altas esferas de esta religión ha emprendido el pontífice. Su crítica fue dura contra su Iglesia, en la que ni obispos mundanos ni sacerdotes politizados han logrado sintonizar con las necesidades de los fieles. Y, yendo más allá, ha defendido un Estado laico que acoja con respeto a todos los credos. Estremeció escuchar a un Papa abogando no solo por su organización, sino por todas las religiones, en un alarde de articulación mística. 

Luego reformó la curia y el Banco Vaticano, después del escándalo de lavado de dinero en el que se vio involucrado monseñor Nunzio Scarano. Esa vez en indeleble latino dijo: “No ha ido a la cárcel porque era un santo”. Y posteriormente, con mayor sorpresa, su papel en el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, relación que se había erosionado con la Guerra Fría, el choque del mismo Vaticano con la política comunista cubana y el bloqueo inhumano hacia la isla. 

Y cuando aún nos reponíamos de esas acciones que demarcan su postura de intolerancia ante la omertá vaticana y la exclusión de los pobres, y su deferencia por la unidad de los pueblos, promulga su encíclica Laudato Si, la más ecuménica que papa alguno haya escrito. Enorme llamado a la conciencia ambiental que no incurre en gastos de retórica, sino que diagnostica y muestra el remedio. Lo más paradójico es que los primeros en salir contra Francisco fueron líderes políticos católicos de los grandes países contaminantes. Por el contrario, toda Latinoamérica lo aplaudió. 

La misma región que visita en estos momentos. Y sin defraudar se ha decantado por los hermanos más frágiles: Ecuador, Bolivia y Paraguay. Países donde se conjuga población indígena --62% en Bolivia, según Cepal-- y pobreza. Y desde allí ha lanzado su mensaje de inclusión de los más desposeídos en los “modelos de  desarrollo que conjuguen tradición cristiana y progreso civil, justicia y equidad con reconciliación”. 

He de admitir que juzgué mal a Francisco motivado por mi agnosticismo de ese momento --a pesar de que asistía a la Iglesia católica--. Pero mi nueva conciencia cristiana me hace enmendar el error y leer y valorar profesionalmente los contundentes hechos que ha realizado este Papa, quien se he erigido en un contrapoder global del capitalismo, al proponer la solidaridad con los pueblos más débiles, sean católicos o no, para construir puentes humanismo. Algo tan impresionante como la oración que elevó en Santa Cruz con más de dos millones de bolivianos de todas las etnias y lenguas. Porque Francisco siempre deja abierta la posibilidad para más, por eso no es de asombrar que cuando calle, las piedras griten sus críticas.

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